Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

24 de febrero de 2017

Aunque los cristianos no siempre hayamos sabido estar a la altura del Maestro, fue Él quien revolucionó el mundo con su modo de ser y de proceder. El giro que Jesucristo propuso con su autoridad mesiánica fue de tal envergadura que cambió radicalmente la ley que estaba establecida en aquel tiempo: el perdón en vez de venganza y el amor al enemigo en vez del odio, son las dos últimas antítesis del Sermón del Monte. De las otras cuatro os hablé la semana pasada. Gracias, por el eco que tuvieron.

Jesús, con esta doctrina, ha escrito una de las páginas de más altura de toda la literatura universal, y que, posteriormente, inspiraría a Gandhi su campaña de «la no-violencia activa». Estas antítesis: «habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo» se oponían radicalmente a la tradición legal de los letrados y de los fariseos.

Jesús propone cambiar la ley del talión, «ojo por ojo, diente por diente», esto es, puedes vengarte en la medida en que has sido ofendido. La ley del talión, que se encontraba en el código de Hammurabi en Babilonia, nos puede parecer hoy una ley inhumana y obsoleta. Pero en su tiempo fue una ley de moderación, pues trataba de poner límite a la venganza, tanto a nivel de sentencia judicial como a nivel de individuos o de familias. El castigo no podía ser ilimitado sino que debía ser igual al daño recibido.

Hay que reconocer que este espíritu de venganza, tan inhumano como obsoleto, sigue estando vivo en el corazón de aquellas personas que, aunque se tengan por «progres» o «liberales», utilizan expresiones como estas: «el que la hace, la paga», «no te dejes pisar», «el que ríe el último ríe mejor», «la mejor defensa es un buen ataque»… Para Jesús y los que deseen seguirlo, en cambio, queda excluido no sólo la venganza efectiva sino también el deseo de la misma, hasta llegar a renunciar a todo tipo de justicia vengativa o a cualquier violencia activa, incluso como autodefensa: «No hagáis frente al que os agravia, al contrario,…» y muestra con varios ejemplos, que no deben tomarse al pie de la letra, el verdadero espíritu de perdón, de reconciliación y de fraternidad.

Además, por si no fuera suficiente, Jesús mandó amar a los enemigos: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo» Para los israelitas, todo el que no pertenecía al pueblo de Dios era considerado como «extraño» y «enemigo» a quien no era necesario amar. Este era el sentido. Pues bien, Jesús, una vez más, rompe con la tradición de los rabinos y va más allá: «Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y os calumnian».

Cristo da un paso de gigante y para gigantes. No contento con ampliar el concepto de prójimo a toda persona sin distinción y el de perdón hasta setenta veces siete, manda además amar incluso al enemigo. Según Jesús, para el que ama no hay más que hermanos.

«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» es la conclusión de las seis antítesis. La excelencia. La santidad. Al discípulo de Cristo no le basta con saludar y amar a los amigos; eso lo hace cualquiera. Al cristiano se le pide más: que sean perfectos como el Padre celestial.

El mensaje de Jesús aparece aquí en toda su radicalidad y revoluciona todos nuestros criterios y valores humanos. Duro programa de examen es el que propugna. ¿Seremos capaces de aprobarlo? Por eso, Cristo, nos avisa al principio de las seis antítesis: «Si vuestra fidelidad no es mayor (si no sois mejores) que la de los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los Cielos». Ahora entendemos mejor la sabiduría cristiana a la que se refería Pablo en la comunidad de Corinto: «la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. Por eso es absurda toda división, toda animadversión y todo partidismo, que rompen el amor entre los miembros de la comunidad cristiana, verdadero templo de Dios. La auténtica sabiduría cristiana es conocer la propia dignidad del creyente y de la comunidad en que éste vive; y establecer después la jerarquía de valores y pertenencias: «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». Dios sigue siendo el gran protagonista de tu vida, aunque lo ignores o lo niegues.

Jesucristo no propone estas normas o enseñanzas a sus discípulos como una mera utopía. Es el ideal, que si fracasa, será por la dureza del corazón humano y/o por las estructuras violentas y egoístas con que hemos creado el mundo. Jesucristo excluye conscientemente toda clase de violencia o ensañamiento, pero no una resistencia pacífica, basada en el amor. De ello dieron prueba fehaciente, muchos hijos del Alto Aragón.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

17 de febrero de 2017

Hace varios años me llamó la atención la afirmación contundente que me diera una famosa escritora, presentadora de televisión y actriz española: antes no hacía las cosas mal porque era «pecado», ahora porque temo que lo puedan «colgar en las redes». Me quedé «helado». Jesucristo te ofrece, en cambio, una motivación de fidelidad diversa, la excelencia, la santidad, el AMOR, como sentido nuevo de la ley. Compruébalo y decide tú mismo.

Jesús también utiliza como método pedagógico la antítesis: «Habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo…». En cada afirmación compromete su autoridad como Hijo de Dios. La clave es que Jesús no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. No desautoriza la ley de Moisés sino que va más allá, la perfecciona. La alternativa, aunque parezca paradójico, no es el incumplimiento sino su mayor exigencia y radicalidad, es decir, la excelencia que da sentido y plenitud a todo.

El amor sin límites a Dios y a los hermanos es la plenitud de la ley de Cristo; es la nueva justicia, la nueva santidad, la nueva fidelidad. El discípulo de Jesús, como nos recuerda Pablo, es introducido paulatinamente en esta sabiduría de Dios: una sabiduría misteriosa, escondida, que es don de Dios y que no es de este mundo; una sabiduría nueva, superior al conocimiento de los misterios paganos o de la filosofía mercantilista que impera en nuestros días. La sabiduría cristiana del Evangelio, en contraposición al conocimiento de los sabios y poderosos de este mundo, es el saber de los pobres de Dios, de los humildes y de los sencillos que optan por las «Bienaventuranzas del Reino». Y bajando al plano concreto, Jesús no se va por las ramas. Ofrece un modo de vivir nuevo, mucho más exigente pero, al mismo tiempo, más fecundo y plenificante:

Sobre el homicidio. Jesús defiende la vida humana desde su concepción y el derecho a la misma (cf. el quinto mandamiento). Condena no solo la privación de la vida física, sino también toda acción y sentimiento de malquerencia, hasta el punto de establecer el amor al prójimo como condición previa para el culto auténtico a Dios. Jesús enseña que el amor al hermano y el culto a Dios irán ya unidos inseparablemente; de suerte que para estar en orden con Dios hemos de estarlo primero con los hermanos.

Sobre el adulterio. Jesús defiende la plena fidelidad conyugal basada en el amor entre los esposos. Para Él es inmoral no solo el adulterio consumado sino también el deseo de cometerlo, o sea, el adulterio del corazón. El radicalismo de la enseñanza moral de Jesús queda patente en la exageración intencionada y consciente del ojo arrancado y de la mano cortada, como cómplices de los deseos del corazón.

Sobre el divorcio. Jesús defiende la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Restablece el orden que el Creador estableció al principio (serán los esposos «una sola carne») anulando la «tolerancia» de la ley de Moisés, sobre la que basaban su interpretación «de manga ancha» los maestros de Israel. La indisolubilidad del matrimonio que preconiza Cristo restablece la dignidad de la mujer y sus derechos y obligaciones en paridad con el varón. Éste gozaba de todos los privilegios al respecto, tan sólo con el libelo de repudio.

Sobre el perjurio. Jesús defiende la verdad, la sinceridad, la honradez y la lealtad. Excluye para el cristiano no sólo el incumplimiento del juramento hecho a Dios, sino también el mismo hecho de jurar por el cielo, por la tierra, por el templo de Jerusalén o por la propia vida, porque contra la mentira no hay más salvaguarda que vivir en la verdad y en la sinceridad de hermanos que saben que son hijos de Dios.

El hecho de que Jesús ponga la plenitud del Reino de Dios en el amor, que debe animar toda la vida del discípulo, indica la importancia del mismo. La ley es necesaria en toda sociedad civil o estado de derecho como expresión de las condiciones mínimas que hagan posible la convivencia y la salvaguarda de los derechos humanos; de otra forma se impondría la ley del más fuerte. También la comunidad eclesial tiene una ley primera y básica que es el Evangelio. Esta ley tiene la función de educar progresivamente al cristiano en el amor. Y cuando el cristiano llega a su plena madurez y perfección no se siente coaccionado por la ley; ésta le sobra. Por eso decía san Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Y san Juan de la Cruz, al final de la Subida al Monte, escribe: «Por aquí ya no hay camino; que para el justo no hay ley».

Ojalá que, cada uno de los creyentes del Alto Aragón, hagamos realidad que «más allá de la ley, está la excelencia del amor».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

10 de febrero de 2017

Con estos aragonesismos —«anieblao» (dícese de la persona que no percibe debidamente la realidad), «jauto (dícese de quien es soso, insípido, insulso, apático), «esbafao» (dícese de la persona que ha perdido gas, fuerza, vitalidad)— quisiera reflejar la antítesis de los rasgos que definen al verdadero seguidor de Cristo.

La sal es la primera de las imágenes con que Jesús define a un verdadero discípulo suyo. La sal es un elemento familiar en cualquier cultura. Se ha empleado siempre para dar sabor a la comida. Incluso, hasta que apareció el «frío industrial», era prácticamente el único medio que había para preservar de la corrupción cualquier alimento, especialmente la carne.

En la cultura bíblica, la sal significaba además sabiduría. En las lenguas latinas los vocablos sabor, saber y sabiduría tienen la misma raíz y pertenecen a la misma familia lingüística. La sal se disuelve en los alimentos y les ofrece un sabor agradable. Esa es su condición: pasar desapercibida, pero eso sí, actuando eficazmente. Bella manera de expresar el cometido de todo cristiano: ser sal de la tierra, sal humilde, fundida, sabrosa, que actúa desde dentro, que no se nota, pero que es indispensable; hasta el punto que si se volviera sosa, lo cual es imposible, no serviría ya para nada. La lección que se desprende es un compromiso que nos lleva a mostrar el rostro auténtico de Dios, es decir, ser sal y sabor de la vida, ser fuente de esperanza y de optimismo ante el cansancio o el aburrimiento en el que estamos sumidos. Sublime tarea también la nuestra como creyentes: manifestar sin alardes ni presunción alguna, como Pablo de Tarso, la riqueza de una vida cristiana repleta de amor y compromiso con los demás, especialmente con los más jóvenes que son las primeras víctimas de este mundo «decadente» y saturado de violencia, de alcohol, de sexo sin control y sin amor, de drogas, como un escape fácil del vacío y de la soledad que experimentan. De un mundo necesitado de la alegría del compartir, que nos devuelva el sabor del presente y la ilusión del futuro.

La segunda imagen que define al verdadero discípulo de Jesús es la luz, que ilumina, calienta (enardece el corazón) y purifica (quemando nuestras miserias y pecados). El simbolismo de la luz tiene un largo recorrido bíblico que va desde la primera página del Génesis en la que se describe su creación por Dios, pasando por la columna de fuego que guiaba al pueblo israelita en su salida de Egipto, siguiendo por la luz de los tiempos mesiánicos anunciada por los profetas, hasta llegar a la LUZ plena que es Cristo Jesús.

En todo tiempo y cultura el hombre ha buscado la luz de la verdad para explicar su propio misterio. En todas las civilizaciones conocidas hubo y hay explicaciones filosóficas, leyendas y teorías sobre el origen del hombre, de la vida y de la existencia humana. La fe en Jesucristo es la luz del discípulo. Cada uno de nosotros tiene su propio historial de la luz que va, desde el cirio bautismal que se encendió al nacer hasta la luz pascual definitiva, pasando por nuestra vivencia e identidad cristiana expresada en cada uno de los sacramentos recibidos.

Para ser realmente sal de la tierra y luz del mundo hemos de vivir las actitudes básicas de las bienaventuranzas predicadas por Jesús. Por un lado, anunciando esa buena noticia del Reino que Cristo ha instaurado; y por otro, restableciendo la justicia como condición para la fraternidad y la paz, que erradica el hambre, la violencia, la marginación, la soledad, la opresión, la incultura, etc.

No debemos contentarnos con buenas palabras o con prácticas religiosas. La gente tiene que ver nuestras buenas obras y nuestra fe religiosa proyectada en la fraternidad y en el amor a los más desheredados.

Termino pidiendo al Señor, con la oración de J. J. Pérez Benedí, que nos «enchufe» en Cristo a todos los hijos del Alto Aragón para que viendo nuestras buenas obras, no se confundan, diciendo lo inteligentes o lo buenos que somos sino que unos y otros DEN GLORIA A DIOS:

«SABOR DE SAL & RAYO DE LUZ»

Al contemplar nuestro mundo

nos «duelen los sentimientos».

Olvidándose de Dios

los hombres caminan «ciegos».

Te despacharon, Señor,

de sus corazones buenos

y, a los «dioses del consumo»

adoran en «otros templos».

Son los «Grandes Almacenes»

las iglesias de este tiempo.

Allí se junta la gente

dando culto al «dios dinero».

Hoy, Jesús, a sus amigos,

nos invita en su evangelio,

a ser la «sal de la tierra»

y la «luz del mundo» entero.

Como sal que se disuelve

y da su vida en silencio,

hay que dejar en los hombres

un sabor, un gusto nuevo.

Tenemos que ser la «luz»

puesta sobre el candelero.

Que, al ver nuestras buenas obras,

alaben al Dios del cielo.

Señor, sol y medicina,

pon luz en nuestros senderos,

sazona nuestras heridas

con la sal de tu consuelo.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

3 de febrero de 2017

Durante estos días veréis pulular por nuestra Diócesis un «ramillete» de mujeres inquietas, que van y vienen, desafiando no sólo el tiempo climatológico sino también el biológico, empeñadas, de forma altruista y voluntaria, en conseguir un Proyecto solidario con los más desfavorecidos a través de la Asociación Laica de Fieles que tiene la Iglesia Católica, conocida por todos como «MANOS UNIDAS». Desde que llegué a la Diócesis ha sido una de las cosas que más me ha admirado. El año pasado consiguieron llevar a cabo un Proyecto, tan ambicioso como fecundo, como es construir, nada menos, que un centro de formación para jóvenes marginados que viven en el entorno de la leprosería de Dhanbad en el norte de la India. Y pateando la Diócesis, ese centenar largo de voluntarias, lograron los 98.371€ que costó. ¡Decidme si los milagros, no existen!

Y este año han «amenazado» con volver a la carga… Y ahí las tenéis de nuevo, con renovado ímpetu, dispuestas a impulsar no sólo uno sino dos Proyectos nuevos, aunque la cuantía vendría a ser la misma.

Conociéndolas, sabía que no bajarían el listón. ¡Hasta ahí podríamos llegar!:

1er Proyecto: La construcción de un sistema de agua potable en el municipio de San José de Bocay en la comunidad de Aguas Calientes en Nicaragua. Está presupuestada la obra en 76. 254€. Sus beneficiarios serán unas 110 familias, integradas por unos 558 habitantes. Se trata de una comunidad rural de montaña en la que la mayoría de las familias se dedican al cultivo de maíz, arroz, frijoles (judías) y café. También se ocupan de la crianza de ganado, gallinas y cerdos. La mayoría de sus habitantes son nativos de aquel lugar. Hasta ahora acarreaban el agua de riachuelos y quebradas. Durante dos estaciones, verano e invierno, el agua que consumían estaba contaminada. Al frente de dicho Proyecto estará Dña. Rebeca Leaf, de la Asociación de trabajadores de desarrollo rural “Benjamín Linder”;

2º Proyecto: Dotar de semillas, animales, herramientas, capacitación y acompañamiento humano a una comunidad de campesinos en Haití. Tanto la formación y el acompañamiento de estos campesinos como las herramientas, las semillas y los animales que les proporcionará «MANOS UNIDAS» ascenderá aproximadamente a 10.000€ Sus beneficiarios serán unas 150 familias campesinas en situación de extrema pobreza. Al frente de este proyecto estará D. Pere Bertrand Dieuveille de Caritas Diocesana de Jacmel.

Me resulta fácil, con el testimonio de estas mujeres «intrépidas» y «aguerridas» de nuestra Diócesis, ratificar el slogan que han escogido este año: «el mundo no necesita más comida, lo que necesita es gente comprometida». Y como contraste, viene a mi mente el cortometraje que me envió hace unos días el P. Rafael Quirós, misionero de nuestra Diócesis en Benín. Me dejó «tocado». Era muy crudo pero al mismo tiempo muy real. Mientras algunos de nuestros hijos lo que más les preocupa, les fastidia o les molesta es estudiar, comer verdura o pescado, a otros lo que les duele es el hambre. Mientras algunos no aciertan con la dieta adecuada que les haga perder esos diez kilos de más que afea su figura, otros en cambio mueren a dieta. Con lo que tú tiras a la basura, yo podría «sobrevivir», me dijo a bocajarro un niño huérfano del «hogar Beato Pedro Ruiz de los Paños» en Mishikishi (Zambia) durante la última visita que hice como Director General de los Operarios Diocesanos. Es verdad. Un tercio de nuestros alimentos van a la basura mientras casi ochocientos millones mueren de hambre. Escribir esto me resulta sangrante. Mientras algunos odian la sobreprotección de sus padres, o les molesta que algún insecto se haya colado en su cuarto, otros no tienen padres y llevan pegadas a su cuerpo un centenar de moscas. Mientras a algunos les aburren los mismos videojuegos, otros tienen que fabricarse un balón con las hojas secas de las palmeras. Mientras algunos se enfadan porque no les compran las deportivas que ellos querían (Adidas o Nike) otros tienen que conformarse con unas chancletas fabricadas con trozos de telas viejas. Mientras algunos refunfuñan cuando les mandan a dormir temprano, otros quisieran no despertarse...

Realmente somos unos afortunados. Tenemos mucho más de lo que necesitamos para vivir felices. Sé generoso. Comparte, no lo que te sobra. Regálate. Mejor, descúbrete como dádiva de Dios para cuantos tienen hambre de pan, de justicia, de dignidad, de respeto, de ternura, de amor… hambre de Dios mismo. Comprométete para ofrecer al mundo la lucidez y la altura de miras que se necesita para evitar el mal uso de los recursos alimentarios y energéticos; para erradicar el modelo económico internacional basado en el mayor beneficio que convierte los derechos básicos de las personas en mercancía susceptible de especulación; para favorecer un estilo de vida y consumo  que evite la exclusión de los más empobrecidos. Si te atrevieras a vivir así estarías empezando a utilizar el «manual de vida cristiana» que Jesús ofreció en el monte de las bienaventuranzas. Él mismo nos auguró que si procedíamos así seríamos realmente más libres, más auténticos, más fecundos, más felices. Así son las paradojas de Dios. Vivir las bienaventuranzas no es fácil. Exige ciertamente un cambio de «chip», un cambio de corazón.

En nombre de todos los beneficiarios de estos dos proyectos que vamos a asumir en nuestra Diócesis quisiera expresaros su gratitud sincera a cada uno de los hijos del Alto Aragón, creyentes o no, que con su solidaridad y generosidad van a conseguir los 86.254€ necesarios para que esta «patrulla de mujeres» de «MANOS UNIDAS» logren el objetivo humanizador que se han propuesto este año.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

27 de enero de 2017

Me sentí totalmente identificado con aquel PowerPoint que los responsables del Equipo Nacional de Vocaciones de Francia nos pusieron en el Encuentro Europeo de Vocaciones, celebrado hace varios años en Roma. Aparecía un niño de unos seis o siete años que decía:

Cuando yo era pequeño soñaba con:

.- Salvar vidas humanas (y simulaba, disfrazado de «bombero”, cómo ayudaba a los que se encontraban atrapados en un incendio);

 .- Cuidar a las personas (y simulaba, disfrazado de «médico»,  cómo atendía a los enfermos en un hospital);

 .- Desvelar las potencialidades de cada uno (y simulaba, disfrazado de «maestro»,  cómo enseñaba a otros niños en una escuela rural);

 .- Ayudar a los demás a ser libres (y simulaba, disfrazado del «zorro», cómo defendía las causas justas de los más desheredados);

 .- Jugar a ser mayores (y simulaba, disfrazado de «padre», cómo acompañaba a su esposa embarazada al hospital para dar a luz);

 .- Llegar al cielo (y simulaba, disfrazado de «astronauta»,  cómo se elevaba por encima de la tierra hasta llegar a «lo más alto»);

 .- Descubrir tesoros (y simulaba, disfrazado de «pirata», cómo surcaba los mares en busca de «nuevas fortunas»);

Etc.

.- Cuando era niño anhelaba con llegar a ser un hombre… Hoy, soy todo eso. Soy SACERDOTE. Y aparecía su rostro, vestido de clerigman.

Los creativos de este breve y sugerente spot publicitario han logrado ofrecer la verdadera identidad del sacerdote, del «pescador de hombres» que Jesús anda buscando entre los jóvenes de nuestra Diócesis. El sacerdote, tiene un poco de bombero (¡cuántos «fuegos» me ha tocado ayudar a «apagar» para que nadie se quemase!); de médico (¡cuántas «heridas» he tenido que suturar para que nadie se «desangrase» ante el desamor, la envidia, el rencor, el egoismo…!); de maestro (¡cuántas «lecciones de vida», sin palabras, he dado o recibido de tantos, especialmente de los mayores, de los más jóvenes o de los niños!); de zorro (¡cuántas «injusticias» he tenido que detectar y denunciar para salvaguardar la dignidad de todos); de «padre» o «madre» ante la orfandad creciente que hoy experimentan tantos jóvenes en esta paradójica sociedad del bienestar que les hemos regalado los mayores; de astronauta cuyo ideal es conducir a todos hasta el «cielo» donde se vislumbra la vida desde otras coordenadas que la llenan de sentido y plenitud; de pirata para poder acompañarte en la conquista del único y verdadero tesoro de tu vida, JESCURISTO.

En el evangelio vemos cómo Jesús llama a dos parejas de hermanos, a Pedro y a Andrés, a Santiago y a Juan. Los cuatro vivían en Cafarnaún, eran pescadores, tenían ya montada su vida. Pero el Seño les cambia los planes. Les invita a ser pescadores de otra forma. Y les comparte su sueño: «que nadie se pierda». Y dejándolo todo, se ofrecieron a compartir con Jesús de Nazaret este ideal de vida y misión.

Hoy también Dios tiene un sueño para cada uno de los hijos del Alto Aragón que le gustaría compartir si estás dispuesto a escucharlo. Si alguna vez presientes que te llama a colaborar con Él, no acalles su voz. Nunca te sentirás tan feliz, tan fecundo, tan libre y tan auténtico. Esta ha sido, hasta ahora, mi pobre y humilde experiencia. Y ya son 37 años los que llevo embarcado con Él.

Seguir a Jesucristo es conformar tu corazón con el suyo. Sólo así se logra la comunión y la unidad entre todos. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos que nos regala también hoy, entre nuestros hijos, aquellas mediaciones privilegiadas que necesitamos para salvarnos. Ojalá vuestros padres nunca interfieran en vuestra vocación como trató de hacer esta madre. Lo que ella ignoraba es que Dios es «aragonés», esto es, constante: «Cuando mi hijo quiso ser sacerdote yo luché desesperadamente contra él. Lo quería demasiado. Esperaba mucho de él. Quería que fuese feliz. Su padre y yo soñábamos con un futuro brillante para él, con una buena carrera, con un buen empleo, con una buena posición social, con una buena esposa… Por más que lo intentamos no conseguimos nada. Fue mucho más fuerte que nosotros.

Hoy soy la madre de un sacerdote. De un humilde y sencillo servidor. Pero me siento feliz y orgullosa al verlo repartir a manos llenas «palabra» y «pan», «ternura» y «perdón». ¡Cuánto le agradezco al Señor que fuera más fuerte que nosotros!»

Termino pidiendo al Señor, con la oración de J. J. Pérez Benedí, que nos regale una docena de sacerdotes para que nunca falte en esta tierra el pan de la palabra, el pan de la eucaristía, el pan de la ternura de Dios que llene vuestras vidas:

AL INSTANTE LO SIGUIERON

Como en tiempos de Jesús,

el mundo está prisionero

de sombras, necesitado

de la luz del Evangelio.

Jesús es brillante “sol”

que limpia los ojos ciegos,

cura las enfermedades

y las dolencias del pueblo.

Es urgente que nosotros

nos convirtamos por dentro,

que cambiemos nuestros planes

por los valores del Reino.

Andrés, Pedro, Juan, Santiago

nos convencen con su ejemplo:

“Dejando redes y padre,

al instante lo siguieron”.

Ya no pescarán más peces

que venderán por dinero

serán pescadores de hombres,

heraldos de un “mundo nuevo”

Hoy Jesús sigue llamando:

Necesita mensajeros

para llevar a los hombres

su Palabra y su consuelo.

Señor, la pesca es inmensa

y pocos son los obreros.

Cuenta siempre con nosotros.

queremos ser misioneros.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

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