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Opinión Editorial

7 de diciembre de 2017

Este aniversario de la Constitución no es como todos. A pesar de que se ha abierto la puerta del Congreso, la de las grandes ceremonias, como cada año y se abrirá la del Senado; a pesar de que los ciudadanos han hecho largas colas tiritando de frío para celebrar el evento admirando la sede de la Soberanía Nacional. Los episodios de estos últimos meses en Cataluña han propiciado un desapego extraño hacia la Norma Suprema como nunca se había conocido. De ser elogiada, alabada, venerada por todos a ser considerada una rémora, un obstáculo insalvable, la culpable de todos los males de la Patria. Es nuestro sino, la verdadera «marca hispánica»: amamos y odiamos con la misma intensidad. La razón, la reflexión las dejamos de lado con facilidad. La escasa cultura política aflora con fuerza y los sentimientos mandan.

La aplicación del artículo 155 de la Constitución, de la que todos hablan y pocos conocen en profundidad, ha supuesto ver en nuestra Ley de leyes a un enemigo; la exigencia de ser acatada y cumplida por los poderes públicos –que por ella lo son– es vista como algo extraño, mientras campa a sus anchas el absurdo de confrontar la idea de Democracia a la Constitución, una maniobra populista peligrosísima que, no obstante, es asumida por algunos ciudadanos con una euforia preocupante: otra vez la falta de cultura política hace posible esa burda manipulación desde algunos dirigentes, que exhiben una idea distorsionada de lo que significa la política.

Es posible que haya llegado el momento de andar la difícil senda de la reforma porque es cierto que cuando una norma es vista, al menos en parte, como un problema ha llegado el tiempo de adaptarla a las nuevas circunstancias para que sirva a todo el pueblo al que va destinada. Pero este es un camino que debe ser recorrido de manera ordenada, paso a paso, en fila, de la mano, contando con técnicos constitucionalistas de reconocido prestigio que impongan el rigor intelectual, no sólo con políticos con la cabeza girada a un lado u otro y guiados, las más de las veces, por el rédito electoral a corto plazo.

El procedimiento de reforma que la propia Constitución establece no es un camino de rosas, pero no sirven atajos. Tampoco componendas como la que alumbró el nuevo artículo 135 con tal premura y oscuridad que no contentó ni fue entendido por nadie. Desde la Constitución, con un plan previo, pensado, consensuado y con una voluntad real de servicio a los intereses de todos los ciudadanos es como se podrá llegar a adaptar, si así se decide, para que sea, como tiene que ser, de todos y para todos. Todavía, ¡feliz día de la Constitución!

 

1 de diciembre de 2017

Más de uno de cada cuatro españoles de entre 15 y 29 años cree que la violencia machista es normal en la pareja. Hay que leer ese dato una y otra vez para asimilar que casi el treinta de los españoles en esa franja de edad considera natural que un hombre insulte, empuje o golpee a una mujer. Normal. Que la agreda. Porque sí, porque es normal. El dato lo recoge el Barómetro 2017 de ProyectoScopio elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, una encuesta online a 1.200 jóvenes de los que más del veinte por ciento, uno de cada cinco, considera que el tema de la violencia de género es un tema que «está politizado, se exagera mucho».

Al llamar la atención, al menos una vez al año, sobre la violencia ejercida contra las mujeres, la frustración ante unas cifras que no mejoran –en Aragón han aumentado los delitos de violencia sexual y de género– se acentúa al constatar que parecemos ir hacia atrás. Las nuevas generaciones, esos chicos y chicas supuestamente alimentados en la igualdad y el respeto, perpetúan las conductas que explicarían el imparable aumento de los casos de violencia de género entre adolescentes que, sólo en la comunidad de Madrid, han aumentado el 50 % este último año. Los expertos alertan: los más jóvenes naturalizan la violencia de género y, lo que es peor, sólo la reconocen si ésta es física. El control sobre las actividades, las compañías, la presencia en redes sociales o el teléfono móvil se consideran –y volvemos a ello– normal en el contexto de una relación supuestamente amorosa.

La violencia no se inicia con una bofetada sino con actitudes mucho más sutiles, cimentadas en los estereotipos sexistas de una sociedad que cosifica a la mujer, la sexualiza a edades cada vez más tempranas, y la convierte en objeto. Para luchar contra esa aberración no basta con fijar un día en el calendario; es necesario abrir bien los ojos y los oídos para corregir, censurar y, si es el caso, denunciar, las actitudes y conductas que acaban desembocando en las más de 900 mujeres asesinadas en España en los últimos 14 años por esta causa. Miles siguen vivas y apaleadas, fuera de la estadísticas; algunas con lesiones discapacitantes; otras, atemorizadas. Y?esto, se mire por donde se mire, no tiene nada de normal.

 

 

24 de noviembre de 2017

El pasado lunes celebrábamos el «Día de los derechos del niño» y mucho nos tememos que, de acuerdo con el adagio clásico «asueta vilescunt», que, en este caso, bien podría traducirse como «lo que se repite termina por perder interés», la reiteración de tantos «días» reste importancia a aquello sobre lo que se quiere llamar la atención. Pero no es éste el debate que hoy deseamos suscitar.

Lo que de verdad nos preocupa es saber si ese «día» ha servido, en nuestro contexto, para impulsar los verdaderos derechos del niño. Gracias a la trayectoria educativa y social en la que nos encontramos, no es necesario reivindicar entre nosotros algunos derechos de los niños, fundamentales y elementales, que siempre y en todas partes deberían ser salvaguardados. Pensamos en el respeto al menor y a su tutela, en la eliminación de su explotación en todos los ámbitos de la vida, y en otros aspectos similares, que están bien contemplados en nuestra legislación y nuestro imaginario democrático.

Pero, además de reclamar una consideración similar para los niños y niñas de otras latitudes de nuestro planeta, deberíamos hacer una reflexión sobre cómo ejercemos ese derecho primigenio que los niños tienen a ser educados y, en la justa medida, preservados de las agresiones culturales del ambiente, que en tantas ocasiones actúan como educadores no deseables, aunque sumamente atractivos. Las estadísticas sobre el consumo de alcohol y otras drogas por parte de los menores, la circulación de pornografía infantil, y la permisividad frecuente con la que se actúa sobre los niños y adolescentes, más que impulsar sus derechos abocan a dejarlos a la intemperie en una edad en la que es indispensable que descubran los límites que nunca deberían saltarse, so pena de provocar destrozos a veces irreversibles.

Y tampoco es de recibo utilizarles como receptores de propaganda partidaria. El envío por parte del Gobierno de Aragón de una carta dirigida a los alumnos, no a sus padres ni tutores legales, en la que expone cuánto está invirtiendo para garantizar la equidad e igualdad de oportunidades en la enseñanza, les hurta una información necesaria para poder valorar esa equidad, a saber: cuánto invierte en los colegios públicos, ya que en la carta sólo habla de lo que invierte en los concertados, laguna que tiene toda la apariencia de un adoctrinamiento ideológico subliminar.

 

17 de noviembre de 2017

Parece mentira, o no, pero en el año 2009, los vecinos de la Plaza de la Primicia de Barbastro denunciaron públicamente, a través de estas páginas, su hartazgo con situaciones incívicas, rayanas en ocasiones con el delito, que se habían adueñado de un espacio concebido dentro de un proyecto que buscaba regenerar el centro histórico de la ciudad. Dedicábamos entonces nuestro Editorial, como hoy, a señalar la inoperancia de las inversiones públicas que no van acompañadas del debido mantenimiento, la preocupante dejadez que reinaba en algunas zonas que los ciudadanos evitaban, y la necesidad de garantizar derechos básicos como la limpieza o la seguridad.

Ocho años han pasado y vuelve este entorno a ser noticia por causas similares a las de entonces pero agravadas, un compendio de situaciones anormales, de cuyo debate público huyen nuestros representantes políticos, refugiados bajo el paraguas de un Foro Económico y Social del Somontano que, cuando menos, podría tildarse de lento en reflejos y parco en palabras. Quizá piensan, unos y otros, que no nombrar los problemas logrará que estos desaparezcan mágicamente, olvidando que el silencio de los que pueden hablar y no lo hacen es cómplice de las injusticias.

Uno de los fundamentos de la convivencia es el cumplimiento de las reglas que entre todos convenimos, pero que no en pocas ocasiones nos saltamos. Para eso, de forma consensuada, hemos acordado también dotarnos de una serie de herramientas para ayudar y vigilar la correcta aplicación de esas normas, sancionar si es el caso su incumplimiento y corregir los desajustes que puedan producirse en el proceso. Cuando eso no sucede, el pegamento que nos une sufre un doloroso menoscabo, ensanchando las grietas sociales y aumentando la vulnerabilidad de los colectivos afectados.

Lo que denuncian los vecinos es real. Algunos sienten temor y otros están cansados de quejarse porque sienten que nadie les escucha, mientras la mancha de aceite se extiende. Si el Ayuntamiento de Barbastro tiene un plan para atajar, con el horizonte temporal que sea necesario, lo que está sucediendo, haría bien en hacerlo público. Tiene una buena ocasión este martes, en el Consejo Ciudadano que tras mucho rogar han convocado, y cuyo orden del día anuncia que se hablará de los proyectos para desarrollar en Barbastro durante los próximos meses. Éste, el de recuperar la convivencia, el aspecto y el optimismo de una zona degradada, habría de resultar prioritario. La foto de la primera piedra no será muy lucida pero la obra valdrá la pena.

 

10 de noviembre de 2017

Podría ser que tantas Jornadas, «Días», no causen ya asombro y las dejemos pasar como se deja pasar lo que no importa. Y todas, aunque siempre haya un más y un menos, son importantes. Y todas suelen tener su lema, su mensaje. La que hoy comentamos también lo tiene: «Somos una gran familia contigo». ¿Qué quiere decir, en definitiva, el mensaje? Quiere decir, claramente, que en una familia todos son importantes y nadie sobra. Y en este caso, y como complemento del citado mensaje se añade: «Día de la Iglesia diocesana». Y nos parece que el símbolo de la familia es apropiado de verdad para indicar la verdadera esencia de una comunidad cristiana, sea diocesana, parroquial o de grupo apostólico: es una familia en las que todos, cada uno desde su función, colaboran para que todo vaya bien. En una familia lo más importante son los lazos que se tienen y mantienen y la pertenencia común a mismo núcleo vital.  Sus cimientos son la ayuda mutua, el afecto y la compañía.

Este es el objetivo del «Día de la Iglesia diocesana»: sentir que la diócesis a la que uno pertenece, como miembro bautizado en la Iglesia, es como una familia que renueva sus lazos de fe y de amor de manera especial cada domingo y que, en el día a día, sus miembros se acompañan para poder vivir bien los desafíos de la vida iluminándolos con la luz del Evangelio. Porque forman una familia, también ponen en su interés común las necesidades de los más pobres, las obras que se necesitan para reparar los templos, la comunicación sobre los recursos materiales y sobre el dinero que se tiene o se necesita.

Esa corresponsabilidad en el quehacer pastoral de la diócesis, que se va concretando en el obrar de las parroquias, lleva a sus miembros a poner en común tiempo, trabajo, colaboración con dinero y bienes materiales, ofrecimiento de cualidades personales o de grupo, etc. Una parte importante de los bienes que se ponen en común está dedicada a compartir con quien lo necesita, aunque no sea o no se sienta parte ni de la diócesis ni de las comunidades parroquiales que la forman. De lo que se trata es de tener caridad y ofrecer a todos el amor de Dios que es universal.

Deseamos que esta Jornada reavive los sentimientos de unidad y de corresponsabilidad con la Iglesia diocesana compartiendo sus alegrías y sus dificultades, sus necesidades y su misión evangelizadora en este tiempo.

 

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