Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

30 de diciembre de 2016

Santi Requejo y Ana Martín son una pareja encantadora. Aunque hace mucho que no nos vemos, nos une una amistad entrañable. Los conocí cuando trabajaba en la Conferencia Episcopal. Compartí con ellos un viaje a Roma, unos meses antes de casarse, porque tenía mucho interés en que Santi expusiera en el Encuentro de Pastoral Vocacional Europeo los trabajos que había realizado como director creativo de 02:59 films y como cofundador de May Feelings. Ahora, por lo que veo, anda enredado con el grupo generación 2015, un movimiento de jóvenes tecnológicos ¾«Millennials»¾ que se hallan comprometidos en la transformación de la vida y pretenden desarrollar y difundir los valores fundamentales del ser humano a través de acciones multimedia. Una vez más, nos han vuelto a «descolocar» colgando un video en la red: https://www.youtube.com/watch?v=D-3KLwLkXfA en el que 27 jóvenes respondían a cámara qué iban a regalar a sus seres queridos esta Navidad. Imagina lo que sucedió para que al final todos cambiasen el regalo.

Esta singular ocurrencia me va a servir también a mí para desentrañar la esencia de la Navidad. Ojalá consiguiera, como ellos, enmudeceros ante el MISTERIO, ante «la mayor locura de amor» que jamás aconteciera en la historia. Y propiciase un profundo y fascinante ENCUENTRO con Aquel que se hace como tú para que tú puedas llegar a Él. Si realmente este año me tocara vivir mis últimas navidades, mi regalo sería llamar a la puerta de tu corazón y susurrarte: «Dios te quiere, feliz y eterno». Encendería tu «estrella» para que siguieses «alumbrando» al Dios que hay en ti. Y me fundiría en un abrazo. Haz la prueba. ¡Regálate y siempre será Navidad en tu entorno!

Esta es la «gran locura de amor» que celebramos estos días. No te confundas. Él nace en ti para que tú vivas en Él eternamente feliz. Pero esta locura de amor no termina aquí. Él también está dispuesto a morir por ti... humillado, traicionado, maltratado. Está dispuesto a morir en tu nombre. Aceptando cada insulto, encajando cada golpe, en silencio. Por ti y por mí. Encarnación y Redención, dos caras de una idéntica y misma locura de amor.

Además, tuvo la osadía de regalarte a su madre, para que no quedases huérfano. En ella siempre encontrarás amparo y protección, esperanza y consuelo, calor de hogar. Tu otra familia donde podrás redescubrir tu identidad y recobrar tu verdadera dignidad, de hijo, de hijo «predilecto» de Dios.

La familia, es sin duda el «microclima», el «ecosistema» más antiguo y potente de la humanidad. O como refieren ingeniosamente los del grupo «may feeling», (https://www.youtube.com/watch?v =NG_a0QF5C1w), la familia es la mejor «red social» del mundo. La familia es una «red social» donde uno no necesita registrarse. No tiene publicidad. Es gratuita. Además, si tienes problemas económicos, te ayudan. La familia es una «red social» donde tú eres el verdadero protagonista de la vida. Donde podrás compartir tus fotos y tus historias más íntimas sin miramiento. Donde te garantizan que tus mensajes siempre van a ser leídos. Donde puedes jugar, en tiempo real, con las personas más significativas de tu vida. Donde compartir y aprender las mejores recetas y conseguir la forma más económica de viajar. Donde descubrir y desarrollar tus mejores potencialidades. Donde conseguir las mejores recomendaciones para encontrar trabajo. Donde todos sus usuarios comparten sus conocimientos de forma gratuita. En esta red social no hay nadie desconectado. Sus seguidores, rezarán por ti cuando lo necesites. La familia es una red social accesible a todo el mundo. En esta red social, no hay nadie desconectado. Donde nunca se cae el servidor. Donde nunca te sentirás solo. La familia es una red que utilizan más de siete millones y medio de personas. Con más años de vida que tú y yo juntos. En realidad, es más que una «red social». Es tu familia. ¡Protégela! Es una especie en extinción.

Reza por ella con las mismas palabras que lo hiciera el Papa Francisco al concluir el Sínodo de la Familia:

Jesús, María y José

en vosotros contemplamos

el esplendor del verdadero amor,

a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,

haz también de nuestras familias

lugar de comunión y cenáculo de oración,

auténticas escuelas del Evangelio

y pequeñas iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,

que nunca más haya en las familias episodios

de violencia, de cerrazón y división;

que quien haya sido herido o escandalizado

sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,

haz tomar conciencia a todos

del carácter sagrado e inviolable de la familia,

de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,

escuchad, acoged nuestra súplica. Amén.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

23 de diciembre de 2016

Érase una vez -según refiere León Tolstoi- un zapatero remendón, llamado Martín, que vivía solo y tenía por costumbre leer cada noche, antes de acostarse, la Sagrada Escritura.

Una noche soñó que Dios le decía:

–«Martín, mañana voy a venir a visitarte».

Martín quedó sobrecogido y, por si fuera verdad, a la mañana siguiente, desde primera hora, estuvo pendiente, mirando por la ventana.

Muy temprano vio a un barrendero que estaba quitando la nieve de la entrada de las casas. Le llamó y le ofreció una taza de té caliente. Mientras el barrendero, tiritando, sorbía el té, Martín seguía mirando por la ventana.

–«¿Espera visita? le preguntó el barrendero.

–«No, no», contestó Martín, y le contó el sueño de la otra noche.

–«Pues, siga mirando, tal vez Dios venga a visitarle».

Al mediodía todavía el frío era intenso. Vio pasar a una mujer con un niño en brazos llorando de frío. Les llamó y les dio la sopa caliente que había preparado para él y su posible huésped. Mientras se la tomaban, Martín seguía mirando por la ventana.

–¿Espera visita? le preguntó extrañada la señora.

–«No, no», contestó Martín, y le explicó su sueño.

–«Pues, siga mirando, tal vez Dios venga a visitarle».

Al atardecer Martín seguía mirando por la ventana. Y vio una vendedora ambulante a la que un muchacho le había robado una manzana. Martín salió corriendo. Reprendió al muchacho y le hizo pedirle perdón. Y a ésta que lo perdonara.

Se hizo de noche. Martín cerró su casa y, antes de acostarse, al abrir las Escrituras, escuchó una voz:

–«¡Martín, Martín!»

Al levantar la vista vio al barrendero que le sonreía.

Creyendo que se trataba de una pesadilla volvió a abrir la Biblia y escuchó la misma voz:

–«¡Martín, Martín!»

Al levantar la vista vio a la mujer con el niño en brazos que le sonreía.

En aquel momento, Martín, se echó a llorar al descubrir que realmente Dios en persona le había visitado tres veces durante aquel día.

Dios sigue buscando corazones para habitar. La penitencia que suelo poner a quienes se confiesan conmigo es que, antes de acostarse, cierren sus ojos y repasen con cuántas personas a lo largo del día se han tropezado, encontrado o compartido su vida o su trabajo. Y les invito a que recuerden a cuántos les han regalado una sonrisa, una palabra estimulante. Para cuántos han sido realmente bálsamo o ternura de Dios. Y les ayudo a descubrir y a dar gracias por el Dios que nos visita diariamente aunque ninguno se percate. Y les invito a pedir cada noche que les ayude a descubrir que Dios sigue naciendo hoy, aunque sea oculto en la naturaleza, en la historia, en los acontecimientos más sencillos, en tu propia familia, en tus amigos o paisanos, en las personas más cercanas, en los compañeros de trabajo. También en mi propio ministerio episcopal o en el ministerio pastoral de nuestros curas o en los que han consagrado su vida al Señor, en los que se desvelan por todos, en los que lo descubren en su propio interior, en el Pan y Vino sobre el altar, en la Palabra que ilumina y llena de sentido la vida… Y ruégale que te ayude a descubrirle en los pobres y parados, en los enfermos y en los ancianos, en los jóvenes heridos y vacíos. Que nos ayude a crecer y alumbrar el corazón del mundo.

Ojalá que alguno de nuestros jóvenes escuchara también en su corazón estas fascinantes palabras:

–No tengo otros labios que los tuyos con que pronunciar las palabras sagradas, no tengo otras manos que las tuyas con las que estrechar a toda la humanidad a la que cada día le pesa más el silencio de Dios en sus vidas. Labios y manos que junto a las de tantos sacerdotes podrán perpetuar en el altar el MISTERIO de la Encarnación, verdadera caricia de Dios al mundo.

Mi mejor felicitación navideña, no lo dudes, seguirá siendo invitarte a ofrecer tu propia vida como signo de esperanza para todos.

¡Enciende esta noche tu estrella e ilumina el corazón de la humanidad!

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

16 de diciembre de 2016

Perdonad mi osadía al haceros cómplices de la iniciativa que el P. Raúl Revilla, capellán de la cárcel de Zuera, viene realizando desde hace algunos años. Se trata de algo tan sencillo como ofrecer una tarjeta telefónica, por valor de cinco euros, como regalo de Navidad a los presos de las cárceles de Aragón para que puedan llamar a sus familias desde la cabina telefónica de su propio módulo.

En alguna ocasión os conté que los obispos de Aragón nos dividimos la animación y coordinación de las distintas áreas pastorales de la Provincia Eclesiástica. En el reparto me tocó la pastoral penitenciaria, la pastoral de la salud, la pastoral social (CARITAS), medios de comunicación y, desde hace unos días, la pastoral juvenil.

Cuando me presenté ante los delegados, los capellanes, los voluntarios y las demás personas (funcionarios de prisiones, personal de servicio, docentes, familiares de los presos, etc.) que están vinculadas al mundo de la cárcel en los diferentes centros penitenciarios de Aragón, y les pedí que me ayudaran a entender cuál era mi función pastoral… se sonrieron. Han bastado tres reuniones y una visita a la cárcel de Zuera, con ocasión del año jubilar de la misericordia, para darme cuenta de que estaba ante el ámbito pastoral más «gratuito» y «providente» que podía dinamizar ya que me iba a tocar trabajar pastoralmente con aquellos que todo el mundo menosprecia o ignora, con aquellos que nos gustaría, si pudiéramos, borrar de nuestra vida y de nuestra familia, de nuestro entorno social porque nos desprestigian.

Hace unas semanas, cuando tuvimos la última reunión en la que intentamos articular un proyecto pastoral conjunto en la Provincia Eclesiástica de Aragón, establecimos como lema: «los presos también son Iglesia». Durante el viaje de regreso a Barbastro, mi mente no paró de combinar las posibles variables que llegaron a conmoverme y a encogerme el corazón: «los presos son personas como tú y como yo», «los presos tienen corazón», «los presos también tienen una familia»… Y me acordé de las experiencias que el P. José Sesma, responsable nacional de pastoral penitenciaria, cuando trabajábamos los dos en la Conferencia Episcopal Española, me contaba sobre los presos en este tiempo navideño.

Soy consciente también de las reticencias que algunos me han manifestado al respecto. Sin embargo, creo humildemente que más allá de la justicia humana, para todo creyente, se abre la esperanza que Dios ofrece a todos. Si no puedo quererte por lo que has hecho, sí por lo que eres (criatura divina) en el corazón de Aquel que te creó por amor y te dotó de todas las cualidades para que pudieras ser feliz. La vida, que no siempre hace justicia con todos, a veces, nos ha alejado de aquel sueño que Dios tenía sobre cada uno. Nuestro servicio pastoral se torna en un proyecto apasionante porque, de forma altruista, intentamos prevenir y/o recuperar en cada recluso la dignidad de hijo muy queridos por Dios y/o ayudarle a reinsertarse cuando haya cumplido con la justicia. Precisamente aquellos que no han sabido, no han querido o no han podido, en un momento dado de su vida, estar a la altura de su dignidad y/o de su condición humana, van a ser el objeto de nuestra predilección. En la tierra ya han sido juzgados y condenados. En cambio, en nuestro corazón tocado por la «ternura de Dios», seguirán teniendo cabida y trataremos de entreabrirles las puertas del cielo que también ellos ansían y que Dios les ha prometido si aciertan a pedir perdón a los familiares de sus víctimas y logran cambiar de actitud de vida.

Me gustaría que este pequeño signo fuera secundado por muchos de nuestros jóvenes, de los que me consta su generosidad, y pedirles que sean solidarios con los que todo el mundo desprecia y juzga, ofreciéndoles el importe de lo que cuesta la tapa y la caña que se tomará con sus amigos durante las navidades. Y canjearlas (tapa y caña) por una tarjeta de 5€ que pudiera regalarles en su nombre cuando celebre con ellos la eucaristía el día de Navidad.

Termino trascribiendo este whatssap que me han enviado: «Acabo de enterarme de la iniciativa de las tarjetas. ¡Cuánto puede ayudar a los presos! Estuve unos años como abogada en el turno de oficio penal y ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido. Defendiendo a esas personas conocí vidas muy duras y conocí un Barbastro distinto del que salta a nuestra vista hoy. Sin olvidar cuál era mi labor profesional, siempre tuve claro que eran mis hermanos. Familia, como muy bien dice usted. El turno de oficio me hizo ver la vida de otra manera. Por eso comprendo lo que puede significar para muchos de ellos estas tarjetas telefónicas».

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

Animador y Coordinador de la Pastoral Penitenciaria en las Diócesis de Aragón.

9 de diciembre de 2016

La disposición previa para el cambio total que pide la conversión es saberse frágil, vulnerable, humilde, necesitado del bálsamo (perdón) de Dios… Justo lo contrario de lo que hacían los dirigentes del pueblo (fariseos, saduceos, escribas, letrados, sumos sacerdotes, etc.) que buscaban su propia coartada aunque, a la larga, fuera descubierta y desenmascarada. Necesitamos convertirnos continuamente para preparar la llegada del Señor a nuestra vida y vivirla con coherencia. Pero ¿de qué nos tenemos que convertir?, se preguntarán muchos, extrañados. Del pecado que anida en nuestro corazón y que tiene múltiples manifestaciones, como por ejemplo: el egoísmo, la soberbia, la agresividad, la violencia, la lujuria, la mentira, el desamor, la hipocresía, la apatía, la desesperanza, etc., y llegar a ser altruistas, generosos, humildes, pacíficos, castos, serviciales, acogedores, sinceros, testigos de la esperanza. Sin olvidar los pecados de omisión, pues cuánto bien y cuánto testimonio cristiano dejamos de hacer por cobardía, por comodidad o por pereza.

Es hora de espabilarse / de despertar del sueño.

Ya es hora de abrir los ojos / de ver la luz.

Ya es hora de levantarse / de reconocer la aurora.

Ya es hora de contemplar la salvación / de percibir lo nuevo.

Ya es hora de descubrir la presencia de Dios / de aceptar la salvación.

Ya es hora de hacer un sitio a Dios / de acoger la salvación.

Ya es hora de decir sí a Dios / de dejar atrás el pesimismo.

Ya es hora de poner la mano en las obras del reino / de comprometerse un poco más.

Ya es hora de dejar las tinieblas / de comenzar a sentir la presencia de Dios.

Ya es hora de abrir las puertas cerradas / de dar la palabra a los sin voz.

Ya es hora de romper el miedo / de atravesar el túnel y dejar la noche.

Ya es hora de mirar con esperanza / de despertar

La luz del día está encima.

¿No veis que Dios lo llena todo?

¿No veis que Dios está naciendo en cosas sencillas?

¿No sentís que todo habla de Dios?

¿No sentís que Dios está llamando a la puerta

¿No sentís que Dios tiene un sitio aquí?

¿No sentís su brisa, su trueno, su voz?

¿Qué signo de esperanza eres tú para el mundo?

¿Qué signo de esperanza descubren en tu vida? 

2 de diciembre de 2016

El cuarto domingo antes de Navidad se inicia el nuevo año cristiano. A partir de esa fecha la Iglesia te invita a celebrar el misterio de la fe de manera progresiva: adviento – navidad – cuaresma –semana santa – pascua – tiempo ordinario, para que descubras a Dios, sientas su cercanía y su cariño, experimentes su salvación y recuperes tu propia dignidad... Y, aunque pueda resultarte paradójico, vuelven a ser los más pobres y desvalidos (los «pastores» de ayer) quienes se dejan envolver y fascinar por tan inusitado MISTERIO de amor.

El pasado 27 de noviembre iniciábamos, con el adviento, este tiempo de gracia que nos ayudará a prepararnos con expectación a esta sorprendente visita. Los cristianos, como recordaba San Bernardo, no sólo conmemoramos el recuerdo entrañable de su primera visita, o nos preparamos para su visita definitiva al final de los tiempos, sino que celebramos y actualizamos la visita de Dios hoy al mundo, a tu país, a tu ciudad o a tu pueblo, a tu familia, a tu hogar, a tu corazón… Durante las cuatro semanas que dura el adviento viviremos con alegría contenida la espera de este huésped sorprendente que llena de paz y alegría tu vida.

De la mano de Isaías, de Juan el Bautista y de María nos adentraremos en el gran misterio del amor, «Dios se ha hecho tú para que tú seas Él allí donde te encuentres».

El evangelista Mateo describe en breves trazos la figura de Juan Bautista como la de un profeta auténtico y coherente. Su poder de fascinación sobre la gente no fue tener un estilo lisonjero ni halagador, sino más bien su talante austero, penitencial, radical, servidor insobornable de la verdad, sincero hasta la dureza y hasta la falta de diplomacia. Su lenguaje, su atuendo, su menú y su hábitat nos hablan de un hombre carismático y exigente, que es el primero en vivir el mensaje de conversión que proclamaba. El contenido central de la predicación de este inconformista, de estilo netamente penitencial, es claro y rotundo: la conversión, palabra que hoy hemos logrado «descafeinar».

La disposición previa para el cambio total que pide la conversión es saberse frágil, vulnerable, humilde, necesitado del bálsamo (perdón) de Dios… Justo lo contrario de lo que hacían los dirigentes del pueblo (fariseos, saduceos, escribas, letrados, sumos sacerdotes, etc.) que buscaban su propia coartada aunque, a la larga, fuera descubierta y desenmascarada. Necesitamos convertirnos continuamente para preparar la llegada del Señor a nuestra vida y vivirla con coherencia. Pero ¿de qué nos tenemos que convertir?, se preguntarán muchos, extrañados. Del pecado que anida en nuestro corazón y que tiene múltiples manifestaciones, como por ejemplo: el egoísmo, la soberbia, la agresividad, la violencia, la lujuria, la mentira, el desamor, la hipocresía, la apatía, la desesperanza, etc., y llegar a ser altruistas, generosos, humildes, pacíficos, castos, serviciales, acogedores, sinceros, testigos de la esperanza. Sin olvidar los pecados de omisión, pues cuánto bien y cuánto testimonio cristiano dejamos de hacer por cobardía, por comodidad o por pereza.

Es hora de espabilarse / de despertar del sueño.

Ya es hora de abrir los ojos / de ver la luz.

Ya es hora de levantarse / de reconocer la aurora.

Ya es hora de contemplar la salvación / de percibir lo nuevo.

Ya es hora de descubrir la presencia de Dios / de aceptar la salvación.

Ya es hora de hacer un sitio a Dios / de acoger la salvación.

Ya es hora de decir sí a Dios / de dejar atrás el pesimismo.

Ya es hora de poner la mano en las obras del reino / de comprometerse un poco más.

Ya es hora de dejar las tinieblas / de comenzar a sentir la presencia de Dios.

Ya es hora de abrir las puertas cerradas / de dar la palabra a los sin voz.

Ya es hora de romper el miedo / de atravesar el túnel y dejar la noche.

Ya es hora de mirar con esperanza / de despertar

La luz del día está encima.

¿No veis que Dios lo llena todo?

¿No veis que Dios está naciendo en cosas sencillas?

¿No sentís que todo habla de Dios?

¿No sentís que Dios está llamando a la puerta

¿No sentís que Dios tiene un sitio aquí?

¿No sentís su brisa, su trueno, su voz?

¿Qué signo de esperanza eres tú para el mundo?

¿Qué signo de esperanza descubren en tu vida? 

Con mi afecto y bendición

 

Ángel Pérez Pueyo

 

Obispo de Barbastro-Monzón

 

 

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