Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

22 de mayo de 2015

Providencialmente, hoy 24 de mayo, coincidiendo con la fiesta de Pentecostés, los ciudadanos de este país estamos convocados a las elecciones municipales y autonómicas. En Pentecostés, la Iglesia, como madre y maestra, nos invita a tomar conciencia de nuestra responsabilidad de cristianos llamados a dar a conocer a Jesucristo, a evangelizar. Y, puesto que la fe en Jesús, tiene claras consecuencias sobre la vida social, política y económica, también nos pide que seamos conscientes de que el servicio a las comunidades humanas de nuestros pueblos y ciudades es una de las formas más directas de ejercer nuestro amor al prójimo.

La humanidad, hoy igual que ayer, sigue necesitando sacerdotes, educadores, políticos, filósofos, artistas, ingenieros, médicos, contables, economistas… con vocación; es decir, hombres y mujeres, que reeducados en la escuela de la vida, se mojen y sean capaces de romper el estrecho círculo del individualismo para construir con otros el bien común, y para aprender, escuchar e interpretar los sufrimientos y las esperanzas de la gente.

El papa Francisco ha pedido a Dios que incremente el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que sane eficazmente las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo: «La política, tan denigrada ?dice?, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos [y añado yo: economistas, ingenieros, empresarios, obispos, sacerdotes, abogados, jueces, notarios…] a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!» (“La Alegría del Evangelio”, 205).

Perdonad mi osadía si en este día de Pentecostés, día del Apostolado Seglar, en el que os he convocado a pedir el don del Espíritu Santo en la Vigilia estacional que celebraremos esta tarde en el Santuario de la patrona de la diócesis, la Virgen del Pueyo, alzo mi voz agradecida a Dios por el compromiso de aquellos cristianos que son verdaderos apóstoles en el mundo:

?  Educadores y artistas que transmiten con belleza una imagen integral del hombre.

?  Ingenieros y arquitectos que ponen la técnica al servicio de las familias.

?  Contables, economistas y directores de empresas cuyo valor máximo no es el dinero sino la dignidad de las personas.

?  Políticos, diplomáticos y militares que buscan la paz y el progreso de todos.

?  Médicos, enfermeros, asistentes sociales, que ven en el rostro de los que sufren la imagen de Cristo y les proporcionan una mayor dignidad humana.

?  Abogados, jueces y notarios que interpretan correctamente la ley y defienden la justicia.

?  Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, misioneros y laicos consagrados que, ante la sed de Dios que hoy tiene la humanidad, extienden la buena noticia a todas las gentes.

Que Dios bendiga como sólo Él sabe hacerlo a todos los que actuáis así.

 

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

15 de mayo de 2015

En este tiempo de Pascua, los niños y niñas bautizados hacen su “primera comunión”. Muchos de ellos son vuestros hijos y nietos, que reciben por primera vez en su corazón a Jesucristo Eucaristía. Bien sabéis que es una fiesta entrañable, que a buen seguro permanecerá en su memoria.

A través del Sacramento de la Eucaristía, aunque no siempre logremos captarlo en toda su profundidad, se hace visible el amor que Dios tiene a la humanidad. Jesús, Hijo de Dios, “se parte” y “se reparte”, se convierte en alimento cotidiano y anhela entrar en comunión con cada uno de sus hermanos para “fundirse” con nosotros en un amor eterno.

La comunión, como expresa Henry Nowen, es el grito más profundo que brota del corazón de Dios para hacernos entender que todo ser humano ha sido creado con un corazón que sólo puede ser satis­fecho plenamente por Aquel que lo ha creado.

Resulta sin embargo paradójico, como da a entender el episodio de los discípulos de Meaux, que esta comunión profunda con Jesús se produzca siempre de forma invisible. Cuando aquellos discípulos comieron el pan que Jesús les ofreció, Él desapareció de su vista. Y, sin embargo, entonces fue cuando entraron en íntima comunión con Él. Aquel caminante desconocido, que se hizo amigo de ellos por el camino, pareció que dejaba de estar con ellos, pero entonces lo reconocieron y lo sintieron más cercano que nunca. Entonces se dieron cuenta de que estaban “habitados” por Él en lo más profundo de su ser: Jesús respiraba en ellos, hablaba por ellos, vivía realmente para ellos. Cuando comieron el pan que él les ofreció, sus vidas se transformaron. San Pablo lo dijo con estas palabras: «Ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí».

Cuando comulgamos, nuestro corazón, como en su día el vientre de la Virgen María, se convierte en un “sagrario” ambulante y toda nuestra persona en un “templo habitado por Dios”. Hacer la “primera comunión” significa, nada menos, que ofrecerse de por vida para ser “custodia” de Dios en el corazón del mundo. Cuando finaliza la Misa, uno se lleva a Cristo dentro de sí, constituyéndose en su “presencia sacramental”, esto es, en la mejor “fotografía de Dios”.

Comulgar, convertirse en Cristo, nos lleva a una nueva forma de vivir, donde las viejas distinciones entre dicha y desdicha, entre éxito y fracaso, entre bienaven­turanza y condenación, entre salud y enfermedad, entre vida y muerte…, ya no tienen sentido.

El Espíritu de Cristo resucitado nos hace vivir juntos de una manera nueva. Quienes comemos del mismo pan y bebemos de la misma copa nos convertimos en un mismo cuerpo. La comunión crea comunidad, familia. Y ésta nos urge a la misión, es decir, a abrirnos a los demás para descubrir que sólo el Dios que habita en mí me permite reconocer al Dios que vive también en los demás.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

8 de mayo de 2015

Al comenzar el mes de mayo, iluminados por los textos de la Sagrada Escritura sobre María de Nazaret, te invito a desentrañar en toda su hondura el misterio en que estuvo envuelta su vida, para que lo confrontes con la historia de salvación que Dios va obrando en tu propia vida; y llegues a descubrir cuánto parecido hay entre ambos.

Más allá de los títulos, advocaciones y devociones particulares a la Virgen María, que cada uno pueda tener, su verdadero relieve, significado y trascendencia está en haber sido la primera creyente, que acogió a Dios en su vida como nadie, y la primera discípula, que siguió a su Hijo y compartió con él su misma misión sanadora de la humanidad.

Te animo a que releas cada día uno de los siguientes textos evangélicos y trates de vislumbrar el rostro auténtico de María como mujer, como esposa, como amiga, como hermana, como madre, como creyente, como discípula... Y procures desentrañar aquellas actitudes de vida que la definen. Por ejemplo:

?  En la anunciación (Lc 1, 26-38), contempla algunas actitudes que se desprenden del texto, como son la con­fianza, la disponibilidad, la escucha, el asombro, la fascinación…

?  En la visita a su prima Isabel(Lc 1, 39-56), fíjate en su actitud de servicio, en la aceptación de la voluntad de Dios, en la solidaridad…

Y a modo de “deberes” para avanzar en tu vida espiritual, te propongo que tú mismo vayas contemplando las actitudes que tú descubres en estos otros momentos del misterio de María:

?  En el nacimiento de Jesús (Lc 2, 1-20).

?  Enlaprofecía de Siméon (Lc 2, 25-35).

?  En la huida a Egipto (Mt 2, 13-23).

?  Cuando ella y José pierden a Jesús en el templo (Lc 2, 41-52).

?  Cuando sabe que sus paisanos tienen a Jesús por loco o endemoniado y van a buscarlo (Mc 3, 20-21; Jn 10, 20).

?  En su decisiva intervención durante las bodas de Caná (Jn 2, 1-12).

?  Cuando escucha que Jesús dice a Juan desde la cruz: Ahí está tu madre... (Mt 12, 46-50).

?  Cuando escucha el piropo que una mujer dijo al Hijo pensando en la madre (Lc 11, 27-28).

?  En las duras horas que vivió a los pies de la cruz (Jn 19, 25-27).

?  Y, por fin, acompañando a los discípulos en Pentecostés (Hch 1, 14).

A María, pese a estar llena de gracia y ser la madre de Jesús, y de todas las virtudes, no le resultó más fácil que a nosotros llevar a cabo la misión que el Señor le confió. Tuvo que vivir este camino como nosotros, en el claro-oscuro de la fe, entre luces y sombras. Pero eso sí, sabiendo de quién se había fiado.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

30 de abril de 2015

Cuando llegué a Roma tomé el autobús urbano y nada más entrar vi mi cara en un cartel publicitario. Como podéis suponer, me quedé de una pieza hasta que me di cuenta de que se trataba de un espejo colocado frente a la puerta de acceso. Debajo del espejo había un cartel que decía: “Gracias por permitirnos utilizar su rostro para nuestra publicidad”. Me pareció ingenioso y, sin pretenderlo, habían dado en el clavo: cada uno llevamos impreso en el rostro algo de nuestra identidad; por eso se dice que la cara es el espejo del alma. En ella se descubre la impronta del Creador y de lo que da sentido, gozo y dolor a la vida.

¡Qué bien hace Dios las cosas…! A través de la naturaleza, de los acontecimientos cotidianos, y sobre todo de las personas nos deja vislumbrar su propio rostro y nos invita a descubrir nuestra dignidad de «hijos muy amados», llamados a participar de su misma gloria.

Son muchas las pistas que Dios ha dejado para que podamos descubrir su rostro, sobre todo mirando a Jesús, su Hijo: «Felipe, el que me ha visto a mí ha visto al Padre». Me cuesta creer y me duele que algunos sigan empecinados en mantener su “miopía”. Sólo se puede amar lo que se conoce. Pero sólo se conoce lo que se descubre y resulta significativo para tu propia vida.

El desencanto que muchos jóvenes están experimentando lleva a algunos a acusar a sus padres de haberles estafado. Y podrían tener razón si les hubieran privado de una de las dimensiones más necesarias del ser humano, como es la trascendencia. Por eso deseo que todos los niños, adolescentes y jóvenes de nuestra Diócesis descubran el rostro de Dios y que cuantos fueron bautizados, además de la catequesis, elijan la clase de religión como un medio muy útil para alcanzar ese descubrimiento. ¡Ojalá esos conocimientos les lleven a un encuentro libre y gozoso con Él!

El papa Benedicto XVI insistió ante los jóvenes que Jesucristo no te quita nada, sino que te lo da todo. La fe no elimina las dificultades y contrariedades de la vida, pero te ofrece unos ojos nuevos para ver tu vida, la historia, el mundo y el corazón de las personas; te presta los ojos con los que Dios mira.

Todos necesitamos una educación integral, todos necesitamos “amueblar la cabeza” y “enardecer el corazón”. Necesitamos redescubrir en lo bello, lo bueno y lo verdadero la matriz de los valores que humanizan; necesitamos ver más allá de lo inmediato, comprender el mundo con profundidad y altura de miras, responder a las preguntas cruciales que se hace todo ser humano.

Necesitamos saber desenmascarar los intereses bastardos, apartarnos de las luchas de poder y ofrecer nuestro humilde servicio para lograr que nuestra sociedad sea más humana. Esta tarea comporta una vocación martirial, porque no podemos contemporizar ni contentar a todos, y en muchos casos nos sitúa en una postura contracultural. No me extraña que Henry Adams afirmase que la educación afecta a la eternidad, porque nunca sabes ni dónde ni cuándo va a ejercer su influencia.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

24 de abril de 2015

Este domingo la Iglesia nos invita a rezar por las Vocaciones. Es la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada por las Vocaciones Nativas. Ha sido un acierto haber hecho converger ambas intenciones en una misma jornada.

A través de esta campaña de oración por todas las vocaciones y de solidaridad con las iglesias en tierra de misión, tomamos conciencia de que la vocación no es privilegio de algunos, sino el modo de ser de todo cristiano, que canaliza su anhelo de felicidad, de plenitud, de sentido y de trascendencia mediante su específica vocación. La respuesta a la vocación nos permite hacer de nuestra propia vida una ofrenda, un regalo para el otro, sobre todo para los más desfavorecidos.

En cierta ocasión, un estudiante preguntó a su profesor: “¿Cuál es la diferencia entre el inteligente y el sabio?” “Muy fácil”, respondió el maestro. “El inteligente enciende una antorcha en la oscuridad e ilumina el camino. El sabio enciende su corazón y se convierte en antorcha”.

Perdonad mi osadía si ahora pregunto a los jóvenes del Sobrarbe, del Somontano, de la Ribagorza, del Bajo Cinca, de la Litera, y del Cinca Medio: ¿Qué queréis ser: inteligentes o sabios? Queridos jóvenes amigos míos, paraos a pensar un momento en las siguientes convicciones que quiero compartir con vosotros:

?  ¡Qué gozo da descubrir que el Señor te ama como eres, te busca donde estés, te llama por tu nombre, cuenta con tu amistad y con tu insustiuible colaboración!

?  ¡Qué bueno que pueda caminar contigo!

?  ¡Qué suerte ser luz con tu propia vida!

?  ¡Qué desafío llegar a ser fermento de esa nueva humanidad que Él ofrece!

?  ¡Qué fuerte ser buena noticia para tus propios amigos, colegas, compañeros o vecinos!

?  ¡Qué hermoso saberse comunidad de llamados y enviados!

?  ¡No te conformes con menos!

?  ¡Ofrécete y brillarás con luz propia!

?  ¡Enriquécenos con las potencialidades que el Señor ha puesto en tu corazón!

?  ¡Descubre desde dónde querrá el Señor que le ames, que le sigas, o que le sirvas!

?  ¡No tengas miedo! ¡Regálate! No tienes nada que perder.

Que cuantos os rodeen, viendo vuestras buenas obras, se sientan conmovidos. No sólo por lo buenos, lo inteligentes, lo audaces, lo sabios que sois, sino porque nos remitís a Dios, porque hacéis visible su rostro: «Que quien te vea, le vea, que quien te oiga, le oiga, que quien te sienta, le sienta».

Haced vuestra esta hermosa oración del cardenal John Henry Newman: «Quédate conmigo, Señor, y comenzaré a iluminar, como tú iluminas; comenzaré a dar luz de tal forma que pueda ser luz para los otros. Señor Jesucristo, la luz será toda tuya; nada de ella será mía. Ningún mérito es mío; tú te mostrarás a través de mí a los otros. Haz que yo te glorifique, como te agrada a ti, dando luz a todos los que están a mi alrededor. Dales luz, así como también a mí, ilumínalos conmigo y a través de mí... Haz que predique, sin predicar, no mediante palabras, sino por medio de mi vida, mediante la fuerza oculta y el influjo acogedor de mi quehacer…»

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón 

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