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Opinión Editorial Del ¡Viva Cartagena! al «Visca Catalunya lliure»

29 de septiembre de 2017

Qohélet fue un autor bíblico, librepensador, mordaz y pragmático, que reflexionando sobre la vida humana llegó a la conclusión de que «nada hay nuevo bajo el sol: lo que pasó volverá a pasar». A la vista del penoso devaneo que los políticos catalanistas se llevan estos días entre manos, no podemos olvidar las prisas y las presiones de algunos republicanos federalistas intransigentes para proclamar el «Cantón de Cartagena» o «Cantón murciano» sin esperar a que se produjese el cambio constitucional que las Cortes ya tenían en su agenda. Esto sucedía durante el bienio de la I República y la aventura cantonalista, que acabó como el «rosario de la aurora», estuvo vigente seis meses.

Aquellos republicanos federalistas utilizaron profusamente el grito ¡Viva Cartagena! en sus mítines y manifiestos como santo y seña de sus pretensiones independentistas. Pero la expresión adquirió más tarde la categoría de «frase hecha», utilizada para subrayar la inconsistencia de determinadas situaciones. El hecho que dio pie a tal transformación semiótica está a medio camino entre lo cómico y lo ridículo. Medio siglo después de las algaradas cantonalistas en la provincia de Murcia, un mediocre tenor cantaba en el Teatro Circo de Cartagena una romanza de Marina, cuando al dar un do de pecho se le escapó un «gallo». El cantante, que aunque flojo no era tonto, reaccionó con agudeza y, antes de que el público le pitase el desliz, se adelantó hacia el proscenio y gritó: ¡Viva Cartagena!, a lo que el respetable respondió con un aplauso cerrado coreando vivas.

Para mucha gente seria, informada y consciente, tanto de este país como del resto de Europa, los políticos independentistas catalanes han entrado en un callejón sin salida y están arrastrando a sus seguidores a una situación imposible tanto nacional como internacionalmente; han querido dar un do de pecho y les ha salido un «gallo». Pero, como el tenor de marras, no cesan de gritar con todas sus fuerzas: ¡Visca Catalunya lliure! Y los incondicionales, movidos más por el sentimiento que por la racionabilidad, olvidan que democracia es justamente sometimiento de todos a la ley: olvidan el estentóreo «gallo» y aplauden a rabiar unas proclamas que sólo conducen al totalitarismo. Una vez más está quedando patente que entre lo sublime y lo ridículo solo hay un paso. Nada nuevo bajo el sol, como ya dijo Qóhelet.

 

 

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