Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

23 de junio de 2017

El que avisa no es traidor. Esta semana no es apta para cardiacos. Algunos podrían sufrir incluso «sobredosis». Sobredosis de santidad, es decir, de autenticidad y coherencia de vida, de amor y de humildad, de sin­ceridad y de honradez, de entrega y de generosidad… Valores tan poco frecuentes hoy, que al descubrir cómo los vivían algunos santos, tratando de imitar al Señor, muchos puedan quedar «alucinados», «tocados», «descolocados» o «fascinados»… ante su testimonio de vida.

El día 21 celebramos la fiesta de San Ramón del Monte, obispo de Barbastro, nuestro patrono aunque siga siendo el gran desconocido. Fue un gran ejemplo de amor al prójimo, de espíritu conciliador y dialogante, de una fe inquebrantable… Un santo, como afirma María Puértolas, vicedirectora del Museo diocesano, cuyos valores siguen siendo un referente para todos los hijos del Alto Aragón: su figura y su legado, aún mil años después, siguen siendo únicos y están todavía vigentes. Dos días después, el 23 de junio, celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que no ofrece ninguna «póliza de seguro» sino que desvela el inmenso amor que Dios nos tiene y cómo ha de estar enardecido, purificado y conformado nuestro corazón con el de Cristo. El día 24 celebramos la fiesta de la natividad de San Juan Bautista, el hombre más grande nacido de mujer, según refiere Nuestro Señor. Profeta auténtico, austero, sincero, honrado, recto, servidor insobornable de la verdad. Valores que trató de encarnar aunque le costara la vida. Tres fiestas marcadas por el «fuego del Espíritu» que enciende, purifica  y conforma nuestros corazones con el mismo Corazón de Jesús.

La «FIESTA» es la forma que tenemos las personas de exteriorizar estos valores, de expresar el gozo y la alegría interior que cada uno vive y siente. Necesitamos agradecer y celebrar la vida. ¡Qué son los sacramentos sino la celebración de los siete momentos más importantes de nuestra propia vida! Anhelamos la fiesta. No una «fiesta enlatada» sino la fiesta que emerge desde dentro, la fiesta que nos dignifica, nos humaniza y nos diviniza. Nuestros mayores que sembraron de fiestas el calendario es lo que querían hacernos entender. La vida sólo tiene pleno sentido y fecundidad en Dios. Él es quien realmente conforma nuestro modo singular de ser y nos ayuda a  «humanizar-divinizar» la vida y nuestras relaciones con los demás.

A nadie se le escapa el desconcierto, en el que en cualquiera de sus ámbitos, se halla sumida hoy la humanidad entera. No es extraño, por tanto, que el corazón humano se sienta interiormente, en muchas ocasiones, desorientado, amenazado, manipulado, deshabi­tado… En una palabra, triste, vacío. Tal vez, una de las causas, pueda ser que el hombre ha invertido las relaciones que le vinculaban con la creación, con los demás y con Dios. Como hiciera el Beato Manuel Domingo y Sol en su tiempo,  y aunque para muchos ahora les pueda resultar insólito, también hoy podríamos encontrar en la adoración eucarístico-reparadora, ligada a la devoción al Corazón de Jesús, tan propia de su tiem­po, la clave para recrear a todo hombre y al hombre todo en Cristo. Él sigue siendo hoy el único que ciertamente puede restablecer la dignidad perdida, «reparar» a la humanidad caída, devolver a la tierra la caridad hurtada y hacer nuevas todas las cosas.

Hoy, igual que ayer, aunque tratemos de cambiar el nombre, la vida está marcada por dos tiempos. Para nuestros abuelos, que de ingenuos tenían poco, la vida venía sellada por Dios. Establecieron un «tiempo sagrado», de fiesta, caracterizado por el descanso dominical (donde se mudaban de ropa y se relacionaban con los demás en la casa de Dios o en la plaza del pueblo tomando el vermú), por las grandes solemnidades litúrgicas (la Inmaculada, la Navidad, la Semana Santa, la Pascua, la Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, el Corpus Christi…) y por las fiestas patronales (San Ramón, San Mateo, San Pedro, el Santo Cristo de los Milagros, la Virgen del Pilar, el Santo Cristo y San Vicente Ferrer, etc.); frente al «tiempo profano», de trabajo, marcado por el ritmo de las cosechas. Para nuestros padres, en esta era secularizada y postmoderna, la vida viene caracterizada por la producción y el consumo donde nuestras relaciones son mucho más abundantes pero efímeras. Se establece el ritmo del «finde» (fin de semana) y de las cuatro fiestas religiosas (muchas veces descafeinadas o comercializadas) que cada comunidad autónoma autoriza en su calendario laboral. Los cinco días restantes de la semana, están marcados por un ritmo de vida tan frenético que, en no pocos casos, nos conducen al “estrés” o a la “depre”.

Tal vez pueda estar confundido pero, a medida que buceo por vuestro corazón, me asalta la duda de qué es lo que realmente nos hace más felices, más fecundos, más libres y más auténticos a los seres humanos. Sigo creyendo que, como imagen de Dios que somos, lo que verdaderamente nos construye como personas es querernos a nosotros mismos, relacionarnos con los demás, desvivirnos por ellos y juntos tratar de construir un mundo más humano y habitable donde todos descubran la dignidad de ser hijos de un mismo Padre que nos ha creado por amor y anhela que un día podamos compartir eternamente con Él su misma gloria.

Ojalá que el Corazón de Jesús nos haga entender a todos que no se puede permanecer cruzados de brazos esperando que Dios resuelva nuestros problemas sino hacer visible, como San Ramón o San Juan Bautista, el regalo que Él puso en nuestras manos: el de respetarnos, querernos y ayudarnos… Un verdadero milagro, aparentemente imperceptibles, pero que es el que cambia desde dentro el corazón de las personas y de los pueblos.

Durante estos meses de verano, aprovechando las vacaciones de los hijos que vuelven a sus pueblos de origen, se celebrarán multitud de fiestas y romerías. Disfrutad de la naturaleza y de un merecido descanso. Recread vuestra vida familiar. Aprovechad también para volver a las raíces cristianas, despertando al Dios que lleváis dentro, recitando esta hermosa y comprometida oración:

Señor,

no tienes manos,

tienes sólo nuestras manos

para construir un mundo nuevo donde habite la justicia.

Señor,

no tienes pies.

tienes sólo nuestros pies

para poner en marcha a los hombres por el camino de la libertad.

Señor,

no tienes labios.

tienes sólo nuestros labios

para proclamar al mundo la buena noticia que es tu Evangelio.

Señor,

no tienes corazón,

tienes sólo nuestra acción

para lograr que todos los hombres sean hermanos.

 

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

16 de junio de 2017

El 28 de mayo de 2016 fue el día que más llena he visto la catedral de Barbastro. No cabía ni un alfiler. Más de 1.700 personas jubiladas de todo Aragón llegaron a nuestra ciudad para pasar el día. Me invitaron a recibir la ofrenda floral a la Virgen que don Francisco Javier Iriarte, como Presidente de COAPEMA (Consejo Aragonés de las Personas Mayores), hiciera en nombre de todos. Providencialmente, en esos días, un compañero de la residencia sacerdotal me había regalado un libro de don Leopoldo Abadía que me pareció muy sugerente y que leí de un tirón. Se titulaba: «Yo de mayor quiero ser joven». Fue el «grito de guerra» que coreamos todos por tres veces después de rezar la Salve a la Virgen. Si ese día no se vino abajo la catedral… os aseguro que jamás se caerá.

Don Leopoldo tiene razón. Este zaragozano de pro, de 83 años, con 12 hijos y 45 nietos, ingeniero industrial, profesor durante 31 años en el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa… asegura que se puede ser feliz y sentirse joven a pesar de la edad que uno tenga si logramos mantener la vitalidad por dentro.

Esta alegría interior que brota del corazón fue la que percibí un año más tarde, el 21 de mayo de 2017, al celebrar la pascua del enfermo y administrar la unción de los enfermos a nuestros mayores. Fue una verdadera fiesta de la ternura, del consuelo y de la paz.

Desgranando algunas de las afirmaciones de su libro logré aquella tarde componer un decálogo para la homilía, y que hoy, solemnidad del Corpus Christi, icono de la verdadera COMUNIÓN DE AMOR, quisiera regalar a nuestros padres y a nuestros abuelos como expresión de nuestro cariño, cercanía y gratitud. Ellos siguen siendo en nuestra vida el reflejo más nítido del AMOR COMPARTIDO. Por eso, yo de mayor quiero ser «ÍNTEGRO», es decir, visibilizar y regalar a manos llenas el amor de Dios que llevo dentro. Y que se trasluce en cosas tan sencillas como:

  1. Tener criterio. No hacer caso al primer «cantamañanas» que me adule o que trate de «venderme la moto» (engañarme). Es lo que distingue al que no piensa por sí mismo ni discurre.
  2. Ser responsable, es decir, maduro, sensato, honrado, trabajador, leal, sincero. Asumir lo bueno y lo malo que te pueda venir, con paz y con serenidad. Mira, majo comenta con certeza don Leopoldo si las cosas te van bien, es culpa tuya. Y si te van mal, también.
  3. Tener sentido común. Me asustan las personas sin sentido común pero me aterran todavía más –vuelve a apostillar– las que «no tienen vergüenza».
  4. Saber escuchar y callar. Aunque pueda resultar paradójico, una conversación la domina quien más calla. Y la gana quien más escucha y logra ofrecer lo mejor de sí mismo.
  5. Aprender a perdonar y a olvidar, sobre todo, si tienes razón. Es lo que realmente ennoblece tu alma.
  6. Tener detalles con las personas que me quieren y me ayudan. Tratar de ser agradecido. Intentar ser útil y servir al otro mientras tengas fuerza. Es, sin duda, lo que más incentiva tu sensibilidad.
  7. Aprender a equivocarse. Aceptar los propios errores. Nadie ha nacido enseñado. Dios no creó personas «papelera», «basura» o «descarte» como dice el Papa Francisco.
  8. Vivir con dignidad y respetar las diferencias de los demás. Nadie puede usurpar la dignidad que Dios te otorgó al crearte.
  9. Tener esperanza es aceptar como posible lo que deseamos. Generarla, es ayudar al otro a que consiga lo que desea.
  10. Ser normal, es decir, confiar en los demás y sembrar siempre a tu alrededor la paz y la comunión.

No es fácil aprender a cerrar bien la vida. Lo más difícil es dejarse ayudar pero lo más duro es tener algo pendiente (no haber compartido algún secreto con alguien, no haberse reconciliado con éste o aquél, no haber podido cumplir un sueño inconfeso…).

Asumir que la vida «OTRA» comienza realmente al nacer, es una GRACIA. A veces sólo somos conscientes cuando aparece la primera arruga o mancha de vejez en nuestra cara o en nuestras manos, cuando sobreviene el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se desvanece y se aleja, de pronto, frente a nuestros ojos... Aprender a envejecer es un don divino y, al mismo tiempo, un arte que nos permite paulatinamente desasirnos de todo lo superficial para llegar a ser uno mismo en Dios. Es vivir la vida como si hiciéramos un viaje en globo y nuestra tarea consistiese en ir soltando lastre hasta que «flotásemos», nos «elevásemos»… y llegásemos al lugar de dónde vinimos, es decir, a los brazos de Dios nuestro Padre para fundirnos en un abrazo eterno y gozar de su misma gloria.

El camino que realmente plenifica a cada persona, desde que abrimos los ojos a la vida, es ir despojándonos, desprendiéndonos, desposeyéndonos… de todo lo que nos impide ser nosotros mismos (ser en Dios), de todo lo que nos esclaviza, nos estresa, nos cosifica… Justo, el camino inverso que otros proponen como verdadero elixir de la felicidad.

Lo sublime en esta etapa final –eufemismos aparte– es que nos toca ofrendarle (regalarle) al Señor nuestra propia vida ajada por los años, debilitada por el trabajo o la enfermedad, marcada con tantas «cicatrices»… siendo conscientes de que es esta etapa, aunque nos cueste aceptarlo, la más hermosa y fecunda. Hasta ahora sólo le ofrecíamos nuestra fortaleza, nuestra sabiduría, nuestros éxitos… Ahora soy yo mismo la mejor ofrenda ante el Padre. Te regalas todo tú y sólo tú. Es entonces, sólo entonces, cuando uno llega a descubrir realmente la dignidad y el amor del que hemos sido objeto por Aquel que nos creó.

Esto es lo que celebramos aquel domingo y que hoy evocamos en la solemnidad del Corpus Christi, como nuestra mejor ofrenda. Nuestros mayores, una vez más, supieron estar a la altura y vivir este momento como una verdadera fiesta, como una gracia, como una ofrenda de su propia vida, como un anticipo de la plenitud que les aguarda cuando vuelvan a los brazos del Padre. Esta etapa de la vida es, sin duda, un verdadero tiempo de gracia y de fecundidad porque ellos también son testigos de Jesucristo aunque puedan decir o hacer menos cosas.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

9 de julio de 2017

Nuestra catedral, un hogar con «piedras vivas»

A medida que trascurre el tiempo os confieso que cada día me siento más orgulloso de vosotros porque a través de vuestra vida estáis contribuyendo, como «piedras vivas», a la edificación del Reino de Dios. Estas piedras, tomadas de las canteras de Zaidín y Montearruego como las de nuestra hermosa catedral, han sido grabadas todas ellas a cincel y martillo en el corazón de cada barbastrense. Dos letras, Barbastro y Monzón,  expresión de una iglesia misionera y martirial, con una cruz y su estigma, signo de redención, ¡para que nadie se pierda!, son la marca de fábrica.

«Vocacionalizar» nuestra Diócesis, esto es, aflorar al Dios que cada uno lleva dentro, es ahora nuestro gran desafío. Tendremos que seguir poniendo con esfuerzo y sacrificio lo mejor de uno mismo al común si queremos conseguir entre todos ser la gran orquesta (familia) que Dios ha soñado en nuestra Diócesis.

Nuestr@ herman@ se torna ahora en nuestro mejor regalo... incluso el que parece más débil o indefenso, el enfermo o el  anciano, el que no piensa como yo, el que es menos práctico o efectivo… el más joven que apenas tiene experiencia pastoral, el que está alejado, el que renegó o nunca practicó pero anhela ser feliz… Como en cualquier hogar, también est@s herman@s nuestros tienen que ser objeto de nuestra mayor predilección, cariño y atención. Pero esto sólo podremos vivirlo desde la contemplación porque, como escribió Marcelino Legido, “mi corazón es demasiado pequeño para albergar a todos los hermanos”.

Tal vez con esta singular historia logre expresar mejor lo que bulle en mi corazón: «Cuentan que en una cantera hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le ratificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además, se pasaba el tiempo golpeando. El martillo aceptó con resignación su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo porque, dijo, había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro, que siempre andaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera el único perfecto.

En esto entró el cantero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro, el tornillo... Finalmente, la piedra tosca se convirtió en piedra de sillar, de capitel, o de columna…

Cuando la cantera quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra la sierra y dijo: "Señoras y señores, ha quedado demostrado que todos somos frágiles y vulnerables, pero el cantero se fija en nuestras cualidades. Esto es lo que nos hace valiosos. Así que no nos entretengamos en nuestros defectos, que los tenemos, sino potenciemos nuestros valores y compartámoslos con los demás". La asamblea descubrió entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un equipo capaz de producir piedras sólidas, de calidad y bien talladas. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos por los demás».

Todos somos necesarios en esta construcción aunque no todos cumplamos la misma función en ella. Así de bello lo supo expresar Paul Claudel: «No le corresponde a la piedra elegir su lugar en la construcción sino al maestro de obra que la escogió».

¡Cómo me gustaría que en este aniversario de la consagración de nuestra catedral consiguiéramos al menos estas tres cosas!:

En primer lugar, ¡que nadie se pierda!, esto es, que nadie se sienta excluido. Que todos los hijos del Alto Aragón tengan un lugar en torno a la mesa familiar.

En segundo lugar, que surjan de nuestras «canteras» (familias, parroquias, grupos apostólicos, cofradías, movimientos, colegios, etc.) «piedras vivas» diferentes (vocaciones), con las que poder construir una Diócesis evangelizadora, misionera y martirial.

Y, en tercer lugar, que se incentive la comunión y el trabajo en equipo entre todos.

Que cada hijo al regresar a casa y contemplar el rostro de su madre, «María de la Asunción», puedan repetir con el mismo sentimiento que lo hiciera Dámaso Alonso, «Virgen María Madre, dormir quiero en tus brazos hasta que en Dios despierte».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

 

2 de julio de 2017

«Nuestra historia está escrita en las piedras»

El día 18 de mayo se cumplía el 500 aniversario de la consagración de la santa iglesia catedral de Barbastro. Testigo de ello son las doce cruces que todavía se conservan en los muros que recorren el templo.

La advocación de esta catedral a Santa María continúa con la que tenía en el templo precedente. El 21 de junio de 1517 el Consejo de la ciudad dispone que se construya una iglesia mayor a Nuestra Señora. Esta decisión, según refiere la directora del Museo Diocesano Dª María Puértolas, obedece, por una parte, al deficiente estado en el que se encontraba el templo, también al incremento de la población de la ciudad pero, sobre todo, al deseo de los barbastrenses de tener un recinto digno que satisficiese sus aspiraciones de volver a convertirse en cabeza episcopal para lograr la restauración de la sede episcopal perdida en el siglo XII.

Las carencias económicas y las dificultades de financiación obligaron a tener que pedir préstamos, otorgar bulas e indulgencias, pedir limosnas e incluso tener que recurrir a la sisa, impuesto indirecto sobre la carne y el pan para financiar las obras. Con todo, la erección de este magnífico templo de planta de salón, fue posible gracias a la suma de esfuerzos de un pueblo que en el siglo XVI contaba con unos 3000 habitantes.

La capitulación de las obras se firma el 26 de junio de ese mismo año con el maestro Luis de Santa Cruz, dando así comienzo las obras. Este se encargará de demoler el edificio anterior e iniciar la fábrica de la cabecera con piedras de derribo del edificio anterior, con piedras de Zaidín para las partes estructurales y de las canteras de Montarruego para el resto. A este maestro le sucederá Juan de Sarineña, aragonés, y uno de los grandes maestros de la primera mitad del siglo XVI. La obra fue terminada por Juan de Segura quién volteó las magníficas bóvedas de crucería estrellada, dirigió los trabajos de ornamentación al interior: las 458 fantásticas “rosas” que simulan un cielo estrellado, el letrero que recorre los muros del templo que funciona como una especie de acta de consagración del templo y en cuya última parte, justo sobre el retablo de san Ramón,  se puede leer “toda hermosa eres amiga mía, y en ti no hay defecto” con una doble alusión, por un lado a la Virgen, puesto que es un extracto del Cantar de los Cantares y por otro lado a la fábrica del templo, del que tan orgullosos se han sentido siempre los habitantes de Barbastro. Sustancialmente el templo está terminado en 1533. Y, desde entonces, acoge a todos los fieles de la ciudad y de la Diócesis de Barbastro-Monzón como “Ecclesia Mater”.

Ojalá, por muchos siglos, los hijos de esta porción del Alto Aragón que reconocemos en este templo nuestro verdadero hogar, podamos seguir entonando este bello himno:

Piedra angular y fundamento eres tú, Cristo

del templo espiritual que al Padre alaba,

en comunión de amor con el Espíritu

viviente, en lo más íntimo del alma.

Piedras vivas son todos los cristianos,

ciudad, reino de Dios edificándose

entre sonoros cánticos de júbilo indecible

al Rey del universo, templo santo.

El cosmos de alegría se estremece

al latido vital de nueva savia

pregustando el gozo y la alegría

de un cielo y una tierra renovados.

Cantad, hijos de Dios, adelantados

del Cristo total, humanidad salvada,

en la que Dios en todos será todo para siempre,

comunión de vida en plenitud colmada.

Demos gracias al Padre, que nos llama

a ser hijos en el Hijo bienamado,

abramos nuestro espíritu al Espíritu,

adorems a Dios que a todos salva. Amén.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

 

26 de mayo de 2017

A punto de terminar el mes de mayo, por medio de estas líneas, quisiera hacer llegar mi recuerdo cariñoso y mi felicitación a los cientos de niñ@s de nuestra Diócesis que este año han hecho su primera comunión. Como la Virgen María, se han convertido en verdaderas «Custodias» (Sagrarios) de Dios, llenando nuestros pueblos de vida y color.

Quien haya celebrado su primera comunión seguro que asiente conmigo que ha sido uno de los días más bonitos y significativos de su vida. Se recuerda siempre. También para mí fue el día más feliz. Y eso que no pude hacerla ni con mis amigos ni con los compañeros del cole. Durante varios meses tuve que estar en Madrid para ser intervenido quirúrgicamente del velo del paladar y posteriormente en un centro de rehabilitación de logopedia. Ahora entendéis por qué no callo. Tampoco hubo banquete. Una chocolatada con mis amigos fue suficiente. Ni regalos costosos. El que más ilusión me hizo fue el reloj de pulsera que llevé en la muñeca hasta que me regalaron otro el día de mi ordenación sacerdotal. Sin embargo, el más fecundo, fue recibir como huésped a Jesús en mi «alma» y dejarle las «llaves» para que entrara cuando quisiera.

Permitidme que os invite a hacer un juego con vuestros hijos y/o nietos que hayan hecho su primera comunión este año. Hacedles las mismas preguntas que unos comulgantes le hicieron al Papa Benedicto XVI en una audiencia el año 2005. Compartidlas con ellos. Cotejadlas con las del Papa. Y si entregáis las respuestas de los comulgantes a Mafer en el obispado, Plaza de Palacio núm. 1, además de regalaros un rosario del Papa Francisco, os prometo que leería algunas en la misa del Corpus Christi.

–¿Qué recuerdo tienes –le preguntó Andrés– del día de tu primera Comunión?

–Benedicto XVI: Fue un domingo radiante de marzo de 1936. Comulgamos unos treinta niños y niñas de nuestra pequeña localidad, que apenas tenía 500 habitantes. Pero en el centro de mis recuerdos está que Jesús entraba en mi corazón, que me visitaba precisamente a mí. Y que era un don de amor que realmente valía mucho más que todo lo que se podía recibir en la vida; así me sentí realmente feliz. Y le prometí al Señor: “quiero estar siempre contigo”. Espero que también sea para vosotros el inicio de una bonita amistad con Jesús y que dure toda la vida. Estando con Jesús os irá muy bien y seréis muy felices.

–¿Debo confesarme –le preguntó Livia– todas las veces que recibo la Comunión? ¿Aunque sean los mismos pecados?

–Benedicto XVI: Te diría dos cosas: la primera, sólo es necesario confesarse en el caso de que hayas roto tu amistad con Jesús (que se visibiliza en la amistad con tu familia, amigos, compañeros, vecinos…). La segunda, aunque no sea necesario confesarse antes de cada Comunión, es muy útil confesarse con cierta frecuencia. Es verdad que nuestros pecados son casi siempre los mismos, pero igual que limpiamos nuestra habitación al menos una vez por semana, aunque la suciedad sea siempre la misma, igual tenemos que hacer con el «alma» para preservar su belleza y que nos ayude a tener una conciencia más despierta y podamos madurar espiritualmente como personas.

–Mi catequista, me dijo –volvió a preguntarle Andrés– que Jesús está presente en la Eucaristía. Pero ¿cómo? Yo no lo veo.

–Benedicto XVI: Efectivamente hay muchas cosas que no vemos y, sin embargo, existen y, además, son esenciales. Por ejemplo, no vemos nuestra inteligencia; y, sin embargo, la tenemos. No vemos nuestra «alma» y, sin embargo, existe y vemos sus efectos, porque podemos hablar, pensar, decidir… Tampoco vemos, por ejemplo, la corriente eléctrica y, sin embargo, vemos la luz. Con frecuencia las cosas más profundas, que sostienen la vida y el mundo, no las vemos pero sentimos sus efectos. Tampoco vemos con nuestros ojos a Jesús resucitado, pero sentimos cómo cuando está El, las personas cambian, son mejores. No vemos realmente al Señor pero sentimos sus efectos: así podemos comprender que Jesús está invisible pero real en la Eucaristía.

–Todos nos dicen –le preguntó Julia– que es importante ir a misa el domingo. Nosotros iríamos muy a gusto pero nuestros padres no nos quieren acompañar porque el domingo lo aprovechan para dormir.

–Benedicto XVI: Con gran amor y respeto hacia vuestros papás que se desviven trabajando tanto por vosotros para ofreceros lo mejor, podríais vosotros mismos seducirles y arrastrarles haciéndoles cómplices de vuestra amistad con Jesús y lo importante que es rezarle a Dios por toda la familia.

–¿Para qué sirve –preguntó Alejandro– ir a misa cada día y recibir la Comunión?

–Benedicto XVI: Sirve para descubrir cuál es el centro de tu vida. Si Dios está ausente en mi vida, me falta una orientación, me falta una amistad esencial, me falta también la alegría interior que plenifica mi vida. No tendría la fuerza para crecer y madurar como persona y poder superar mis vicios y limitaciones. Su efecto no se ve enseguida. Se siente después. En los países donde el ateísmo ha gobernado durante muchos años; se han destruido las «almas», y también la tierra; y así descubrimos lo importante que es alimentarse de Jesús en la Comunión. Él es quien realmente nos da la luz y nos orienta en la vida.

–¿Qué es –preguntó Adriano– la adoración eucarística? ¿Cómo se hace?

–Benedicto XVI: La adoración es reconocer que Jesús es mi Señor, que Él me indica el camino mejor para ser feliz. Adorar es poder expresarle: “Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo”. También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo: “Yo soy tuyo y te pido que tú también estés siempre conmigo”.

Termino dandoos las gracias a cada uno de los comulgantes, a vuestros padres, hermanos, abuelos y familiares. También a los catequistas, sacerdotes, religios@s y a los profes de reli. Os animo, en este día de la Ascensión, a que hagáis presente a Jesús con vuestra vida en el mundo. Y os recuerdo, con palabras del Papa Francisco, que ningún río bebe su propia agua; ni los árboles comen sus propios frutos... El sol no brilla para sí mismo ni las flores esparcen su fragancia para ellas mismas. Vivir para los otros es una regla de la naturaleza. (...) La vida es buena cuando tú estás feliz; pero la vida es mucho mejor cuando los otros son felices por tu «culpa».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

 

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