Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

17 de abril de 2015

Con frecuencia nos lamentamos: ¿qué nos pasa?, ¿por qué ahora es tan difícil hacer visible la dignidad humana? Pues, porque el ‘modelo’ de ser humano que alimenta la cultura actual no es un ‘modelo’ cristiano, sino de productores y consumidores.

Y, en este contexto, ¿cuál es la tarea social de los cristianos? Simplemente, ser testigos del resucitado; es decir, combatir con nuestro testimonio de vida la enfermedad más grave, aunque aparentemente imperceptible, que aqueja a la humanidad: la miopía. Ya lo dice el refrán: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Por eso el papa Francisco alerta ante el «suicidio social» que supone instalarse en la «globalización de la indiferencia».

La cultura dominante tiende hacia un proyecto de realización personal y de felicidad que deshumaniza, al no respetar lo más genuino de la naturaleza humana. Los rasgos de esta cultura, según el papa Benedicto XVI, son:

?  Individualismo o buscar por encima de todo el propio interés, gusto y convenien­cia.

?  Hedonismo-consumismo o pensar que la felicidad consiste el consumo incesante de cosas y de sensaciones nuevas.

?  Relativismo y subjetivismo o constituirse cada uno en criterio definitivo de lo que está bien y lo que está mal, echando por la borda los valores universales.

?  Secularismo o vivir en la práctica como si Dios y los demás no existieran.

Sin embargo, algunos pensamos, tomando como modelo a Jesucristo resucitado, que existen otros ‘modelos’ de realización y felicidad humana. Éstos son los rasgos del ‘modelo’ cristiano:

?  Comunión. No somos individuos aislados, sino personas que se realizan en una enriquecedora relación con los demás y con Dios. Buscar el interés de los otros es lo que nos humaniza.

?  Servicio. No estamos aquí para competir, sino para colaborar. La felicidad no se encuentra en consumir, sino en poner la vida al servicio de los otros.

?  Dignidad humana y libertad. No es más libre el que hace lo que le viene en gana, sino el que busca el bien de todos, aunque sea arduo y exija sacrificios.

?  Fraternidad. Formamos parte de un proyecto común, de una misma familia humana, que podemos construir juntos desde nuestra libertad.

Nuestra humilde contribución a la humanidad sigue siendo ofrecer lo propio, lo más genuino, lo esencial de todo ser humano, esto es, la vocación a la comunión en el amor y la libertad a la que todos estamos llamados; vivir para los demás, para que otros también puedan vivir. Gracias, a cada uno, por tratar de ser, en nuestra Diócesis, testigos del Resucitado.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

10 de abril de 2015

Tenemos motivos para sentirnos contentos. La Semana Santa, que acabamos de celebrar, ha calado hondo entre nosotros y no sólo en nuestro Alto Aragón. Recojo un poema de una prestigiosa revista nacional que evoca lo que en estos días se ha vivido en nuestros pueblos:

«En una calle cualquiera / me he encontrado con Jesús. / Yo iba pensando en mis cosas, / Él cargaba con la cruz. /

Me pidió ayuda al mirarme, / yo la cabeza volví / buscando hacerle pensar / que no le reconocí. /

Por temor a dar la cara / no quise ser cirineo; / me venció la cobardía, / me sentí esclavo del miedo. /

Por temor a dar la cara / le di la espalda a Jesús. / Seguí pensando en mis cosas / y Él prosiguió con la cruz.

En una calle cualquiera / yo me encuentro cada día / con un mar de nazarenos / entre olas de pesadillas / de olvido y marginación / que rompen contra las rocas / de una amnesia colectiva.

Ese mar es siempre el látigo / que, a lomos de la injusticia, / castiga a la humanidad / y es una cruz infinita / que tan solo se soporta / si es una cruz compartida.

Yo sé muy bien que esa cruz / que arrastramos por la vida / es la misma que por todos / llevó el Nazareno un día».

Quiero agradecer a todos los cofrades de cada parroquia de nuestra Diócesis el haber escenificado, en las calles de nuestros pueblos y ciudades, este misterio de amor. Sobre todo quiero dar las gracias a los cofrades jóvenes, porque con el resonar de sus tambores y cornetas han tocado nuestra conciencia y nos han despertado del letargo y de la inercia. Nos han ayudado a sentirnos solidarios y nos han urgido a hacer visible al Dios que llevamos dentro y se esconde en el corazón de cada hermano.

La medalla, que con orgullo cuelga de vuestro cuello, representa el “paso” que cargáis sobre vuestros hombros. Lleva el rostro de Jesús, el rostro de los que no tienen rostro. Por eso os invito a que cojáis vuestra medalla entre las manos, la miréis, la estrechéis contra vuestro pecho, y experimentéis conmovidos la alegría que brota de vuestra entrega generosa.

No la guardéis con la túnica, sino dejadla sobre la mesilla de noche, aunque nada más sea una semana. Escucharás sorprendido que, en el silencio de la noche, resuena tu corneta o tu tambor, simplemente siendo auténtico con tu testimonio de vida. Atrévete, como Jesús, a ponerle rostro a los sin rostro, a ser bálsamo de Dios para sus vidas..., tan sólo una semana más. Y, al terminar cada día tu jornada, antes de acostarte, evoca en silencio a cuántos ha besado Dios a través de tus propios labios, para cuántos has sido caricia suya.

Sólo así perpetuarás la Pascua cada día. Y antes de cerrar tus ojos, cada noche, reza lentamente esta oración que condensa la esencia de tu vida: ¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo! como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Con mi afecto y bendición. ¡Feliz Pascua!

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

27 de marzo de 2015

Perdonad mi atrevimiento por invitaros a subir con Jesús a Jerusalén y revivir con Él el misterio de la redención en nuestra propia vida, al comenzar este tiempo de gracia en el que la comunidad cristiana se dispone a celebrar la Semana Santa.

San Pablo expresó magníficamente lo que implica nuestra subida a Jerusalén cuando dijo que nuestra verdadera transformación personal se produce al participar en la muerte y resurrección de Cristo (cf. Flp3, 10-11). Desde esta convicción os ofrezco cuatro claves para celebrar con toda su hondura teológica y existencial la Pascua del Señor. Hoy os propongo las dos primeras:

1ª clave: Vivir la actualidad del Misterio.

Durante la Semana Santa la Iglesia actualiza los misterios de la salvación realizados por Cristo cuando culminó su subida a Jerusalén. Aunque han pasado dos mil años, no nos contentamos con hacer eso que ahora se llama una “recreación histórica” de lo que ocurrió, ni tan sólo un recuerdo emocionado y agradecido, sino que vamos a vivir una verdadera actualización de lo que Jesús hizo por nosotros. Su muerte y resurrección vuelve a realizarse hoy en nuestras comunidades y para la salvación de todo creyente que celebra estos misterios.

La liturgia hace actual el misterio que celebramos. Esta actualización es “sacramental”, es decir, que en los signos sensibles de la liturgia (lectura de la pasión, lavatorio de los pies, memorial de la Cena, procesiones, luminosidad del Cirio Pascual, etc.) se realiza ahora y de nuevo la gracia, la fuerza salvífica y misericordiosa del Padre que nos entregó a su Hijo para que tengamos vida.

Es verdad que los creyentes tenemos diversos medios para “templar el alma”: la oración personal y comunitaria, los ejercicios espirituales, el Vía Crucis, las procesiones que protagonizan las cofradías…; además, la sensibilidad espiritual de cada uno conecta con los diferentes maestros de la vida espiritual; sin embargo la celebración litúrgica es la fuente imprescindible de todos los medios de vida espiritual y para todos los maestros espirituales. Las celebraciones litúrgicas constituyen la espiritualidad de la Iglesia y actualizan el sacerdocio de Cristo. El sacerdote que las preside hace presente, visible y sensible a Jesucristo como Cabeza de la Iglesia. Y a través de todos esos signos, símbolos, cantos y ceremonias alcanzamos el gran encuentro con el Señor.

2ª clave: Pasar de la cruz a la gloria

Las celebraciones de estos días nos ayudarán a vislumbrar la cruz, pasión y muerte de Cristo, y al mismo tiempo a presagiar la otra cara de la moneda: su triunfo definitivo, su resurrección gloriosa.

La memorable cena del Jueves Santo, la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní, su pasión y muerte en la cruz, su sepultura, el silencio y la soledad del Sábado Santo están marcadas por esta doble vivencia: nos hacen vislumbrar y presagiar un misterio de vida. Y, por fin, en el Resucitado percibiremos las heridas que le dejó la pasión, pero serán ya heridas gloriosas. Lo mismo acontece en nuestra vida.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

20 de marzo de 2015

La fiesta de san José, tan entrañable, tan familiar, tan nuestra, evoca siempre en el corazón de los fieles y de cada sacerdote el Día del Seminario y la campaña que siempre le acompaña.

Ser sacerdote ¾al margen del cargo que uno ocupa, del lugar donde uno sirve o de la edad que uno tiene¾ es una de las formas más sublimes de ejercer la paternidad en una sociedad lastrada por la orfandad.

De la mano de José, custodio del Redentor, invito a toda la Iglesia diocesana y a cada una de sus parroquias, comunidades y grupos apostólicos a adentraros en el misterio de esta fiesta. Dejaos habitarpor Aquel que colma y da plenitud; salid sin miedo a los caminos; sed buena Noticia para todos; invitad sin miramiento a ser sacerdote a los jóvenes en los que intuís que el Señor ha depositado esta gracia singular. No os canséis de importunarle para que bendiga copiosamente nuestra tierra, regada por la sangre de tantos mártires, con nuevas y santas vocaciones como garantía inequívoca de su promesa de futuro.

Me niego a creer que en nuestra Diócesis, que, según los que conocen su historia, ha sufrido y superado fuertes y profundas crisis, como el riesgo de ser suprimida, la persecución religiosa de 1936, la crisis de identidad de los años 70, entre otras, Dios no vaya a suscitar también ahora un puñado de jóvenes que, fascinados por Jesucristo, estén dispuestos a ofrecer su propia vida para que los demás tengan en abundancia la vida que Él prometió en su Evangelio.

Me resisto a creer que llegue un día en el que, en nuestros pueblos, los jóvenes sean tan insensibles que no se estremezcan ante tantos “crucificados” como nos salen al paso y no se ofrezcan para ser sus “cirineos” cargando con las cruces ajenas y propiciando que se sientan sanados, perdonados, amados incondicionalmente por Dios.

No se trata, como muy bien intuís, de ofrecer algo de tu tiempo, de tus conocimientos, de tus energías, de tu dinero..., sino de ofrecer tu propia vida en favor de los demás, porque ¾como recordó el papa Benedicto XVI al inicio de su pontificado¾al mundo no lo salvan los “crucificadores”, sino los “crucificados”. Sólo Jesucristo crucificado ha redimido el mundo y ha devuelto a cada persona su propia dignidad de hijo.

La vida y la misión del sacerdote, aunque algunos quisieran negarles “el pan y la sal”, siguen siendo una forma fascinante de realizarse como persona, particularmente para aquellos jóvenes que desean recobrar la armonía, el equilibrio, el respeto, la libertad, la dignidad, el cariño, la reconciliación entre los hombres y Dios… Son un regalo, una gracia siempre inmerecida.

Los sacerdotes, bien lo sabéis, no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas, sino que nacen y crecen en el seno de una familia como la tuya, que es capaz de escuchar la voz de Dios a través del grito de nuestros hermanos necesitados. Como decía Jesús, el que tenga oídos para oír, que oiga.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

13 de marzo de 2015

El Papa nos ha invitado, en su Mensaje para la Cuaresma, a vencer la indiferencia ante el dolor de los demás. Nos invita a la oración y a tener gestos de caridad. Viene a mi mente una de las pocas cartas que todavía conservo. Me la envió una madre joven de mi pueblo, dos meses antes de morir de cáncer. Siempre que la releo, vuelvo a emocionarme:

–«Querido Ángel: Seguramente te sorprenda esta carta pero hay cosas que es mejor prepararlas con tiempo. Tú conoces la gravedad de mi enfermedad (…) Por mucho que viva nunca me cansaré de dar gracias a Dios por haberte puesto como mediador suyo en mi camino. En los momentos más duros supiste estar a mi lado. Nunca olvidaré tus llamadas telefónicas desde Roma cuando estaba en la clínica. En aquellos momentos sólo tenía fuerzas para mirar el crucifijo y sentir que era el mismo Jesús quien me sostenía y me aliviaba el dolor (…) Cuando me muera, recuérdame en tus eucaristías. Muchas veces te confesé que me hubiera gustado tener un hijo sacerdote para tener siempre una vela delante del Santísimo. No pudo ser. Tuve dos hijas preciosas. A cambio, Dios me regaló un gran amigo sacerdote (…)».

Desde entonces, cuando presento la ofrenda en mi eucaristía diaria, junto al pan y al vino añado los nombres de aquellos que el Señor me ha confiado su cuidado. Cada uno de vosotros, desde el 22 de febrero pasado, sois también ya parte de esta misma ofrenda.

Este regalo tan preciado y paradójicamente tan escaso hoy en esta tierra bendecida por tantos santos y mártires, de ser «presencia sacramental de Jesucristo» entre los hombres, esto es, de servir de mediador, de «cirineo» que carga con el dolor ajeno, que mitiga la soledad, que comparte las preocupaciones e inquietudes de los demás… sigue siendo la razón de ser de los 78 sacerdotes y religiosos que tienen encargo pastoral en nuestra Diócesis. Servir de lámpara encendida ante el Santísimo, intercediendo por cada uno de vosotros, por vuestros hijos y sus familias, es al mismo tiempo una de las más hermosas y fecundas tareas que el Señor nos encomienda.

El día 14 de marzo durante el XII Encuentro de Cofradías que tendrá lugar en Binaced vamos a secundar este gesto de oración que nos propone el Papa, rezar para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia que genera la indiferencia que vive la humanidad. Y el día 19 de marzo, coincidiendo con el Día del Seminario, os invito a la oración en la Concatedral de Monzón tal como se indica en la última página de nuestra Hoja diocesana. Podéis leer allí todos los datos.

Pongo a Nuestra Señora, en cada una de las advocaciones de nuestra Diócesis, y a nuestros beatos mártires, que nos bendigan copiosamente con las vocaciones laicales, religiosas y sacerdotales que esta Iglesia Diocesana de Barbastro-Monzón necesita.

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón. 

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