Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

10 de marzo de 2017

¡Carnaval, carnaval…! Ha sido la expresión más tarareada durante estos días. La gente anhela la fiesta, la diversión, la alegría, el descanso… para evadirse de la rutina cotidiana tan estresante y esclavizadora como servil y deshumanizante. Se busca cualquier pretexto para organizar una celebración, la mayoría de las veces «enlatada», donde el objetivo no es otro que desinhibirse por unas horas de la realidad, llegando incluso hasta la despersonalización del propio individuo. Tal vez porque ignoren o no les interese conocer que la verdadera alegría brota del interior de uno mismo.

Perdona mi osadía si durante estos días te invito a «disfrazarte de ti mismo» con el único deseo de que llegues a descubrir cómo la fuente de la alegría auténtica nace de tu propio corazón. Y, aunque pueda parecerte paradójico, no te lo quites si quieres celebrar con emoción contenida la fiesta de la vida.

La vida que Dios te regala es celebración, fiesta y bendición. Los mismos sacramentos, que visibilizan los siete momentos cruciales de la vida: nacer, crecer, madurar, optar, rectificar… son una verdadera celebración. Ni siquiera el viático, la comunión a los enfermos, es concebido como un sacramento de muerte, sino como fortaleza para el paso, para el camino... Y la misma unción, que tanto nos cuesta ofrecer a nuestros ancianos o enfermos, porque seguimos creyendo que es presagio de muerte, sacramento de moribundos, se halla encuadrado en la celebración de la fortaleza de la vida frente al debilitamiento causado por la enfermedad o la edad. O el sacramento de la reconciliación, que nos libera de las múltiples esclavitudes y nos devuelve la verdadera alegría.

A la fiesta de Jesús han sido invitadas todas las personas, especialmente las que se hallan más perdidas, las que no tenían cabida en otras fiestas de la tierra, las personas marginadas por el signo del pecado o de la enfermedad o el miedo a la muerte: tullidos, leprosos, publicanos, prostitutas… Para todas estas personas, a partir del encuentro con Jesús, la vida empieza a ser lugar de fiesta, campo de ilusión y de plegaria, de sorpresa y gratitud y esperanza. Esta fiesta consiste en la memoria de la liberación obtenida el año de gracia que con su presencia y acción acontece en el mundo.

El miércoles de ceniza, al inicio de la cuaresma, nos ha servido como punto de inflexión para poder afrontar durante este tiempo de gracia que el Señor nos ha regalado cuál es el «área ciega», oculta, frágil, vulnerable de nuestra propia vida y redescubrir, una vez más, nuestra condición de hijos muy amados de Dios y recuperar nuestra dignidad perdida. ¡No hay nada que produzca más gozo que saberse y sentirse amado y perdonado por Aquel que te creó! Y estallar de gozo en la celebración de la vigilia pascual.

La cuaresma es una llamada a renovar la conversión. Dicha conversión supone una continua invitación de Dios al hombre para que entre en comunicación íntima con Él. Y esto a veces nos exige:

§  Cambiar de rumbo, es decir, de conducta para encontrarse realmente con Dios en los hermanos.

§  Cambiar de actitud, es decir, de ideas y criterios.

Ambas realidades indican una revolución total del hombre, un retorno integral a Dios: del ser y del actuar. Supone un cambio pleno de toda la persona. La conversión debe llegar a lo más íntimo del hombre. Y allí recobrar la alegría interior. Y hacer de la vida una auténtica fiesta.

Lo que Dios busca y espera de nosotros es que nuestro santuario interior, la conciencia, sea habitada por Dios. Es la respuesta positiva que el hombre da a la invitación que procede de Dios. Convertirse es escuchar la llamada y seguirla por encima de todo, como hizo Abrahán o como hicieron los primeros discípulos de Jesús. Es encontrar el tesoro y venderlo todo por adquirirlo.

Los medios que la Iglesia propone para vivir esta conversión son la oración, la lectura de la Palabra de Dios, el ayuno y la caridad. Te invito a rezar durante esta cuaresma con el evangelio de cada día. Te ofrezco, además, algunos actos de caridad sencillos que el Papa Francisco nos ofrece, uno para cada semana de cuaresma: 1) Sonreír al otro; 2) Dar las gracias aunque no tuvieras que hacerlo; 3) Saludar con alegría a las personas que ves a diario; 4) Ayudar sin que te lo pidan a quien pueda necesitarte; 5) Limpiar lo que uses en casa. Y te insto, como insinúa el Papa, a que ayunes de quejarte; de entristecerte; y de pronunciar palabras inútiles. Llénate de silencio y de escucha a los demás… Y toda tu vida se llenará de paz y alegría. Será una verdadera celebración.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

3 de marzo de 2017

Con exquisita belleza literaria pero, al mismo tiempo con gran contundencia, define Jesús la actitud del cristiano ante el dinero: es incompatible tener dos dueños. Dios no admite rival. El dinero, sutilmente, intenta suplantarle y apoderarse del corazón del hombre.

Ante esta disyuntiva Jesús propone abandonarse a la Providencia amorosa del Padre. Para ello se sirve de dos imágenes bellísimas entresacadas de la naturaleza: si Dios cuida de los pájaros y de los lirios del campo, y les proporciona su subsistencia espontánea, cuánto más cuidará de nosotros. Y de ahí que Jesús invite a sus oyentes:

.- A no agobiarse ni por el alimento ni por el vestido. Este aviso se dirige principalmente al rico a quien le sobra y vive esclavo de lo que tiene; pero también al que tiene menos y vive obsesionado por tener. Nuestro Padre del cielo ya sabe lo que cada uno necesita.

.- A buscar el Reino de Dios y su justicia. Lo demás, es añadidura. Esto responde a la actitud básica de todo creyente: Dios ha de ser lo primero. Las demás cosas ocuparán su lugar apropiado.

Jesús no excluye que busquemos lo que necesitamos para vivir. Él sabe lo que cuesta ganarse la vida trabajando honradamente. Lo que reclama es que seamos providentes, esto es, que confiemos plenamente en Él, sin obsesionarnos ni angustiarnos por las cosas materiales.

La semana pasada os hablaba del perdón y del amor al enemigo. En ésta quisiera que descubrieseis la nueva actitud del discípulo ante la subsistencia cotidiana. El dinero se ha constituido en SUCEDÁNEO. Hoy más que nunca, se le rinde culto. Es el dios que más adoradores tiene. Todo se sacrifica ante su altar: el trabajo y la salud, los principios éticos y la familia, la amistad y la felicidad. En el fondo nos autoengañamos. Supeditamos nuestra identidad como personas al tener y gastar. Cuando dejamos de ver el dinero como mediación para obtener comida, vestido, vivienda, estudios, educación, ocio, cultura… y lo convertimos en un fin en sí mismo, a la larga, nos sentimos esclavizados.

Este dilema planteado hace dos mil años por Cristo sigue siendo actual: No se puede servir a la vez a dos amos excluyentes. Por eso, nos invita a optar por el Reino de Dios y su justicia, es decir, elegir la soberanía amorosa de Dios y su voluntad.

El consumismo, que encaja tan bien en el hombre moderno, que vive en países desarrollados, insensiblemente va degradando su propia dignidad humana, es decir, su noble condición para convertirse en mera máquina de producción y de consumo. Bloquea también la solidaridad, el compartir, la fraternidad y la comunicación de bienes, alimentando así el egoísmo y la manipulación entre sus semejantes. Desgraciadamente, la sociedad del bienestar no está logrando, como algunos airean, que las personas sean más felices, auténticas, fecundas y libres. Nuestra actitud de creyentes, frente al dinero y frente a los bienes materiales, pone a prueba nuestra fe y nuestra confianza en Dios.

El dinero significa seguridad; por eso, lo aseguramos todo, hasta la “mascota”. Nuestra obsesión por la seguridad choca con la fe y nos hace vivir con ansiedad. Jesús nos invita a la confianza y al abandono en las manos de Dios a quien servimos con amor y por quien nos sentimos amados. A vivir desde la Providencia. Bien sabe lo que cada uno necesita en cada momento. Nos urge, ante este tiempo de GRACIA que iniciamos en Cuaresma, a cambiar de mentalidad y de actitud para conformar nuestra vida con la conducta que adoptó en su tiempo Nuestro Señor Jesucristo.

¿No habremos invertido realmente el orden de la creación que Dios nos regaló para ser plenamente felices…? ¡Qué razón tenía el Señor cuando desenmascaró a quienes deseaban tener dos amos…! El ansia por tener poder, prestigio y dinero es el «cáncer» que aqueja hoy a nuestra humanidad. Es la raíz de todos los males. De ahí brota la explotación del hombre por el hombre, la pobreza, la incultura y el subdesarrollo de unos frente a la opulencia y despilfarro de otros, las rivalidades, los odios y las guerras entre todos. Jesús, señala el camino: «invertir» en las personas, especialmente en las que la sociedad descarta, para devolverles su propia dignidad.

¡Dime ante quién te doblas y te diré a qué «DIOS» adoras! No te engañes. Ni pretendas ir de «vivo» por la vida tratando de aprovecharte de todos. Afronta con humildad y honestidad que los bienes materiales no son fines en sí mismos sino instrumentos, mediaciones privilegiadas que Dios ofrece a las personas para que, compartiéndolos, contribuyan a recrear una nueva civilización, cimentada en el amor, en el respeto al otro y en la atención al más desvalido y desheredado.

 

Con mi afecto y bendición 

 

Ángel Pérez Pueyo 

Obispo Barbastro-Monzón 

24 de febrero de 2017

Aunque los cristianos no siempre hayamos sabido estar a la altura del Maestro, fue Él quien revolucionó el mundo con su modo de ser y de proceder. El giro que Jesucristo propuso con su autoridad mesiánica fue de tal envergadura que cambió radicalmente la ley que estaba establecida en aquel tiempo: el perdón en vez de venganza y el amor al enemigo en vez del odio, son las dos últimas antítesis del Sermón del Monte. De las otras cuatro os hablé la semana pasada. Gracias, por el eco que tuvieron.

Jesús, con esta doctrina, ha escrito una de las páginas de más altura de toda la literatura universal, y que, posteriormente, inspiraría a Gandhi su campaña de «la no-violencia activa». Estas antítesis: «habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo» se oponían radicalmente a la tradición legal de los letrados y de los fariseos.

Jesús propone cambiar la ley del talión, «ojo por ojo, diente por diente», esto es, puedes vengarte en la medida en que has sido ofendido. La ley del talión, que se encontraba en el código de Hammurabi en Babilonia, nos puede parecer hoy una ley inhumana y obsoleta. Pero en su tiempo fue una ley de moderación, pues trataba de poner límite a la venganza, tanto a nivel de sentencia judicial como a nivel de individuos o de familias. El castigo no podía ser ilimitado sino que debía ser igual al daño recibido.

Hay que reconocer que este espíritu de venganza, tan inhumano como obsoleto, sigue estando vivo en el corazón de aquellas personas que, aunque se tengan por «progres» o «liberales», utilizan expresiones como estas: «el que la hace, la paga», «no te dejes pisar», «el que ríe el último ríe mejor», «la mejor defensa es un buen ataque»… Para Jesús y los que deseen seguirlo, en cambio, queda excluido no sólo la venganza efectiva sino también el deseo de la misma, hasta llegar a renunciar a todo tipo de justicia vengativa o a cualquier violencia activa, incluso como autodefensa: «No hagáis frente al que os agravia, al contrario,…» y muestra con varios ejemplos, que no deben tomarse al pie de la letra, el verdadero espíritu de perdón, de reconciliación y de fraternidad.

Además, por si no fuera suficiente, Jesús mandó amar a los enemigos: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo» Para los israelitas, todo el que no pertenecía al pueblo de Dios era considerado como «extraño» y «enemigo» a quien no era necesario amar. Este era el sentido. Pues bien, Jesús, una vez más, rompe con la tradición de los rabinos y va más allá: «Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y os calumnian».

Cristo da un paso de gigante y para gigantes. No contento con ampliar el concepto de prójimo a toda persona sin distinción y el de perdón hasta setenta veces siete, manda además amar incluso al enemigo. Según Jesús, para el que ama no hay más que hermanos.

«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» es la conclusión de las seis antítesis. La excelencia. La santidad. Al discípulo de Cristo no le basta con saludar y amar a los amigos; eso lo hace cualquiera. Al cristiano se le pide más: que sean perfectos como el Padre celestial.

El mensaje de Jesús aparece aquí en toda su radicalidad y revoluciona todos nuestros criterios y valores humanos. Duro programa de examen es el que propugna. ¿Seremos capaces de aprobarlo? Por eso, Cristo, nos avisa al principio de las seis antítesis: «Si vuestra fidelidad no es mayor (si no sois mejores) que la de los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los Cielos». Ahora entendemos mejor la sabiduría cristiana a la que se refería Pablo en la comunidad de Corinto: «la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. Por eso es absurda toda división, toda animadversión y todo partidismo, que rompen el amor entre los miembros de la comunidad cristiana, verdadero templo de Dios. La auténtica sabiduría cristiana es conocer la propia dignidad del creyente y de la comunidad en que éste vive; y establecer después la jerarquía de valores y pertenencias: «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». Dios sigue siendo el gran protagonista de tu vida, aunque lo ignores o lo niegues.

Jesucristo no propone estas normas o enseñanzas a sus discípulos como una mera utopía. Es el ideal, que si fracasa, será por la dureza del corazón humano y/o por las estructuras violentas y egoístas con que hemos creado el mundo. Jesucristo excluye conscientemente toda clase de violencia o ensañamiento, pero no una resistencia pacífica, basada en el amor. De ello dieron prueba fehaciente, muchos hijos del Alto Aragón.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

17 de febrero de 2017

Hace varios años me llamó la atención la afirmación contundente que me diera una famosa escritora, presentadora de televisión y actriz española: antes no hacía las cosas mal porque era «pecado», ahora porque temo que lo puedan «colgar en las redes». Me quedé «helado». Jesucristo te ofrece, en cambio, una motivación de fidelidad diversa, la excelencia, la santidad, el AMOR, como sentido nuevo de la ley. Compruébalo y decide tú mismo.

Jesús también utiliza como método pedagógico la antítesis: «Habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo…». En cada afirmación compromete su autoridad como Hijo de Dios. La clave es que Jesús no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. No desautoriza la ley de Moisés sino que va más allá, la perfecciona. La alternativa, aunque parezca paradójico, no es el incumplimiento sino su mayor exigencia y radicalidad, es decir, la excelencia que da sentido y plenitud a todo.

El amor sin límites a Dios y a los hermanos es la plenitud de la ley de Cristo; es la nueva justicia, la nueva santidad, la nueva fidelidad. El discípulo de Jesús, como nos recuerda Pablo, es introducido paulatinamente en esta sabiduría de Dios: una sabiduría misteriosa, escondida, que es don de Dios y que no es de este mundo; una sabiduría nueva, superior al conocimiento de los misterios paganos o de la filosofía mercantilista que impera en nuestros días. La sabiduría cristiana del Evangelio, en contraposición al conocimiento de los sabios y poderosos de este mundo, es el saber de los pobres de Dios, de los humildes y de los sencillos que optan por las «Bienaventuranzas del Reino». Y bajando al plano concreto, Jesús no se va por las ramas. Ofrece un modo de vivir nuevo, mucho más exigente pero, al mismo tiempo, más fecundo y plenificante:

Sobre el homicidio. Jesús defiende la vida humana desde su concepción y el derecho a la misma (cf. el quinto mandamiento). Condena no solo la privación de la vida física, sino también toda acción y sentimiento de malquerencia, hasta el punto de establecer el amor al prójimo como condición previa para el culto auténtico a Dios. Jesús enseña que el amor al hermano y el culto a Dios irán ya unidos inseparablemente; de suerte que para estar en orden con Dios hemos de estarlo primero con los hermanos.

Sobre el adulterio. Jesús defiende la plena fidelidad conyugal basada en el amor entre los esposos. Para Él es inmoral no solo el adulterio consumado sino también el deseo de cometerlo, o sea, el adulterio del corazón. El radicalismo de la enseñanza moral de Jesús queda patente en la exageración intencionada y consciente del ojo arrancado y de la mano cortada, como cómplices de los deseos del corazón.

Sobre el divorcio. Jesús defiende la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Restablece el orden que el Creador estableció al principio (serán los esposos «una sola carne») anulando la «tolerancia» de la ley de Moisés, sobre la que basaban su interpretación «de manga ancha» los maestros de Israel. La indisolubilidad del matrimonio que preconiza Cristo restablece la dignidad de la mujer y sus derechos y obligaciones en paridad con el varón. Éste gozaba de todos los privilegios al respecto, tan sólo con el libelo de repudio.

Sobre el perjurio. Jesús defiende la verdad, la sinceridad, la honradez y la lealtad. Excluye para el cristiano no sólo el incumplimiento del juramento hecho a Dios, sino también el mismo hecho de jurar por el cielo, por la tierra, por el templo de Jerusalén o por la propia vida, porque contra la mentira no hay más salvaguarda que vivir en la verdad y en la sinceridad de hermanos que saben que son hijos de Dios.

El hecho de que Jesús ponga la plenitud del Reino de Dios en el amor, que debe animar toda la vida del discípulo, indica la importancia del mismo. La ley es necesaria en toda sociedad civil o estado de derecho como expresión de las condiciones mínimas que hagan posible la convivencia y la salvaguarda de los derechos humanos; de otra forma se impondría la ley del más fuerte. También la comunidad eclesial tiene una ley primera y básica que es el Evangelio. Esta ley tiene la función de educar progresivamente al cristiano en el amor. Y cuando el cristiano llega a su plena madurez y perfección no se siente coaccionado por la ley; ésta le sobra. Por eso decía san Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Y san Juan de la Cruz, al final de la Subida al Monte, escribe: «Por aquí ya no hay camino; que para el justo no hay ley».

Ojalá que, cada uno de los creyentes del Alto Aragón, hagamos realidad que «más allá de la ley, está la excelencia del amor».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

10 de febrero de 2017

Con estos aragonesismos —«anieblao» (dícese de la persona que no percibe debidamente la realidad), «jauto (dícese de quien es soso, insípido, insulso, apático), «esbafao» (dícese de la persona que ha perdido gas, fuerza, vitalidad)— quisiera reflejar la antítesis de los rasgos que definen al verdadero seguidor de Cristo.

La sal es la primera de las imágenes con que Jesús define a un verdadero discípulo suyo. La sal es un elemento familiar en cualquier cultura. Se ha empleado siempre para dar sabor a la comida. Incluso, hasta que apareció el «frío industrial», era prácticamente el único medio que había para preservar de la corrupción cualquier alimento, especialmente la carne.

En la cultura bíblica, la sal significaba además sabiduría. En las lenguas latinas los vocablos sabor, saber y sabiduría tienen la misma raíz y pertenecen a la misma familia lingüística. La sal se disuelve en los alimentos y les ofrece un sabor agradable. Esa es su condición: pasar desapercibida, pero eso sí, actuando eficazmente. Bella manera de expresar el cometido de todo cristiano: ser sal de la tierra, sal humilde, fundida, sabrosa, que actúa desde dentro, que no se nota, pero que es indispensable; hasta el punto que si se volviera sosa, lo cual es imposible, no serviría ya para nada. La lección que se desprende es un compromiso que nos lleva a mostrar el rostro auténtico de Dios, es decir, ser sal y sabor de la vida, ser fuente de esperanza y de optimismo ante el cansancio o el aburrimiento en el que estamos sumidos. Sublime tarea también la nuestra como creyentes: manifestar sin alardes ni presunción alguna, como Pablo de Tarso, la riqueza de una vida cristiana repleta de amor y compromiso con los demás, especialmente con los más jóvenes que son las primeras víctimas de este mundo «decadente» y saturado de violencia, de alcohol, de sexo sin control y sin amor, de drogas, como un escape fácil del vacío y de la soledad que experimentan. De un mundo necesitado de la alegría del compartir, que nos devuelva el sabor del presente y la ilusión del futuro.

La segunda imagen que define al verdadero discípulo de Jesús es la luz, que ilumina, calienta (enardece el corazón) y purifica (quemando nuestras miserias y pecados). El simbolismo de la luz tiene un largo recorrido bíblico que va desde la primera página del Génesis en la que se describe su creación por Dios, pasando por la columna de fuego que guiaba al pueblo israelita en su salida de Egipto, siguiendo por la luz de los tiempos mesiánicos anunciada por los profetas, hasta llegar a la LUZ plena que es Cristo Jesús.

En todo tiempo y cultura el hombre ha buscado la luz de la verdad para explicar su propio misterio. En todas las civilizaciones conocidas hubo y hay explicaciones filosóficas, leyendas y teorías sobre el origen del hombre, de la vida y de la existencia humana. La fe en Jesucristo es la luz del discípulo. Cada uno de nosotros tiene su propio historial de la luz que va, desde el cirio bautismal que se encendió al nacer hasta la luz pascual definitiva, pasando por nuestra vivencia e identidad cristiana expresada en cada uno de los sacramentos recibidos.

Para ser realmente sal de la tierra y luz del mundo hemos de vivir las actitudes básicas de las bienaventuranzas predicadas por Jesús. Por un lado, anunciando esa buena noticia del Reino que Cristo ha instaurado; y por otro, restableciendo la justicia como condición para la fraternidad y la paz, que erradica el hambre, la violencia, la marginación, la soledad, la opresión, la incultura, etc.

No debemos contentarnos con buenas palabras o con prácticas religiosas. La gente tiene que ver nuestras buenas obras y nuestra fe religiosa proyectada en la fraternidad y en el amor a los más desheredados.

Termino pidiendo al Señor, con la oración de J. J. Pérez Benedí, que nos «enchufe» en Cristo a todos los hijos del Alto Aragón para que viendo nuestras buenas obras, no se confundan, diciendo lo inteligentes o lo buenos que somos sino que unos y otros DEN GLORIA A DIOS:

«SABOR DE SAL & RAYO DE LUZ»

Al contemplar nuestro mundo

nos «duelen los sentimientos».

Olvidándose de Dios

los hombres caminan «ciegos».

Te despacharon, Señor,

de sus corazones buenos

y, a los «dioses del consumo»

adoran en «otros templos».

Son los «Grandes Almacenes»

las iglesias de este tiempo.

Allí se junta la gente

dando culto al «dios dinero».

Hoy, Jesús, a sus amigos,

nos invita en su evangelio,

a ser la «sal de la tierra»

y la «luz del mundo» entero.

Como sal que se disuelve

y da su vida en silencio,

hay que dejar en los hombres

un sabor, un gusto nuevo.

Tenemos que ser la «luz»

puesta sobre el candelero.

Que, al ver nuestras buenas obras,

alaben al Dios del cielo.

Señor, sol y medicina,

pon luz en nuestros senderos,

sazona nuestras heridas

con la sal de tu consuelo.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

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