Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

5 de junio de 2015

Siempre me ha chocado la “salida” de Jesús diciendo a sus discípulos que sean ellos los que sacien el hambre de la multitud.

Lo más sencillo, como ellos le sugerían, era mandar la gente a casa y que cada cual se las arregle como pueda. Eran muchos, ya era tarde y estaban en un despoblado. La de los discípulos fue la misma tentación que, con frecuencia, podemos tener nosotros: no sentir que las necesidades ajenas nos atañen, no hacernos cargo de ellas.

De nuevo el Señor, nos descoloca: «¡Dadles vosotros de comer!» Pero, Señor, si sólo tenemos cinco panes y dos peces…, ¿cómo vamos a dar de comer a tanta gente? Ni aunque tuviéramos todo el oro del mundo…, ¿de dónde íbamos a sacar comida para todos ellos en este despoblado?

«Decidles que se sienten». Jesús elevó su mirada hacia el cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyesen entre la gente. Fue un momento de profunda comunión: la multitud que había sido alimentada previamente con la palabra del Señor, es ahora nutrida con su pan de vida. Y todos, según narra el evangelista, quedaron saciados.

Es en torno a la mesa, en la Eucaristía, verdadero antídoto contra la indiferencia, donde se produce el milagro de la comunión. Nos hace salir del individualismo para vivir la fe solidariamente, en comunidad.

¿Se puede vivir la Eucaristía individualmente, como pura devoción, de forma anónima… o habría que vivirla siempre como expresión de nuestra radical comunión con Dios y con los hermanos que están sentados a la misma mesa?

Dadles vosotros de comer es la invitación que Jesús nos hace a compartir lo que somos, a poner en común lo poco que tenemos, a dejarlo en las manos del Señor para que lo bendiga y lo multiplique.

Ser “solidarios” es poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, talentos o carismas, porque sólo en el compartir, en el donarse, nuestra vida se tornará fecunda y dará mucho fruto.

Justamente es lo que celebramos en este domingo, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi): que Jesucristo Eucaristía se hace don, alimento que se parte, se reparte y se comparte para saciar el hambre de pan, de justicia, de solidaridad, de fraternidad… También el hambre de Dios, de sentido y plenitud que tiene la humanidad. Es lo que Cáritas, en nombre de la Iglesia, nos recuerda con la campaña del Día de la Caridad.

Que la participación en la Eucaristía nos impulse a seguir cada día al Señor, a ser instrumentos de comunión y a compartir con Él y con nuestro prójimo aquello que somos y tenemos.

Que Dios bendiga vuestra generosidad como sólo Él sabe hacerlo.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

29 de mayo de 2015

«Cuentan que el sultán salió una mañana de palacio rodeado por su fastuosa corte. Al poco se encontró con un campesino que plantaba afanoso una palmera. El sultán se detuvo al verlo y le preguntó sorprendido: “¡Oh, cheikk (anciano)!, plantas esta palmera y no sabes quiénes comerán su fruto... muchos años necesita para que madure, y tu vida se acerca a su término”. El anciano lo miró con bondad y le contestó: “¡Oh, sultán! Plantaron y comimos; plantemos para que coman”. El sultán admirado por la gran generosidad del anciano le entregó cien monedas de plata, que él tomó haciendo una inclinación, y le dijo: “¿Has visto, ¡oh, rey!, cuán pronto ha dado fruto la palmera?” El sultán, asombrado al ver que un hombre de campo hubiera tenido una respuesta tan sabia, le entregó otras cien monedas. El ingenioso viejo las besó y añadió con presteza: “¡Oh, sultán!, lo más extraordinario de todo es que generalmente una palmera sólo da fruto una vez al año y la mía ha dado fruto dos veces en menos de una hora”.

¡«Replantar a Dios» en el corazón humano...! Repoblar el mundo con los valores del Reino…, aunque seamos menos, más viejos o socialmente irrelevantes. Sembrar en nuestros jóvenes el anhelo de servir, de «amar hasta que duela», de ser «bálsamo», buena noticia, evangelio. Éste es hoy sin duda nuestro desafío.

La Iglesia, como buena madre, a ejemplo de María, deja que Dios fecunde sus entrañas para que se geste en la sociedad «la civilización del amor». A nosotros sus hijos nos toca corresponder con generosidad, poniendo al menos la “X” en la declaración de la renta para que ella pueda proveer a tantos que necesitan tanto. Y no sólo pan o justicia, sino también cercanía, cariño, ternura, respeto, dignidad…

Aunque todo es perfectible, me conmueve descubrir que nuestra Diócesis de Barbastro-Monzón es una de las más solidarias y generosas con su madre la Iglesia para que siga apostando por tantos, que carecen de tanto. La cara más amable, sobre todo en estos momentos de crisis, sin duda ha sido la acción caritativa, de promoción humana y laboral, de integración y reinserción social, que se viene ofreciendo a través de Caritas, Manos Unidas, Obras Misionales, grupos y movimientos apostólicos, cofradías, etc. Pero no menos desdeñable es su tarea humanizadora-divinizadora a través de la atención personal y familiar, de la educación y vivencia de la fe, de la celebración de los Sacramentos, de la asistencia a los enfermos y ancianos, a los niños, adolescentes y jóvenes…, por medio de tantos sacerdotes, religiosos, catequistas, animadores de la comunidad, profesores de religión, animadores juveniles, etc.

Gracias por poner la “X” a favor de la Iglesia y la “X” para otros fines sociales en vuestra declaración de la renta. Con tu aportación, la Iglesia se sostiene, y recuerda que, aunque no seas practicante, muchos la consideran un verdadero «valor ecológico» para la humanidad. Tu ayuda no sólo se multiplica por tantos sino que trasciende el tiempo y el espacio. Detrás de cada “X”, bien lo sabes, hay una historia conmovedora.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

22 de mayo de 2015

Providencialmente, hoy 24 de mayo, coincidiendo con la fiesta de Pentecostés, los ciudadanos de este país estamos convocados a las elecciones municipales y autonómicas. En Pentecostés, la Iglesia, como madre y maestra, nos invita a tomar conciencia de nuestra responsabilidad de cristianos llamados a dar a conocer a Jesucristo, a evangelizar. Y, puesto que la fe en Jesús, tiene claras consecuencias sobre la vida social, política y económica, también nos pide que seamos conscientes de que el servicio a las comunidades humanas de nuestros pueblos y ciudades es una de las formas más directas de ejercer nuestro amor al prójimo.

La humanidad, hoy igual que ayer, sigue necesitando sacerdotes, educadores, políticos, filósofos, artistas, ingenieros, médicos, contables, economistas… con vocación; es decir, hombres y mujeres, que reeducados en la escuela de la vida, se mojen y sean capaces de romper el estrecho círculo del individualismo para construir con otros el bien común, y para aprender, escuchar e interpretar los sufrimientos y las esperanzas de la gente.

El papa Francisco ha pedido a Dios que incremente el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que sane eficazmente las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo: «La política, tan denigrada ?dice?, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos [y añado yo: economistas, ingenieros, empresarios, obispos, sacerdotes, abogados, jueces, notarios…] a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!» (“La Alegría del Evangelio”, 205).

Perdonad mi osadía si en este día de Pentecostés, día del Apostolado Seglar, en el que os he convocado a pedir el don del Espíritu Santo en la Vigilia estacional que celebraremos esta tarde en el Santuario de la patrona de la diócesis, la Virgen del Pueyo, alzo mi voz agradecida a Dios por el compromiso de aquellos cristianos que son verdaderos apóstoles en el mundo:

?  Educadores y artistas que transmiten con belleza una imagen integral del hombre.

?  Ingenieros y arquitectos que ponen la técnica al servicio de las familias.

?  Contables, economistas y directores de empresas cuyo valor máximo no es el dinero sino la dignidad de las personas.

?  Políticos, diplomáticos y militares que buscan la paz y el progreso de todos.

?  Médicos, enfermeros, asistentes sociales, que ven en el rostro de los que sufren la imagen de Cristo y les proporcionan una mayor dignidad humana.

?  Abogados, jueces y notarios que interpretan correctamente la ley y defienden la justicia.

?  Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, misioneros y laicos consagrados que, ante la sed de Dios que hoy tiene la humanidad, extienden la buena noticia a todas las gentes.

Que Dios bendiga como sólo Él sabe hacerlo a todos los que actuáis así.

 

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

15 de mayo de 2015

En este tiempo de Pascua, los niños y niñas bautizados hacen su “primera comunión”. Muchos de ellos son vuestros hijos y nietos, que reciben por primera vez en su corazón a Jesucristo Eucaristía. Bien sabéis que es una fiesta entrañable, que a buen seguro permanecerá en su memoria.

A través del Sacramento de la Eucaristía, aunque no siempre logremos captarlo en toda su profundidad, se hace visible el amor que Dios tiene a la humanidad. Jesús, Hijo de Dios, “se parte” y “se reparte”, se convierte en alimento cotidiano y anhela entrar en comunión con cada uno de sus hermanos para “fundirse” con nosotros en un amor eterno.

La comunión, como expresa Henry Nowen, es el grito más profundo que brota del corazón de Dios para hacernos entender que todo ser humano ha sido creado con un corazón que sólo puede ser satis­fecho plenamente por Aquel que lo ha creado.

Resulta sin embargo paradójico, como da a entender el episodio de los discípulos de Meaux, que esta comunión profunda con Jesús se produzca siempre de forma invisible. Cuando aquellos discípulos comieron el pan que Jesús les ofreció, Él desapareció de su vista. Y, sin embargo, entonces fue cuando entraron en íntima comunión con Él. Aquel caminante desconocido, que se hizo amigo de ellos por el camino, pareció que dejaba de estar con ellos, pero entonces lo reconocieron y lo sintieron más cercano que nunca. Entonces se dieron cuenta de que estaban “habitados” por Él en lo más profundo de su ser: Jesús respiraba en ellos, hablaba por ellos, vivía realmente para ellos. Cuando comieron el pan que él les ofreció, sus vidas se transformaron. San Pablo lo dijo con estas palabras: «Ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí».

Cuando comulgamos, nuestro corazón, como en su día el vientre de la Virgen María, se convierte en un “sagrario” ambulante y toda nuestra persona en un “templo habitado por Dios”. Hacer la “primera comunión” significa, nada menos, que ofrecerse de por vida para ser “custodia” de Dios en el corazón del mundo. Cuando finaliza la Misa, uno se lleva a Cristo dentro de sí, constituyéndose en su “presencia sacramental”, esto es, en la mejor “fotografía de Dios”.

Comulgar, convertirse en Cristo, nos lleva a una nueva forma de vivir, donde las viejas distinciones entre dicha y desdicha, entre éxito y fracaso, entre bienaven­turanza y condenación, entre salud y enfermedad, entre vida y muerte…, ya no tienen sentido.

El Espíritu de Cristo resucitado nos hace vivir juntos de una manera nueva. Quienes comemos del mismo pan y bebemos de la misma copa nos convertimos en un mismo cuerpo. La comunión crea comunidad, familia. Y ésta nos urge a la misión, es decir, a abrirnos a los demás para descubrir que sólo el Dios que habita en mí me permite reconocer al Dios que vive también en los demás.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

8 de mayo de 2015

Al comenzar el mes de mayo, iluminados por los textos de la Sagrada Escritura sobre María de Nazaret, te invito a desentrañar en toda su hondura el misterio en que estuvo envuelta su vida, para que lo confrontes con la historia de salvación que Dios va obrando en tu propia vida; y llegues a descubrir cuánto parecido hay entre ambos.

Más allá de los títulos, advocaciones y devociones particulares a la Virgen María, que cada uno pueda tener, su verdadero relieve, significado y trascendencia está en haber sido la primera creyente, que acogió a Dios en su vida como nadie, y la primera discípula, que siguió a su Hijo y compartió con él su misma misión sanadora de la humanidad.

Te animo a que releas cada día uno de los siguientes textos evangélicos y trates de vislumbrar el rostro auténtico de María como mujer, como esposa, como amiga, como hermana, como madre, como creyente, como discípula... Y procures desentrañar aquellas actitudes de vida que la definen. Por ejemplo:

?  En la anunciación (Lc 1, 26-38), contempla algunas actitudes que se desprenden del texto, como son la con­fianza, la disponibilidad, la escucha, el asombro, la fascinación…

?  En la visita a su prima Isabel(Lc 1, 39-56), fíjate en su actitud de servicio, en la aceptación de la voluntad de Dios, en la solidaridad…

Y a modo de “deberes” para avanzar en tu vida espiritual, te propongo que tú mismo vayas contemplando las actitudes que tú descubres en estos otros momentos del misterio de María:

?  En el nacimiento de Jesús (Lc 2, 1-20).

?  Enlaprofecía de Siméon (Lc 2, 25-35).

?  En la huida a Egipto (Mt 2, 13-23).

?  Cuando ella y José pierden a Jesús en el templo (Lc 2, 41-52).

?  Cuando sabe que sus paisanos tienen a Jesús por loco o endemoniado y van a buscarlo (Mc 3, 20-21; Jn 10, 20).

?  En su decisiva intervención durante las bodas de Caná (Jn 2, 1-12).

?  Cuando escucha que Jesús dice a Juan desde la cruz: Ahí está tu madre... (Mt 12, 46-50).

?  Cuando escucha el piropo que una mujer dijo al Hijo pensando en la madre (Lc 11, 27-28).

?  En las duras horas que vivió a los pies de la cruz (Jn 19, 25-27).

?  Y, por fin, acompañando a los discípulos en Pentecostés (Hch 1, 14).

A María, pese a estar llena de gracia y ser la madre de Jesús, y de todas las virtudes, no le resultó más fácil que a nosotros llevar a cabo la misión que el Señor le confió. Tuvo que vivir este camino como nosotros, en el claro-oscuro de la fe, entre luces y sombras. Pero eso sí, sabiendo de quién se había fiado.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

Más artículos...

Página 19 de 21

19