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Opinión Editorial

20 de octubre de 2017

Si hace falta ser audaces, sin olvidar la debida prudencia, para lleva adelante obras importantes, se necesita por fuerza para salir de uno mismo, pensar en los demás y, resistiendo hoy al viento contrario de la incredulidad, lanzarse a ser misionero y soñar con llegar a donde sea necesario para anunciar la buena noticia del Evangelio de Jesucristo. Es esta la hora del valor para tomar parte en la actividad misionera de la Iglesia. Algo de esto debe querer decir el cartel y el lema que anuncian el Domund de este año: «Sé valiente. La misión te espera».

Queremos subrayar, en torno a esta Jornada misionera, que la misión de la Iglesia no tiene límites ni fronteras y que el compromiso bautismal hace a todos los bautizados misioneros en su ambiente, testigos de la fe y cooperadores de la justicia y de la paz. Comprometer la vida con el Dios cristiano es comprometerla a fondo con el bien de los demás, de todos, y especialmente de los más necesitados. Y de entre los bautizados, algunos son llamados especialmente para ir a las fronteras de la evangelización: son los misioneros y misioneras que ofrecen su tiempo y su vida entera para que todos puedan recibir la luz que puede iluminar cualquier oscuridad. Los misioneros quieren trasmitir valores que van más allá de lo puramente pragmático y que están por encima de la ciencia y de la técnica, por importante que esto sea, y nos conforta decir hoy que ellos son servidores cualificados de la sociedad. Los misioneros son espejo de generosidad en el que pueden mirarse todos los egoísmos de este mundo para comprender que hay un modo de vivir distinto del que suele hablarse en las tertulias habituales.

La Jornada misionera del Domund lleva en su esencia interrogantes profundos que pueden surgirnos a todos cuando contemplamos, por una parte, las necesidades materiales, humanas y espirituales del mundo y, por otra, la generosidad y fidelidad de los misioneros que dejando su propia geografía se han identificado con la historia de otros pueblos a los que entregan su vida. Hoy es tiempo de misión y es tiempo de valor. Insistimos en decir que no debe pasar desaperciba esta Jornada misionera y, que desde la propia responsabilidad y cordura, cada uno debemos colaborar con ella, o desde la colaboración económica, o desde la oración, o desde el testimonio, o desde su difusión. Todo se necesita. 

 

13 de octubre de 2017

Hace más de cien años que el proyecto del ferrocarril de Barbastro a Luchón, por Benasque fue desechado por la administración, en favor de la construcción del ferrocarril de Canfranc.

Lo que no resultaba previsible es que, a lo largo de todo el siglo XX, el Valle de Benasque no consiguiera actualizar ningún tipo de comunicación con sus vecinos de Francia. Hace unos días, los mulos y los porteadores nos volvieron a recordar, haciendo a pie el camino del  Portillón, que es la única posibilidad actual de comunicarse  a través de la frontera.

En Benasque nunca existieron «caminos perfeccionados» para carruajes, como los que se hicieron en todos los valles de los Alpes a partir de comienzos del XVIII, ni por supuesto ningún túnel que aliviara el cruce de los últimos metros del Puerto. Instalaciones que en todas las montañas europeas tuvieron su uso y que ya han sido sustituidas por modernos accesos y túneles de gran longitud.

La reivindicación de un túnel de carácter regional que comunique España y Francia a través de Benasque es tan antigua como intermitente. Tiene algo de «ave fénix» renaciendo siempre de sus propias cenizas.

Una asociación española, la Pro Túnel Benasque Luchón y otra francesa, la Association Eurotunnel Luchon Benasque, unen actualmente sus esfuerzos reivindicativos. Recientemente la Fundación Transpirenaica, dependiente del Gobierno de Aragón ha incluido este paso entre los proyectos transnacionales. Como llevamos cien años de retraso, siempre se nos pide que se actualicen los proyectos y los informes geotécnicos, financieros, medioambientales, etc. aunque alguno de ellos, financiados por la DGA, son recientes y hablan de hasta tres opciones de túnel, dependiendo del lugar de embocadura de las futuras galerías, en distintos puntos del Valle.

En momentos así, no estaría de más creer en la vertebración de Aragón, y de la necesidad de invertir en todo el territorio, incluidas las comarcas más lejanas de los centros administrativos. Hoy, nuestras mejores comunicaciones están volcadas hacia Aquitania y la costa atlántica francesa.

Como alternativa, el Túnel de Benasque, como ha sucedido en Bielsa, sería una puerta de entrada a las comarcas francesas vecinas, pero también el paso más corto hacia Occitania y Toulouse, y por extensión hacia el propio corazón de Europa. 

 

29 de septiembre de 2017

Qohélet fue un autor bíblico, librepensador, mordaz y pragmático, que reflexionando sobre la vida humana llegó a la conclusión de que «nada hay nuevo bajo el sol: lo que pasó volverá a pasar». A la vista del penoso devaneo que los políticos catalanistas se llevan estos días entre manos, no podemos olvidar las prisas y las presiones de algunos republicanos federalistas intransigentes para proclamar el «Cantón de Cartagena» o «Cantón murciano» sin esperar a que se produjese el cambio constitucional que las Cortes ya tenían en su agenda. Esto sucedía durante el bienio de la I República y la aventura cantonalista, que acabó como el «rosario de la aurora», estuvo vigente seis meses.

Aquellos republicanos federalistas utilizaron profusamente el grito ¡Viva Cartagena! en sus mítines y manifiestos como santo y seña de sus pretensiones independentistas. Pero la expresión adquirió más tarde la categoría de «frase hecha», utilizada para subrayar la inconsistencia de determinadas situaciones. El hecho que dio pie a tal transformación semiótica está a medio camino entre lo cómico y lo ridículo. Medio siglo después de las algaradas cantonalistas en la provincia de Murcia, un mediocre tenor cantaba en el Teatro Circo de Cartagena una romanza de Marina, cuando al dar un do de pecho se le escapó un «gallo». El cantante, que aunque flojo no era tonto, reaccionó con agudeza y, antes de que el público le pitase el desliz, se adelantó hacia el proscenio y gritó: ¡Viva Cartagena!, a lo que el respetable respondió con un aplauso cerrado coreando vivas.

Para mucha gente seria, informada y consciente, tanto de este país como del resto de Europa, los políticos independentistas catalanes han entrado en un callejón sin salida y están arrastrando a sus seguidores a una situación imposible tanto nacional como internacionalmente; han querido dar un do de pecho y les ha salido un «gallo». Pero, como el tenor de marras, no cesan de gritar con todas sus fuerzas: ¡Visca Catalunya lliure! Y los incondicionales, movidos más por el sentimiento que por la racionabilidad, olvidan que democracia es justamente sometimiento de todos a la ley: olvidan el estentóreo «gallo» y aplauden a rabiar unas proclamas que sólo conducen al totalitarismo. Una vez más está quedando patente que entre lo sublime y lo ridículo solo hay un paso. Nada nuevo bajo el sol, como ya dijo Qóhelet.

 

22 de septiembre de 2017

Diríase que una de las consecuencias de esta sociedad globalizada, saturada de información, que corre sin resuello para aliarse con las nuevas tecnologías es la misma que les ocurre a las caballerías cegadas lateralmente por las anteojeras:?solo vemos de frente. Y en ese ver, que solo es mirar, vivimos ignorantes de un universo que gira al tiempo que lo hace nuestro pequeño mundito, tan enamorado de sí mismo y de sus problemas que, vistos con perspectiva, acaban pareciendo pataletas de niños mimados, demasiado ociosos, demasiado hartos.

Llora México sus muertos cuando aún no había dejado de llorar, lloran en India, Bangladesh y Nepal por las lluvias monzónicas, lloran en Texas, Italia o Sierra Leona, donde nunca acaban de reconstruir lo que vuelve a arrasar la naturaleza o la guerra. Los rohinyás birmanos son el objetivo de una limpieza étnica que no da tregua; los refugiados siguen vagando y muriendo, perdida la patria, en busca de un hogar; el terrorismo golpea como siempre lo hace, llenando las redes sociales de lazos negros y declaraciones grandilocuentes, tan virtuales como efímeras.

Y?sí, es cierto, seguramente sentimos el dolor. Como espectadores que se encuentran a salvo observamos las imágenes y quizá pensamos, por un instante, lo difícil que es la vida en algunos lugares, para algunas personas. Intentamos imaginarlo, pensar en los menores, en las mujeres, en los más vulnerables que siempre son los mismos en cualquier lugar. Asistimos al drama y nos conmueve. Pero olvidamos que ese mundo también es el nuestro, que de hecho solo hay uno, y que esa y no otra es la verdadera globalidad.

En tiempos de reduccionismos cicateros, de cada uno de nosotros depende ensanchar el mundo o reducirlo, mirar a nuestro ombligo o, como sugiere una de nuestras secciones, levantar la vista y contemplar, hasta con sorpresa, toda la extensión que se abre ante nuestros ojos, libres de parapetos que nos quiten visión y miedos. Todas las miserias y todas las grandezas. Y decidir entonces actuar, hacer algo, mejorar la casa común e integrarla en un so- lo mundo, que sea nuestro.

 

15 de septiembre de 2017

De un tiempo a esta parte Barbastro se ha convertido en una ciudad sucia. No una ciudad en la que, en momentos puntuales como puedan ser las recientes fiestas mayores, se acumulen las basuras, sino en un lugar en el que los desperdicios forman parte del paisaje en determinadas zonas, los excrementos de las palomas se incrustan en el pavimento y los contenedores se desbordan y utilizan para colgar carteles. Son apenas tres ejemplos de una situación, real, ante la que señalar al Ayuntamiento como responsable resultaría lo más sencillo y, al tiempo, simplista porque la gravedad del asunto, a nuestro juicio, ha de mover a una reflexión más profunda y, con ella, a una actuación meditada, contundente y sostenida en el tiempo.

En los años 60-70 del siglo pasado se puso en marcha una campaña que, con el lema Mantenga limpia España, instaba a los ciudadanos a observar un comportamiento cívico y respetuoso con el entorno, con consejos tan obvios como no tirar al suelo colillas, mondas de fruta, papeles o vasos vacíos. La ciudad, afirmaba el locutor sobre el blanco y negro de la cinta, es el reflejo de sus habitantes y en pleno desarrollismo, estaba claro, la bicoca del turismo no debía ahuyentarse con pintadas en las paredes ni pequeños vertederos urbanos, más propios de pueblos atrasados y cerriles que de la Europa que entonces queríamos ser y ahora somos.

Cincuenta años después la lección no ha cambiado y si, como entonces ya sabían, la ciudad es el reflejo de sus habitantes, los barbastrenses estamos obligados a mirarnos en el espejo de nuestras calles y realizar un esfuerzo colectivo para empezar a actuar, cada uno en el ámbito que le compete. Unos, no ensuciando; otros, limpiando; y, llegados al caso, sancionando de forma clara, firme y reiterada a quienes incumplan estas normas básicas de convivencia, recogidas en ordenamientos aprobados por nuestros representantes. Los vecinos de algunas calles, por ejemplo, deberían dejar de arrojar basuras por la ventana y, de hacerlo, habrían de recibir la sanción correspondiente de la administración municipal. Aquellos que pegan carteles donde les viene en gana tendrían que ser debidamente apercibidos y las paredes recobrar su aspecto original. Y así un día y otro, hasta que lo normal sea todo lo contrario.

No acaba aquí, no obstante, la lista de deberes en esta vuelta a las aulas, dado que las responsabilidades no se reparten por igual y ha de ser el Ayuntamiento el que, en primer lugar, dé ejemplo y, en segundo, se ponga manos a la obra para analizar y remediar lo que es un clamor: esta ciudad está sucia, del centro a las afueras y vuelta a empezar. Sea por lo que manchan los vecinos o por lo que no limpian quienes han de hacerlo, sea por la suma de acciones y dejaciones, lo cierto es que hay que abordar este tema capital, poner de forma urgente medidas de choque y empezar a lucir esta ciudad, la que somos, antes de que resulte casi imposible sacarle brillo.

 

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