Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

7 de octubre de 2016

Todavía recuerdo un domingo al Papa Francisco, desde la ventana del palacio apostólico, al concluir el «ángelus», invitándonos a corear con él las tres palabras mágicas que, a su juicio, sostienen la relación de toda pareja: «permiso», «perdón» y «gracias». Y que, por extensión, podríamos referir a toda relación humana.

Más allá de la anécdota insólita, el Papa tiene razón. «Pedir permiso», es decir, entrar de puntillas, cuando uno trata de irrumpir en la vida del otro; «dar las gracias» por un beneficio o un favor concedido; así como «pedir perdón» por las acciones que hubieran podido molestar a los demás, son algo más que un gesto de buena educación. Son, sin duda, dones que Dios deposita en el corazón de cada persona, como expresión de la belleza que entraña una comunicación interpersonal capaz de anteponer lo del otro a mis propios intereses personales.

El reflejo de este canto de fe agradecida lo recoge certeramente Lucas en su Evangelio al narrar la curación de los diez leprosos. Sólo uno volvió a darle gracias. Aquel marginado, por partida doble, social y religiosa, supo responder a la «gratuidad de Dios» y obtuvo inesperadamente un segundo milagro, su sanación espiritual (salvación).

La «lepra» —más allá de su patología cutánea— simboliza hoy la «enfermedad del alma» que aqueja a muchos hombres y mujeres de nuestro planeta, al erradicar a Dios de su vida. Resulta paradójico constatar cómo en algunos lugares quienes confiesan su fe sean realmente unos «marginados sociales» a quienes se tolera como mal menor y se procura preservar del resto de la población para evitar posibles «contagios».

La historia vuelve a repetirse. Más allá de los errores personales e institucionales que la Iglesia haya podido cometer a lo largo de su historia y de los que reiteradamente ha pedido perdón… pocos grupos sociales han contribuido tanto en humanizar-divinizar la vida. Bastaría, como botón de muestra, estas cifras que he tomado de la Memoria de la Iglesia de España en el año 2014 para quedar sobrecogidos de las GRACIAS que Dios nos ofrece a través de la mediación de tantos creyentes: 47.600.000 horas invertidas en actividades pastorales en las 23.071 parroquias, en los diferentes movimientos, cofradías o grupos apostólicos; los 18.813 sacerdotes; 57.531 religios@s; 13.000 misioneros; 104.995 catequistas; 2.504 capellanes y voluntarios en las cárceles; 16.626 voluntarios y agentes en los hospitales; 63.000 personas enfermas y familias que fueron acompañadas en su domicilio; 2.600 centros educativos, 1.468.269 alumnos, 103.179 personal docente, 2.692.000 € de ahorro al Estado por los centros concertados, 25.660 profesores de religión, 3.501.555 alumnos inscritos en clase de religión; 15 universidades, 85.381 alumnos matriculados; 240.282 bautizos, 244.252 primeras comuniones, 116.787 confirmaciones, 54.495 matrimonios, 23.624 unciones de enfermo; 4.738.469 personas fueron acompañadas en centros sociales y asistenciales, 9.062 centros, 2.800.000 de personas atendidas en centros para mitigar la pobreza, 108.000 personas orientadas y acompañadas en la búsqueda de empleo, 84.000 personas mayores y enfermos crónicos y personas con alguna discapacidad, 160.000 inmigrantes recibieron ayuda, 74.000 familias acompañadas en los Centros de Orientación Familiar, 16.000 recibieron asesoría jurídica, 10.800 niños y jóvenes atendidos en algún centro de tutela de menores, 32.400 mujeres acompañadas, atención de víctimas de violencia; 81.917 voluntarios de Cáritas, 2.179.958 personas en exclusión social atendidas, 5.146 voluntarios en Manos Unidas, 608 nuevos proyectos, en 57 países; etc.

En cada Eucaristía, acción de gracias por excelencia, los creyentes no sólo actualizamos la salvación que Dios nos regala sino que reconocemos y agradecemos a cuantos, fascinados por Jesucristo, tratan de encarnar los valores del Reino en el mundo a través de su testimonio de su vida, de su disponibilidad y de su entrega generosa tanto en dinero como en tiempo. ¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

CARTA DE LOS OBISPOS DE LAS DIÓCESIS ARAGONESAS Y DEL ADMINISTRADOR DIOCESANO DE TERUEL Y ALBARRACÍN, CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN DEL ‘DÍA DE LA EDUCACIÓN EN LA FE’

El catequista es un testigo

«No seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros» (Mt 10,20)

El 2 de octubre celebramos en Aragón el «Día de la Educación en la Fe». A través de estas líneas os enviamos un mensaje agradecido que desea ser un reconocimiento por vuestra imprescindible colaboración y un estímulo para vuestra generosa labor.

Los catequistas, profesores de Religión y demás agentes de pastoral os distinguís por vuestra capacidad de descubrir y adaptar, con sabiduría, innovación y prudencia, las formas más eficaces para comunicar el mensaje evangélico.

El catequista es, fundamentalmente, un testigo. Con la vida y las palabras da testimonio del acontecimiento que ha cambiado definitivamente su modo de ser, su estilo de vivir y su manera de actuar. A partir del encuentro con Jesucristo ha percibido una luz nueva, una orientación peculiar. El Señor le ha concedido un corazón incandescente y una misión, que recibe en la Iglesia y de la Iglesia, para anunciar en todo momento el Evangelio.

Es grande el esfuerzo que se realiza cada año para programar calendarios y actividades, para acompañar a los niños, adolescentes, jóvenes y adultos en sus itinerarios catequéticos, para impulsar procesos, para preparar fechas cualificadas y eventos de relieve.

Sabéis muy bien que se trata de «ser» catequistas, puesto que no es solamente una actividad que se realiza, sino más bien la transmisión de una experiencia de fe que se comunica.

En el centro de toda la actividad evangelizadora de la Iglesia está el primer anuncio o «kerigma». Según el papa Francisco, es «el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y que nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre» (Evangelii gaudium 164).

Un primer anuncio que, en la boca del catequista, suena así: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte» (ibid.).

En la catequesis se realiza una inicia- ción «mistagógica», es decir, una introducción en los misterios, lo que significa dos cosas: «La necesaria progresividad de la experiencia formativa donde interviene toda la comunidad y una renovada valoración de los signos litúrgicos de la iniciación cristiana» (Evangelii gaudium 166). De un modo gradual, a lo largo del tiempo y según la capacidad de cada cual, contando con la colaboración de toda la comunidad creyente, en estrecha colaboración entre la familia, la parroquia y la escuela, se va produciendo una integración en el misterio de la fe, en el proceso de lo que la Iglesia cree, celebra, vive y ora.

En la propuesta formativa para los catequistas, este año pretendemos repasar los principales acontecimientos de la Historia de la Salvación para reconocer que es nuestra historia y para experimentar en profundidad la salvación que Jesucristo nos ofrece.

«El encuentro catequístico es un anuncio de la Palabra y está centrado en ella» (Evangelii gaudium 166). Nos acercaremos a las principales páginas de la Sagrada Escritura para recordar la memoria viva de la historia de amistad de Dios con los seres humanos.

Dios mismo se revela, se comunica, se da a conocer, se da a sí mismo, nos ofrece su alianza, nos llama con amor y nos ofrece su gracia para perseverar en un encuentro que se robustece en el tiempo.

Leemos en el Directorio General para la Catequesis: «la catequesis transmite el contenido de la palabra de Dios según las dos modalidades con que la Iglesia lo posee, lo interioriza y lo vive: como narración de la Historia de la Salvación y como explicitación del Símbolo de la fe» (DGC 128).

Queridos catequistas: nos sentimos muy cerca de vuestras inquietudes y dificultades; alentamos vuestros proyectos e iniciativas; acompañamos vuestras actividades; oramos por vosotros y por vuestras familias.

Que la Virgen María, Reina y Madre de misericordia, interceda por todos vosotros para que el Señor oriente vuestra mirada, acompañe vuestros pasos, ilumine vuestros corazones y fortalezca vuestras manos para ir al encuentro de todos con la semilla del Evangelio.

Recibid nuestra gratitud y nuestro afecto, junto con nuestra bendición.

 

+ D. Vicente Jiménez Zamora, Arzobispo de Zaragoza.

+ D. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Huesca y de Jaca.

+ D. Eusebio Hernández Sola, Obispo de Tarazona.

+ D. Ángel-Javier Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón.

D. Alfonso Belenguer Celma, Admin.  Diocesano de Teruel y Albarracín.

23 de septiembre de 2016

En cierta ocasión un periodista le preguntó a un insigne sabio:

–¿Qué es lo que más le sorprende de la humanidad?

–Que los niños se aburran, le contestó de inmediato.

–¡No entiendo... si tienen de todo!

–Perdón. No me he debido explicar bien. Me sorprende que las personas quieran crecer muy rápido para llegar a ser «niños» después. Que pierdan la lozanía tratando de hacerse ricos para gastarse el dinero en recuperar la salud que tenían. Que añoren el pasado, olvidando el presente, y no acierten a vislumbrar el futuro. Que vivan como si nunca se fueran a morir y se mueran sin haber vivido (felices)…

La gran lección de la vida nos la dejó Jesucristo, nuestro Maestro: ¡déjate querer, déjate abrazar, déjate sanar… por Dios! Es verdad que en la vida uno no puede obligar a otro a que te quiera pero sí puedes dejarte querer. No es más rico quien más tiene o quien menos necesita sino quien más comparte, quien hace de su propia vida una verdadera ofrenda de amor a los que la sociedad «descarta». Aunque pueda resultarte paradójico, el dinero puede comprarlo todo menos la felicidad. Quien más quien menos ha experimentado en carne propia que lo más valioso en la vida no es lo «QUE TENEMOS» sino «A QUIÉN TENEMOS». Las personas con las que te relacionas, a través de las cuales se vislumbra el amor que Dios te tiene, son tu verdadero «tesoro».

Dios no es insensible a tu dolor, a tu sufrimiento, a tus inquietudes o a tus preocupaciones… Dios no está ausente de tu vida, aunque ni lo veas ni lo creas. No se muestra indiferente a tus anhelos y deseos. Se identifica con tu vida. Sufre contigo y sufre como tú. Goza contigo y sueña como tú.

La muerte, el sufrimiento, la enfermedad… no tienen la última palabra ni pueden ser percibidas como un fracaso cuando uno las ofrece por los demás. La salvación se tornará en triunfo para los que eran tenidos como «perdedores», «excluidos», «descartados», «pobres»… Así es el rostro misericordioso de Dios que hace justicia a los pobres, abandonados, otorgándoles lo que el mundo les negó. La soledad, que desgraciadamente viven tantas personas, es nuestro peor «infierno».

Termino con este elocuente poema de Nicanor Parra, poeta chileno, que indefectiblemente leo en cada matrimonio que celebro:

 

 

«Poco

a

poco

me

fui

quedando

solo.

Imperceptiblemente:

poco

a

poco.

Triste es la situación

del que gozó de buena compañía

y la perdió por un motivo u otro.

No me quejo de nada: tuve todo

pero

sin

darme

cuenta

como un árbol que pierde una a una sus hojas

fuime

quedando

solo

poco

a

poco».

 

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

16 de septiembre de 2016

Cuentan que un padre, económicamente acomodado, quiso dar una lección a su hijo adolescente. Le invitó a pasar un fin de semana en un pueblecito del pirineo aragonés, en casa de una familia de campesinos que eran muy amigos.

Cuando regresaban en el coche su padre le preguntó expectante:

—¿Qué te ha parecido la experiencia?

Muy buena, contestó su hijo.

—Y... ¿qué te ha llamado la atención?

—¡Lo pobres que somos…! Replicó a bocajarro.

—Nosotros, en casa, sólo tenemos un perro. Ellos, en cambio, tienen cuatro y cientos de ovejas y vacas;

—Nosotros tenemos una piscina con agua estancada que llega hasta la mitad del jardín... Ellos, sin embargo, tienen un río que pasa por su finca, con agua cristalina, donde hay incluso peces. Y se puede pescar;

—Nosotros importamos linternas del Oriente para iluminar nuestro jardín... mientras que ellos lo alumbran con la luz de la luna y las estrellas;

—Nuestro patio llega hasta la cerca...y el de ellos se pierde en el horizonte;

—Nosotros oímos CD's... Ellos escuchan una perpetua sinfonía de gorriones, jilgueros, periquitos, ranas, sapos, gallinas y otros animalillos extraños;

—Nosotros, para protegernos, vivimos rodeados por un muro, con cámaras y alarmas.... Ellos viven con sus puertas abiertas, protegidos por la solidaridad y la amistad de sus vecinos;

—Nosotros vivimos 'colgados' y 'enganchados' a internet, al móvil, al portátil, a la tablet… Ellos, en cambio, están 'conectados' a la vida, al cielo, al sol, al agua, al verde del monte, a los animales, a su patrimonio artístico, a sus siembras, a su familia, a sus vecinos…

El padre, no volvió a abrir la boca en todo el viaje.

—¡Gracias papá, comentó el hijo cuando llegaron a casa, por haberme enseñado lo pobres que realmente somos… Y lo felices que se puede llegar a ser conviviendo y compartiendo con los demás la riqueza que uno lleva en su corazón, la que nos ofrece la naturaleza, los acontecimientos, la historia, cada persona...!

¿Quién dio lecciones a quién…? ¿No habremos invertido realmente el orden de la creación que Dios nos regaló para ser plenamente felices…?  ¡Qué razón tenía el Señor cuando desenmascaró a quienes desean tener dos amos, Dios y el dinero…! 

 

Barbastro, 21 de junio de 2016

Fiesta de San Ramón del Monte

Transcurridos ya dieciséis meses desde mi ordenación episcopal y toma de posesión como obispo de la Diócesis de Barbastro-Monzón, al igual que hiciera el Papa Francisco en la entrega del premio Carlomagno, en este día tan significativo en que conmemoramos el 900 aniversario del destierro de San Ramón del Monte, quisiera abriros mi corazón y compartir mi «sueño diocesano» con vosotros.

A medida que os voy conociendo y sirviendo me siento más conmovido y bendecido. Me emociona constatar las entrañas de este pueblo que supo emerger de sus propias cenizas cuando hace 80 años fue sembrada su tierra de mártires. La gracia de Dios y el testimonio de un puñado de sacerdotes, consagrados y fieles laicos, pusieron en evidencia que un nuevo comienzo era posible. Ni los escombros ni las cenizas pudieron extinguir la esperanza de un pueblo que supo poner a Dios como centro de su vida y a sus hijos como objeto de sus bendiciones. Y juntos volvieron a «sacralizar» sus templos y a reconstruir la casa común. Poco a poco fueron cerrándose las heridas y apagándose los reproches.

Sostenido por esta misma convicción, consciente de que el rescoldo de la fe sigue vivo, aunque aparentemente lo pueda ocultar sus cenizas, os invito a todos los hijos del Alto Aragón a impulsar un humanismo fresco y creativo inspirado en los valores que nos dejó Jesús de Nazaret; a redescubrir nuestra propia identidad, nuestra dignidad de hijos de un padre común que nos dejó como herencia una tierra hermosa y fértil; a buscar vías alternativas e in-novadoras que nos ayuden a construir «puentes» y derribar «muros»… con el único deseo de impulsar entre todos el bien común.

Este nuevo humanismo –como nos recordaba el Papa Francisco en su discurso– será capaz de integrar (convivir), comunicar (dialogar, involucrar a todos, propiciar el bien compartido) y generar una cultura del cambio en las nuevas generaciones. Son ellos sus verdaderos autores. Hemos de ofrecerles un trabajo digno, estable y bien remunerado, donde la distribución de los recursos y de los frutos sea justa y equitativa. Esto supone pasar de una economía líquida que tiende a favorecer la corrupción a una economía social que garantice tierra y techo gracias al trabajo como ámbito donde las personas y las comunidades puedan poner en juego todas las dimensiones de la vida. También la dimensión trascendente que, aunque no elimine los problemas, nos ayuda a afrontarlos y a darles un sentido nuevo. Si queremos mirar hacia un futuro que sea digno para todos los hijos del Alto Aragón sólo podremos lograrlo apostando por la «inclusión» que nos permita soñar con aquel humanismo que esta Diócesis supo acrisolar en el altar del sacrificio hasta convertirlo –como auguró el P. Aquilino Bocos– en «cátedra elocuente que enseña a morir de pie, entre el canto y el perdón». Sólo un pueblo, plagado de testigos, tocado por la Gracia, será capaz de reencontrar su propia identidad.

Sin nostalgia, con los pies bien plantados en el suelo, y con la firme confianza en Aquel que nos creó por amor para hacernos partícipes de su misma felicidad, os comparto humildemente a los pies de nuestro Patrono, San Ramón del Monte, mi «sueño diocesano»:

  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón redescubran su verdadera identidad, sus profundas raíces cristianas y encuentren en Jesús de Nazaret el verdadero sentido de sus vidas y la plenitud que anhelan;
  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón se integren en una única y misma «orquesta», afinada en clave de «Sol-Misión», donde cada uno descubra su propia singularidad, sus grandes potencialidades y se atreva a ponerlas al servicio de los demás, para que todos juntos (laicos, consagrados y ministros ordenados), bajo la batuta de Jesucristo, interpreten la melodía que la Escritura ofrece, en cada tiempo y lugar, a todos los hombres y mujeres para que puedan llegar a ser realmente felices, fecundos y libres;
  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón se sientan acogidos, escuchados, respetados, queridos y sostenidos por los demás –especialmente los más desfavorecidos, pobres, marginados, enfermos, ancianos…–y no sean objeto de «descarte» simplemente por ser personas improductivas;
  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón sean visitados y atendidos personal o pastoralmente en cada una de las comunidades cristianas o unidades pastorales por un «equipo en misión» –constituido por varios sacerdotes, consagrados y laicos comprometidos– que anuncien, celebren y compartan con ellos la fe y la vida;
  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón –sobre todo los niños, adolescentes y jóvenes– sean educados libremente en aquellos valores que les construya como personas; respiren el aire limpio de la honestidad y de la trasparencia; puedan responder con sinceridad y autonomía: ¿desde dónde quieres Señor que te ame, te siga o te sirva? para que fructifiquen abundantes vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales que ennoblezcan y enriquezcan nuestro pueblo;
  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón se beneficien de unas medidas políticas justas y eficaces que favorezcan la vida familiar, donde casarse y tener hijos –más que un problema por no tener un trabajo digno y estable– sea una alegría y una urgente responsabilidad social; donde se respete la integridad, singularidad y dignidad de cada mujer, dándole además la libertad de tener los hijos cuando ellas decidan y de criarlos durante el tiempo que deseen sin que peligre ni su puesto de trabajo ni su salario laboral;
  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón acojan –al margen de la raza, cultura, sexo, religión…– a los inmigrantes que llegan a nuestra tierra; los traten con dignidad; les ofrezcan un techo, un hogar digno, un salario justo y un contrato laboral en regla;
  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón se sientan respetados al ejecutarse por fin la sentencia que la Signatura Apostólica (máximo tribunal eclesiástico) dictara en su momento y se entregue el patrimonio artístico de nuestra Diócesis que injusta e inexplicablemente está todavía retenido.
  • Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón disfruten de la «ruta del románico» que, siguiendo el Camino de Santiago, ensancharía el alma de nuestro pueblo, generaría riqueza, cultura y arte, recrearía nuestros valores más genuinos, nuestras raíces cristianas… Esto permitiría además hacer de este conflicto –tan absurdo como estéril– una oportunidad de diálogo y colaboración entre las diferentes diócesis hermanas (Pamplona, Jaca, Huesca, Barbastro-Monzón, Lleida y la Seo de Urgell), entre las distintas comunidades autónomas (Aragón, Cataluña y Navarra) e incluso entre Estados diversos (España, Andorra y Francia).
  • Etc.

Aquel día todos descubriremos que los sacrificios de ayer o los esfuerzos de hoy no han sido en vano. Ojalá que el paso de los días o el peso de las dificultades no pueda matar mi «utopía» y sirva de estímulo para todos. Que San Ramón del Monte y Santa María del Pueyo que hizo posible el sueño más inaudito y esperado de la humanidad nos ayude a hacer realidad el nuestro.

Con mi afecto y bendición

Ángel Javier Pérez Pueyo

Obispo de la Diócesis de Barbastro-Monzón

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