3 de noviembre de 2017

¡Qué novedad! Se ve que esto es un «virus» endémico de la sociedad. En la Palabra de Dios que se proclama este domingo en la eucaristía resuenan unas serias advertencias contra los líderes religiosos del pueblo. El profeta Malaquías denuncia a los sacerdotes que con su enseñanza y comportamiento desviados escandalizan a la gente. Del mismo modo Jesús advierte en el evangelio sobre el mal ejemplo que dan los maestros de la ley y los fariseos con su conducta incoherente. Los acusa de incoherencia y ostentación. Frente al orgullo de clase o al afán de distinguirse, los cristianos debemos cultivar la fraternidad y la capacidad de servicio. No debemos, como nos recuerda el salmo, perseguir grandezas sino vivir en humildad. Tal y como hizo Pablo que no utilizó sus derechos ni su autoridad como apóstol, sino que se entregó totalmente por amor y trabajó como uno más para no tener que ser mantenido por la comunidad.

¿A quién dirige Jesús estas palabras tan duras? A la gente y a sus discípulos, es decir, a la comunidad cristiana, que debe revisarse en profundidad para no caer en los mismos vicios y defectos de sus adversarios. ¿De qué les acusa Jesús? ¿En qué acciones se manifiesta su criticable actitud? Jesús no les niega su legitimidad en lo que enseñan sino en su falta de coherencia porque no hacen lo que dicen. Su hipocresía se manifiesta en su inflexibilidad a la hora de exigir a otros el cumplimiento de las normas y preceptos legales de los que ellos se eximen con mucha facilidad. Más aún, su incoherencia de vida radica en que sus actos no están motivados por el deseo de hacer lo que Dios quiere, sino por el afán de aparentar. Todo ello está calculado para obtener el reconocimiento público de los demás.

El código del honor, en su época, exigía que tuvieran un comportamiento impecable. La presidencia de banquetes públicos y reuniones litúrgicas era otro modo de obtener buena fama y reputación social, ya que los sitios destacados eran reservados siempre en función del rango de las personas.

Aparentar virtud, ciencia y poderío, dominar y humillar a los demás, es el deporte más practicado por algunos. Presumir de títulos que se tienen o se inventan, apuntarse tantos por valía, ideas e iniciativas… pero ¿qué actitudes son las que Jesús propuso a los cristianos?

La segunda parte del pasaje tiene una clara advertencia a la comunidad cristiana para que no caiga en la misma tentación que los escribas y fariseos. En la comunidad no debiera existir competición por títulos y puestos de honor. El ejercicio de diferentes funciones no debe ser ocasión para introducir clases y escalafones. Al contrario, el que quiera aparecer como mayor debe actuar como servidor. La Iglesia es presentada como alternativa, esto es, una fraternidad en la que todos son hermanos y discípulos sin distinciones, reunida como una familia en torno a un solo Padre (Dios) y a su único maestro (el Mesías). Y lo que les hace honorables no son los títulos, o los signos externos de prestigio, sino el ejercicio de la solidaridad fraterna a ejemplo de Jesús.

Esta página evangélica tiene una tremenda vigencia y actualidad. A través de ella Jesús sigue criticando nuestra facilidad para asimilarnos a los valores de la sociedad y nos invita a preguntarnos hasta qué punto vivimos en la Iglesia ese ideal de servicio y fraternidad que él nos plantea.

¿Qué imagen de Dios se refleja? ¿De qué manera determina esa imagen nuestra relación con Él y con los demás? ¿En qué sentido nos interpela nuestra coherencia de vida? ¿Qué nos falta y qué nos sobra como Iglesia para acercarnos más a ese ideal de servicio y fraternidad que Jesús nos propone en el evangelio de hoy?

Concluyo haciendo mía esta plegaria de Basilio Caballero:

«Oh Dios, nuestro Padre y nuestro único Señor,

nosotros somos los que decimos y no hacemos.

Líbranos de la hipocresía y del complejo de superioridad,

porque todos somos hijos tuyos y hermanos en Cristo.

Fortalece con tu gracia a los servidores de tu pueblo,

para que la Palabra que anuncian se haga verdad en ellos.

Mantén en la fe a los más débiles y tentados de abandonar.

Haz que nuestro ejemplo evangélico de amor humilde

y de fraternidad sincera robustezca a los vacilantes,

para que, guiados por tu Espíritu, caminemos juntos

con el corazón ensanchado por el camino de tu verdad».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón