10 de noviembre de 2017

Encontró en «casa», el amor que mendigaba fuera

«Un artista le dijo a su esposa, me voy de casa porque quiero inspirarme para pintar la obra maestra de mi vida. A los pocos días se encontró con una muchacha radiante el día de su boda: ¿qué es lo más hermoso para ti?, le preguntó emocionado. El amor, contestó la joven enamorada sin titubear. Pero, ¿cómo pintar el amor? Luego se tropezó con un soldado: ¿qué es lo mejor para ti? La paz. Pero, ¿cómo pintar la paz? Más tarde conversó con un sacerdote: ¿qué es lo principal para ti? La fe. Pero, ¿cómo pintar la fe? Cansado y decepcionado volvió a casa. Su esposa lo abrazó con tanta ternura que halló el amor y la paz de la que le habían hablado la novia y el soldado. Y en los ojos de sus hijos, cuando lo cubrían de besos, descubrió la fe de la que le había hablado el sacerdote. Fue en su propia casa donde encontró la inspiración que andaba buscando fuera».

¡Vuelve a casa! ¡Te queremos! ¡Te andamos buscando! ¡Te aguardamos!... son «exclamaciones», «gritos» que mi coherencia de vida debería ofrecer a cada uno de mis hermanos que, por razones diversas, un día abandonaron la «casa paterna» en busca del cariño, de la cercanía, del testimonio, que algunos no le supimos ofrecer cuando estaban en casa.

‘SIN TI nunca llegaremos a ser esa ÚNICA Y GRAN FAMILIA que Dios sueña’. Ni podremos recobrar en su hogar (la Iglesia) el AMOR que, a veces, mendigamos fuera. ¿No os resulta paradójico que nos pasemos la vida buscando amigos, demandando afecto, mendigando reconocimiento, prestigio, poder… y, sin embargo, lo que más nos cuesta es dejarnos querer? Ciertamente, lo más difícil es dejarse abrazar por Dios («mi Padre del cielo»), sintiendo su ternura, su cariño, su misericordia… a través de mis otros hermanos. Nos cuesta aceptar que, aunque uno haya marchado de casa, en «la mesa de la fraternidad», cada día, está puesto tu plato esperando tu regreso. Pero lo más sorprendente es descubrir que nuestra verdadera vocación en esta tierra es la de hacer de PADRE-MADRE, es decir, acoger a todos en casa sin pedirles explicaciones y sin exigirles nada a cambio. Ser padres, con entrañas de madres, capaces de reclamar para sí la única autoridad posible, la compasión.

Las cifras de esa nube ingente de personas voluntarias que invierten miles de horas al servicio de los demás, especialmente de los que la sociedad excluye, (animadores de la comunidad, catequistas, agentes de pastoral, voluntarios de Cáritas, de Manos Unidas o de Misiones, visitadores de enfermos o ancianos, ministros extraordinarios de la comunión, mairalesas, equipo de liturgia, etc.), son la mejor expresión de que la Iglesia es tu madre. Además de la significativa aportación económica que entre unos y otros se consigue para atender materialmente a los pobres, sostener la infraestructura eclesial y a todos los evangelizadores que propagan la buena noticia de la ternura de Dios en la humanidad como expresión inequívoca de su maternidad.

En nuestra Diócesis, como habréis podido ver por los folletos que se han distribuido, la mayor partida de gastos ordinarios se destina a programas solidarios (1.936.258,78€), sobre todo a Cáritas, Manos Unidas y Misiones. Nos alegra que muchas personas, a la hora de legar su patrimonio o de hacer sus donativos solidarios, piensen en la Iglesia no sólo porque el nuevo régimen fiscal de desgravación sea más favorable tanto para las personas físicas como jurídicas (empresas) sino porque casi en su totalidad llega a los destinatarios y al mismo tiempo cunde el doble. Gracias en nombre de tantos pobres anónimos a los que se atiende en la Iglesia y que jamás podrán expresaros personalmente su gratitud. Además, ahora, para mayor comodidad, podréis hacerlo sin moveros de casa, a través de la página web, cliclando en la pestaña: www.donoamiiglesia.es.

CONTIGO, aunque te creas insignificante, LO SEREMOS (esa gran familia). Implícate a fondo, si estás dentro de su seno. Vuelve, si te sientes alejado, y enriquécenos con tus valores. Ojalá logremos devolver la dignidad que Dios otorgó a todas las personas y hagamos florecer un mundo más libre, fraterno y solidario. Esto es lo realmente audaz, moderno y fascinante: hacer de la Iglesia tu verdadero «hogar, tu «casa de acogida» o tu «hospital de campaña». Haz de tu familia una iglesia doméstica, fuente y escuela de fraternidad.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón