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Opinión Ahora y siempre Adviento, tiempo para el silencio

28 de noviembre de 2014

Con el Adviento volvemos a prepararnos para acoger al Señor Jesús en el día de su natividad. Son cuatro semanas para recorrer caminos, derribar muros y tender puentes. Y para hacerlo con la emoción contenida y la esperanza ilusionada de una madre que dispone las cosas para el próximo nacimiento de su hijo. El Adviento es tiempo que se nos da para prepararnos a escuchar y acoger, para apresurarnos a convertir nuestro corazón en un pesebre en el que recostar al niño Dios en la noche de Navidad.

Nos preparamos haciendo silencio para poder escuchar. Dejemos que Otro nos hable y nos revele su proyecto de amor sobre nosotros. La fe no puede crecer si no hay suficiente silencio como para que podamos escuchar al que es Palabra viviente del Padre. La fe, antes que acogida por nuestra parte, es don que se nos regala. Para esto es necesario el silencio: para saber acoger al que viene hecho niño frágil y pobre.

Necesitamos educarnos para el silencio. Os confieso que me duele cada vez que entro en un templo y oigo que los fieles, en lugar de hablar con el Señor, cuchichean entre ellos, seguramente de las mismas cosas que venían comentando por la calle. Jesús quiere hablarnos, pero no podemos oírlo porque estamos ocupados hablando unos con otros. ¿Cómo vamos a vivir con intensidad la celebración si no nos hemos preparado para acoger el gran misterio que se nos revela en cada sacramento?

El papa san Juan Pablo II nos invitó a redescubrir el valor del silencio: «Un aspecto que es preciso cultivar con más esmero en nuestras comunidades es la experiencia del silencio. Resulta necesario para lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los corazones y para unir más estrechamente la oración personal con la palabra de Dios y la voz pública de la Iglesia. En una sociedad que vive de manera cada vez más frenética, a menudo aturdida por ruidos y dispersa en lo efímero, es vital redescubrir el valor del silencio. Debemos tener ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús, “el cual salió de casa y se fue a un lugar desierto, y allí oraba”».

La liturgia de la Iglesia nos brinda momentos de silencio dentro de las celebraciones: momentos para meditar la Palabra de Dios y para responder desde el corazón. Necesitamos el silencio de la mente, de los sentidos y del ambiente que nos rodea. Fue en el silencio de la noche cuando el joven Samuel escuchó la voz de Dios y pudo responderle: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Deberíamos valorar y aprovechar estos tiempos de silencio para encontrarnos cara a cara con Dios.

Por ejemplo, en la Eucaristía tenemos tres preciosos momentos de silencio: antes de la petición del perdón, después de la homilía y después de la comunión. Cada uno de ellos tiene una finalidad: reconocer que somos pecadores y pedir perdón, acoger la semilla de la Palabra que ha sido sembrada para que no se pierda, y encontrarnos con Jesucristo en la intimidad del corazón. Si no dejamos que broten estos sentimientos, la celebración resultará rutinaria y de algún modo ineficaz.

El Adviento es una excelente oportunidad para saborear, en el silencio, nuestro encuentro con Dios. María contempló en el silencio de su corazón la novedad de un hijo que, a la vez, era Hijo de Dios. Que ella nos enseñe a cultivar este silencio.

Con mi afecto y bendición.

+ Alfonso Milián Sorribas

Obispo de Barbastro-Monzón

 

 

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