Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

28 de abril de 2017

¡A qué juegan, quienes, apelando al Estado, pretenden tergiversar «laicidad» (Estado civil que prescinde de la educación religiosa) con «aconfesionalidad» (Estado que no tiene ninguna confesionalidad religiosa precisamente para poder preservar la libertad educativa de todos)! España, que yo sepa, no es un país laico sino aconfesional. El matiz puede resultar sutil pero no baladí.

¡A quiénes pretenden engañar unos u otros «a estas alturas de la partida»! Por más que algunos intenten «embaucarnos» («manipularnos»), cualquier persona «sensata» e «inteligente», aunque no sea creyente ni practicante, se percatará de las motivaciones reales que mueven a unos y a otros. También de las consecuencias que puede tener la «educación laica» (sin Dios) que algunos propugnan. De forma nada inocente, porque lo que está en juego es combatir el modelo antropológico cristiano de la sociedad, bajo un revestimiento de igualdad, modernidad, autenticidad y libertad ficticias, intentan privar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, nada menos, que de una de las dimensiones constitutivas que tiene todo ser humano, la dimensión de trascendencia. Y así tratar de usurpar el anhelo de felicidad eterna que se halla impreso en todo corazón humano.

Como dije abierta y claramente en el Pregón de Semana Santa, no me asusta que algunos nieguen, ignoren o silencien a Dios en sus vidas… Ha sido la tentación de todo hombre y mujer a lo largo de la historia. Lo que realmente me conmueve es su incoherencia ya que son ahora ellos mismos los que se postulan para tratar de suplantarle. Pero lo más «fuerte» es que pretendan obligarnos a TODOS a «adorarles» como si realmente fueran los verdaderos «dioses» del siglo XXI y a obedecer ciegamente sus criterios, legales aunque no siempre justos, simplemente porque obtuvieran un puñado más de votos, algunos de ellos «amprados».

La vida suele encargarse, tarde o temprano, en poner a cada uno en su lugar. Hasta ahora, mi pobre experiencia, me asegura que únicamente la transparencia, la coherencia y el servicio desinteresado a los demás suelen abrirse camino. Los cristianos, aunque en ello nos haya ido tantas veces la vida, hemos tratado de mostrar abierta y claramente cuál es nuestro verdadero origen y destino: el «haber sido llamados a vivir eternamente, en la LUZ del amor de AQUEL que un día nos creó». Y apelando al legado de nuestros mayores, seguimos creyendo que aunque logren « matar a Dios» jamás podrán acallar su voz… porque seguirá resonando en el interior de nuestro corazón.

Me resulta también paradójico que la mayoría de los axiomas educativos que se esgrimen como fundamento de una «educación laica» (sin Dios): la libertad, la tolerancia, el diálogo, el respeto, la dignidad… sean valores todos ellos entresacados del Evangelio. Y pese a todo, cuando los creyentes tratan de interiorizarlos en el corazón de sus hijos se les niegue el «pan y la sal» o se les obligue a «comulgar con ruedas de molino».

La Iglesia, como buena madre, aunque cuente con no pocas arrugas o cicatrices, merced a la «necedad» de sus propios hijos, trata de ofrecer a todos una educación que visibilice sobre todo el AMOR que Dios nos tiene y nos ayuda a liberar esta poderosa energía que es capaz de transformar al mundo y a las personas. Jesucristo sigue siendo el modelo antropológico que nos permita construir la «civilización del amor». Aunque los cristianos no siempre hayamos sabido estar a la altura del Maestro, fue Él quien revolucionó el mundo con su modo de ser y de proceder. El giro que propuso fue de tal envergadura que cambió radicalmente la ley que estaba establecida en aquel tiempo: el perdón en vez de la venganza y el amor al enemigo en vez del odio, las dos últimas antítesis del Sermón del Monte. ¡No conozco todavía un Proyecto tan humanizador que transforme el mundo...! Por esto he tratado de interiorizarlo en mi vida y realmente me siento libre, fecundo y feliz.

Si necesitáis algunos testimonios que animen a vuestros hijos a cursar religión os puedo ofrecer varios. Para abrir boca os comparto un fragmento de la carta, tan clara como lúcida, que Jean Jaurés, socialista francés, envió a su hijo para no eximirle de la clase de religión: «no hace falta ser un genio, hijo mío, para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo». También un trozo de la carta de Alejandra, Master en Psicología de la Educación, agradeciendo a su profe de religión no sólo su crecimiento personal sino la madurez que le proporcionó para contemplar el mundo de forma crítica. O uno de los múltiples ecos que he recibido del Pregón de Semana Santa: «la parte que más me ha conmovido, Ángel, ha sido la de las evidencias elocuentes, porque me ha tocado vivirlas en carne propia. Durante unos 15 años me dediqué a la Ciencia y también me llevó a la conclusión de que el mundo es mucho más complejo de lo que podamos nosotros explicar y que el misterio de la existencia sólo puede conocerse y entenderse mediante lo sobrenatural (trascendencia)». Desde el conocimiento e interiorización de estos valores es desde donde tratamos de educar a vuestros hijos en la escuela. De los padres, como responsables últimos de la educación de vuestros hijos, dependerá que os atreváis a EXIGIR a quienes han sido elegidos a VUESTRO SERVICIO, a través de las diferentes instituciones, que lo hagan con altura de miras y desde el máximo respeto y libertad de cada persona.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

7 de abril de 2017

Durante estos días los cristianos vamos a celebrar la fiesta más importante del año: la REDENCIÓN obrada por Nuestro Señor Jesucristo. Su GRACIA se va a canalizar a través de unas celebraciones marcadas por unos signos y símbolos muy elocuentes que nos ayudarán a adentrarnos en el gran MISTERIO DEL AMOR que jamás haya vivido la humanidad. Por si os pudiera ayudar a celebrarlas con toda su hondura y profundidad, intentaré evocar algunos de los signos y símbolos más elocuentes:

LOS RAMOS Y CANTOS

El Domingo de Ramos se celebra la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. Se inicia con una procesión, cantando y batiendo ramos o palmas como lo hicieran los niños hebreos para proclamar nuestra fe y nuestra adhesión al Señor.

LOS OLEOS Y EL CRISMA

El Jueves Santo (en nuestra Diócesis se anticipa al Martes Santo por la tarde), en la Catedral, el Obispo, acompañado por TODOS los sacerdotes, por los religiosos y por los fieles laicos que colaboran más estrechamente en la tarea evangelizadora de la Diócesis, bendice los óleos y consagra el crisma para la celebración de los sacramentos: el óleo de catecúmenos, para el bautismo; el óleo de enfermos; el crisma, para el bautismo, la confirmación y las ordenaciones. Los óleos son de aceite, y el crisma, mezcla de aceite y bálsamos perfumados, que brotan de Cristo resucitado, simbolizan la dulzura, la belleza, el frescor, la fuerza, la sanación… que obra el Espíritu a través de ellos.

EL LAVATORIO DE LOS PIES

En la Eucaristía vespertina del Jueves Santo imitamos el gesto que hizo Jesús en su cena de despedida, dando a sus discípulos una plástica lección de servicio por parte de quien tiene autoridad en un grupo. Él vino a servir, y no a ser servido. En la cruz se entregó totalmente. Pero antes quiso hacer este gesto simbólico que repiten ahora el papa, los obispos y los párrocos en sus comunidades. Porque ellos deben ser signos vivientes del “Cristo entregado a los demás”.

LA COMUNIÓN

Comer pan y beber vino con los demás miembros de la comunidad es el gesto simbólico central que nos dejó Cristo: lo repetimos en cada Eucaristía. Ese pan es el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros. Ese vino es su Sangre derramada por todos. El Señor, ahora Resucitado, nos lo ofrece como alimento para nuestro camino y como signo de unión en la comunidad.

LA CRUZ

El Viernes Santo, después de escuchar el relato de la Pasión, hacemos un gesto muy sencillo y significativo: nos presentan la cruz, cantando una aclamación a Cristo, y nos acercamos uno a uno a adorarla como signo de admiración y gratitud por lo que Jesús hizo por nosotros entregándose a la muerte de cruz y reconciliándonos así con Dios.

EL FUEGO

En la Vigilia Pascual se inicia la celebración en torno a una hoguera de fuego. De ahí se encenderá el CIRIO PASCUAL. Es en la oscuridad de la noche cuando brilla la luz que es Cristo. La Cuaresma empezó con ceniza. Ahora la Pascua empieza con fuego y luz, con agua, con pan y vino… Del Cirio que es símbolo de Cristo, Luz del mundo, vamos encendiendo nuestro cirio. Es un símbolo muy expresivo de que la Pascua de Cristo tiene que ser también Pascua nuestra, y todos estamos llamados a participar de su luz y de su vida.

EL AGUA BAUTISMAL

La noche de Pascua es el mejor momento para celebrar los bautizos o, al menos, para recordar el nuestro. El Bautismo es el sacramento por el que radicalmente nos incorporamos a Cristo, participando de su muerte y resurrección. Por eso se hace expresivamente la aspersión sobre todos y renovamos las promesas bautismales.

EL COLOR BLANCO

Como todos sabemos, los colores tienen un sentido simbólico. En la Cuaresma hemos celebrado vestidos de morado, color serio y austero. En Pentecostés, momento de la donación del Espíritu, que es fuego y amor, celebraremos de rojo. En la Pascua que comienza con la Vigilia del sábado al domingo, se utiliza el color blanco, color de la fiesta, de la alegría, de la pureza pascual.

ALELUYA

Se reestrena solemnemente el ALELUYA en la Vigilia Pascual. No se había escuchado desde el comienzo de la Cuaresma. Se añade el toque de las campanas y del órgano al entornar el Gloria. Se adorna la iglesia con flores más que en cualquier celebración del año.

Aprovecho estas líneas para invitaros a cada uno encarecidamente a que viváis una santa semana. Agradezco a todos los cofrades de nuestra Diócesis su disponibilidad, su entrega y sacrificio, su sensibilidad y su testimonio de vida «inficcionando de amor» (procesionando) todos los rincones de nuestros pueblos, haciendo así visible y actualizando nuestra propia salvación.

 

Con mi afecto y mi felicitación pascual.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

31 de marzo de 2017

Lo que fue «tabú» en mi juventud era hablar de sexo. Hoy, en cambio, lo que está realmente prohibido es hablar del dolor, de la enfermedad o de la muerte. Tratan de ocultar, ignorar o suplantar este misterio ¾tan humano como natural¾ con la supuesta «sociedad del bienestar». Muchos se autoengañan. Se creen más modernos, libres y felices. El paso de la vida nos ayuda a relativizar y confesar que aquellas promesas no lograron realmente saciar el anhelo de eternidad y trascendencia que todo ser humano lleva impreso en su corazón. Tratan de engañarnos, ocultándonos nuestro verdadero origen y destino: «Llamados a vivir eternamente, en la LUZ del amor de Aquel que un día me creó».

Permitidme que, con todo respeto y humildad, pero con toda claridad, os comparta mi pobre verdad que traté de evocar en el entierro de mi padre:

?¿A dónde van preguntó Martina a su abuelo los que se mueren?

?Al cielo

?Y ¿dónde está el cielo?

?El cielo es un «lugar» (ámbito) lejano y a la vez muy cercano. Bellísimo, de grandes y hermosas praderas, donde viven las personas transparentes.

?«¡TRANSPARENTES!»

?Sí, «transparentes»

?Mira, Martina, todo lo que existe, en un cierto momento, cambia de estado… pasa por una «puerta» a otro mundo, el mundo de la LUZ y allí vive para siempre. Allí todo vive en la LUZ del amor de AQUEL que las ha creado.

?¡Entonces…!

?Nada se pierde para siempre.

El abuelo de Martina, según refiere Susana Tamaro en su bellísimo libro: «Tobías y el ángel», tiene razón. En la vida no sólo existe lo que se ve… Hay unas «puertas» que cuando las abres, te trasladan a un mundo real aunque invisible. Te ofrecen una mirada nueva, un lenguaje nuevo, una sensibilidad nueva… Con frecuencia, las personas no las abren porque no logran verlas. Si acertaran a descubrirlas y traspasar su dintel, percibirían la vida desde abajo y desde adentro, en toda su profundidad y trascendencia. Y se sorprenderían cómo la propia vida pende de una mirada divina que todo lo ilumina.

¿Será por ello, como acabamos de proclamar en la Palabra de Dios, que los hombres y mujeres de nuestro pueblo (tantos lázaros, martas y marías), desde su humildad y sencillez, son muy sensibles para adentrarse en el MISTERIO y desentrañar los secretos de Dios y descubrir, a través de la resurrección de Lázaro, que hemos sido creados con un corazón inmortal que sólo puede ser llenado y satisfecho por Aquel que lo ha creado?

A medida que voy teniendo más años descubro y agradezco no sólo el don de la vida que Dios me regalara por mediación de mis padres sino, sobre todo, el don de la FE desde la que supieron construir su vida. A través de su humilde testimonio he podido aprender que cuando nadie te entiende o algunos te «ningunean», cuando todo se tuerce o fracasa… sólo la fidelidad al Padre, el abandono de fe, la entrega en obediencia que vivió Jesús, te ayudan a descubrir paradójicamente cómo también se puede «perder» y, sin embargo, «ganar».

Esta ha sido, sin duda, la gran lección de la que Dios se ha valido, por mediación de mi padre Rodrigo, para ayudarme a crecer por dentro, sustentando mi vida desde Dios. Estoy seguro que cualquiera de vosotros, cambiando las circunstancias concretas de vuestros seres queridos que ya están en el cielo, os sentiréis igualmente identificados y agradecidos por tan privilegiada mediación de la que Dios se vale en cada caso:

Hombre recio: huérfano de padre en su infancia (criado en casa de sus tíos), se abre camino (sale de su pueblo, Santa Eulalia de Gállego, en busca de trabajo, Ayerbe y Ejea, donde conoció a mi madre y constituyó una familia), la enfermedad de su hija Conchita a los catorce meses de nacer (poliomielitis), las cuarenta operaciones y su muerte a los 42 años, la operación de su hijo, la muerte de su esposa…

Esposo fiel: «Me volvería a casar con tu madre me confesaba pocos meses antes de morir aunque tuviera que pasar por las mismas tribulaciones…» Era muy frecuente, durante su convalecencia, llamarla en sueños y preguntar a unos y a otros por ella…

Padre solícito: con su hija a la que cuidó y protegió hasta su muerte. Respetuoso con la vocación sacerdotal de su hijo y su posterior vinculación a la Hermandad de Sacerdotes Operarios (la cruz en la solapa del traje cuando entré en el Seminario)…

Creyente auténtico: consciente de que la fe no le libraría de ninguna contrariedad pero sí le permitiría mirar las cosas y afrontarlas desde otras coordenadas invisibles…

Desde que Rodrigo se marchara el 29 de febrero de 2012 a la «ciudad de la luz», a las vastas y hermosas praderas donde viven eternamente los hombres y mujeres «trans­parentes», donde se reencontraría con su chica y su esposa del alma, me ha permitido abrir los ojos con los que mirar la vida desde adentro y desde arriba, en toda su profundidad y anchura. Me ha enseñado que nada se pierde para siempre… Que me espera en el cielo cuando, el día menos pensado, cambie también yo de estado para vivir eternamente en la LUZ del amor de Aquel que un día me creó.

 

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

24 de marzo de 2017

Estoy persuadido de que si continuamos en esta dirección y somos pacientes lograremos impulsar todas nuestras comunidades cristianas, grupos apostólicos, movimientos, cofradías, prelatura, asociaciones… y responder así a sus propias expectativas y a las necesidades de los demás… Y, no tardando mucho, cada uno se sentirá no sólo integrado sino partícipe de este hermoso proyecto eclesial. Mi único deseo ahora es reavivar la vocación específica de cada laic@ comprometido, de cada consagrad@ y de cada sacerdote, tenga la edad que tenga.

Como habéis podido captar no se trata de una simple reestructuración o reorganización de la Diócesis sino de una profunda revitalización personal e institucional. Sólo así, cada uno podrá descubrir las gracias con que Dios le ha adornado, las valorará y las cultivará y él mismo se convertirá incluso en mediación privilegiada para llamar e invitar a otros a servir a Dios en los demás, sobre todo como sacerdotes. Descubrirán el papel fundamental, como «primer violín» (‘concertino’), que tienen en nuestra «orquesta», los sacerdotes, ya que de ellos dependerá que cada uno de nosotros pueda estar bien afinado (templado espiritualmente) y conseguir que se armonice (conjunte) nuestro timbre de voz con el de los demás.

En el mes de febrero del año pasado, el Sr. Arzobispo de Zaragoza, don Vicente Jiménez Zamora, nos animó a los obispos de las diócesis aragonesas a poner nuestras Diócesis en clave de misión y a evangelizar con planteamientos nuevos. Desde esa instancia, escribimos conjuntamente una carta pastoral titulada: «Iglesia en Misión al servicio de nuestro pueblo de Aragón». Las unidades pastorales: instrumento de comunión para la misión.

Desde entonces se está revisando en profundidad nuestra tarea pastoral, reavivando el ardor evangelizador de los sacerdotes, consagrados y laicos e impulsando equipos en misión, integrados por uno o dos sacerdotes, consagrad@s y un puñado de laic@s cualificad@s.

En los días 27 y 28 de febrero nos reunimos en Peralta de la Sal todos los obispos de Aragón con sus respectivos vicarios y arciprestes para revisar las orientaciones y líneas de actuación que establecía la citada Carta Pastoral. Cinco de nuestros animadores de la comunidad dieron un hermoso y profundo testimonio de su experiencia personal. Fueron, sin duda, la estrella del encuentro.

En nuestra Diócesis, desde hace varios años, se contaba ya con la colaboración de una docena de cristianos, «animadores de la comunidad», que venían colaborado con los párrocos en la atención pastoral de algunos núcleos pequeños del Pirineo, asistiéndoles en sus actividades pastorales y convocando a los fieles para una celebración religiosa. Esta valiosa colaboración ha permitido una presencia periódica de la Iglesia en parroquias rurales, según la población. Las celebraciones han sido, al menos, mensuales (unas, con el sacerdote y otras, con el «animador»).

Durante este curso nos habíamos propuesto extender este espíritu misionero al resto de la Diócesis, especialmente en núcleos de mayor población. Gracias a algunos párrocos que han logrado ver el alcance evangelizador y su fecundidad, se ha logrado involucrar a una virgen consagrada de Barbastro y a casi  treinta y cinco laic@s de las parroquias de Monzón, Binéfar, San Esteban de Litera y Tamarite, constituyendo «equipos de misión» (un sacerdote, alguna religiosa donde hubiera disponibilidad y uno o dos seglares). Cada equipo se ocuparía de toda la actividad pastoral de una zona geográfica. En estos días, desde la comunidad de origen, se está haciendo la celebración del envío de cada uno de los animadores de la comunidad.

Como veis, son pequeños pero elocuentes signos del Espíritu, caricias que Dios ofrece para hacernos sentir que vamos en la dirección que el Papa Francisco está queriendo resituar a la Iglesia.

Por medio de estas líneas querría haceros partícipes del gozo y emoción contenida de vuestro pastor, hermano y amigo que comparte con vosotros el mismo camino. Agradezco y felicito a los agraciados. Y animo a todos a no tener miedo de ofrecerse y responder con generosidad al Señor. Ya sólo nos quedaría que San José nos regalase los doce sacerdotes nacidos en nuestras tierras que garantizasen nuestra supervivencia como Diócesis de Barbastro-Monzón.

 

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

17 de marzo de 2017

El día 24 de abril de 2005 tuve la GRACIA de poder asistir en la plaza de san Pedro a la misa de inauguración del Pontificado del Papa Benedicto XVI. Al acercarse mi segundo aniversario como obispo de esta Diócesis veo cómo sus palabras están resultando programáticas en mi humilde ministerio pastoral: «Era costumbre en el antiguo oriente que los reyes se llamasen a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen única: para ellos los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado.

Por el contrario, el Pastor de todos los hombres, [el Emmanuel, el Dios con nosotros, que acabamos de celebrar su nacimiento,] se ha hecho ÉL MISMO CORDERO, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados, dando la vida por sus ovejas. No es el poder lo que redime sino el amor. Este es el distintivo de Dios: Él mismo es AMOR (...) El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el CRUCIFICADO y no por los crucificadores».

Juan Bautista reconoce en Jesús al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Estas palabras se repiten cinco veces en la celebración de la eucaristía. La quinta vez, inmediatamente antes de la comunión como indicando que el que se une a Cristo sacramentalmente reconoce y asume también su condición de “Cordero sacrificial” que está dispuesto a cargar con el pecado del mundo, es decir, con el pecado propio y ajeno.

“Quitar el pecado del mundo” significa no sólo erradicar toda la situación de mal que hay en el mundo sino que supone también la victoria de la luz sobre las tinieblas y sobre la negación del amor a Dios y a los hermanos en sus múltiples manifestaciones, cuyo resumen es el EGOÍSMO, el DESAMOR. Estos pecados están dentro de cada uno de nosotros. Si echamos un vistazo, nos damos cuenta de que en la sociedad campea la explotación, la corrupción, la pobreza, el hambre, la incultura, la violencia, el sufrimiento de muchos inocentes, la marginación de los sin voz… en una palabra, la violación de los derechos humanos. A nadie se le escapa que en el mundo laboral, abunda la competencia desleal, el paro, la inseguridad y las zancadillas. Que en nuestras familias hay frialdad, falta de diálogo y de entendimiento, lucha entre las generaciones, desamor, infidelidades, divorcios y abortos. Y en el plano personal nos dominan las actitudes de soberbia, la avaricia, la lujuria, la envidia, el afán de dominio, el odio, la rivalidad y la venganza.

¿Cómo luchar contra el mal para erradicarlo de nuestras vidas, de nuestros hogares, de nuestros ambientes...? Nuestra única esperanza sigue siendo Jesús de Nazaret, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él es nuestra victoria, nuestra liberación y nuestra paz. Por Cristo y con Él somos capaces de vencer el pecado cada día y de construir el Reino de Dios y su justicia en la tierra. Jesús cargó sobre sí nuestros pecados y asumió nuestra condición pecadora, como lo demostró en su bautismo en las aguas del Jordán; pero al mismo tiempo venció nuestros pecados por medio de su muerte expiatoria y de su resurrección gloriosa, que en nosotros se actualiza a través de los sacramentos.

Pedir perdón no es una actitud propia de cobardes. Justo lo contrario. Pedir perdón nos hace creíbles, nos ennoblece, nos engrandece, nos hace más humanos y celestiales. Desde hace un tiempo, cuando termino de hablar personalmente con alguien, y ya son más de quinientas las personas con las que he tenido la dicha de “bucear por su corazón”, suelo preguntarle si desea que le regale el “abrazo de Dios”. Y mientras le impongo las manos para absolverle y fundirme finalmente en un abrazo fraterno, no es infrecuente tener que ofrecerle también un kleenex.

Os invito, por medio de esta oración de José Javier Pérez Benedí, a pedir por nuestra conversión continua como testigos del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y a mostrar con nuestra vida que vivimos todos los valores evangélicos, sobre todo el amor, la fraternidad humana, la justicia y la solidaridad con los más pobres.

Con su sangre nos compró

Juan nos presenta a Jesús

como “Cordero de Dios”:

Quita el pecado del mundo,

nos ofrece su perdón.

Por el pecado, los hombres

no aceptan al Creador.

Le vuelven el rostro al Padre,

abusando de su amor.

Y así despiden, con rabia,

un olor a corrupción,

proclamando con orgullo:

El único “dios soy yo”.

Al no creer en Dios Padre,

se buscan la perdición:

Esclavos de “falsos dioses”

les rinden adoración.

El resultado es un mundo

duro, injusto y pecador,

marcado por la violencia,

la soberbia y la ambición.

Dios, que no abandona al hombre,

nos envió un Salvador,

un Cordero que, en la cruz,

con su sangre nos compró.

Que, al recordar al Cordero,

antes de la comunión,

con fe y amor, le entreguemos

todo nuestro corazón.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

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