9 de julio de 2017

Nuestra catedral, un hogar con «piedras vivas»

A medida que trascurre el tiempo os confieso que cada día me siento más orgulloso de vosotros porque a través de vuestra vida estáis contribuyendo, como «piedras vivas», a la edificación del Reino de Dios. Estas piedras, tomadas de las canteras de Zaidín y Montearruego como las de nuestra hermosa catedral, han sido grabadas todas ellas a cincel y martillo en el corazón de cada barbastrense. Dos letras, Barbastro y Monzón,  expresión de una iglesia misionera y martirial, con una cruz y su estigma, signo de redención, ¡para que nadie se pierda!, son la marca de fábrica.

«Vocacionalizar» nuestra Diócesis, esto es, aflorar al Dios que cada uno lleva dentro, es ahora nuestro gran desafío. Tendremos que seguir poniendo con esfuerzo y sacrificio lo mejor de uno mismo al común si queremos conseguir entre todos ser la gran orquesta (familia) que Dios ha soñado en nuestra Diócesis.

Nuestr@ herman@ se torna ahora en nuestro mejor regalo... incluso el que parece más débil o indefenso, el enfermo o el  anciano, el que no piensa como yo, el que es menos práctico o efectivo… el más joven que apenas tiene experiencia pastoral, el que está alejado, el que renegó o nunca practicó pero anhela ser feliz… Como en cualquier hogar, también est@s herman@s nuestros tienen que ser objeto de nuestra mayor predilección, cariño y atención. Pero esto sólo podremos vivirlo desde la contemplación porque, como escribió Marcelino Legido, “mi corazón es demasiado pequeño para albergar a todos los hermanos”.

Tal vez con esta singular historia logre expresar mejor lo que bulle en mi corazón: «Cuentan que en una cantera hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le ratificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además, se pasaba el tiempo golpeando. El martillo aceptó con resignación su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo porque, dijo, había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro, que siempre andaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera el único perfecto.

En esto entró el cantero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro, el tornillo... Finalmente, la piedra tosca se convirtió en piedra de sillar, de capitel, o de columna…

Cuando la cantera quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra la sierra y dijo: "Señoras y señores, ha quedado demostrado que todos somos frágiles y vulnerables, pero el cantero se fija en nuestras cualidades. Esto es lo que nos hace valiosos. Así que no nos entretengamos en nuestros defectos, que los tenemos, sino potenciemos nuestros valores y compartámoslos con los demás". La asamblea descubrió entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un equipo capaz de producir piedras sólidas, de calidad y bien talladas. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos por los demás».

Todos somos necesarios en esta construcción aunque no todos cumplamos la misma función en ella. Así de bello lo supo expresar Paul Claudel: «No le corresponde a la piedra elegir su lugar en la construcción sino al maestro de obra que la escogió».

¡Cómo me gustaría que en este aniversario de la consagración de nuestra catedral consiguiéramos al menos estas tres cosas!:

En primer lugar, ¡que nadie se pierda!, esto es, que nadie se sienta excluido. Que todos los hijos del Alto Aragón tengan un lugar en torno a la mesa familiar.

En segundo lugar, que surjan de nuestras «canteras» (familias, parroquias, grupos apostólicos, cofradías, movimientos, colegios, etc.) «piedras vivas» diferentes (vocaciones), con las que poder construir una Diócesis evangelizadora, misionera y martirial.

Y, en tercer lugar, que se incentive la comunión y el trabajo en equipo entre todos.

Que cada hijo al regresar a casa y contemplar el rostro de su madre, «María de la Asunción», puedan repetir con el mismo sentimiento que lo hiciera Dámaso Alonso, «Virgen María Madre, dormir quiero en tus brazos hasta que en Dios despierte».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón