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Opinión Editorial Paliar para vivir

27 de octubre de 2017

Una de las principales certezas que nos acompaña toda la vida es que ésta acabará. La muerte llega a todos, sin distinción, y solo el modo en que nos despedimos difiere: con dolor o sin él, conscientes o no, solos o acompañados. El envejecimiento de la población, que vive más y con más patologías, estimula la reflexión médica desde múltiples prismas sobre cómo intervenir en ese hecho natural que es la muerte. Dice, y dice bien, el responsable de la Comisión de Paliativos del Sector Salud que su labor no es ayudar a bien morir, sino a vivir bien y con la mayor comodidad y dignidad ese último tramo del camino cuando la enfermedad, o la edad, no se pueden curar, pero sus manifestaciones sí pueden ser aliviadas. «Los cuidados paliativos expresan la actitud humana de cuidar unos de otros, especialmente de los que sufren, y atestiguan que la persona es siempre preciosa, también cuando es anciana o está enferma», manifestó el papa Francisco hace dos años, denunciando que el abandono, precisamente, puede ser la primera enfermedad de los ancianos.

Por eso, el acompañamiento riguroso, certero y cercano, que ni acelere ni prolongue la vida, ha de ser, como lo fue la semana pasada, materia de estudio y debate. No es poca cosa. A esta sociedad nuestra, tan colmada de retoques éticos y estéticos, no le gusta mirar de frente a la muerte, a todas las realidades que la rodean. La médica es una y bueno parece que tan cerca de nosotros, aquellos que quizá nos hayan de cuidar,  no dejen de prepararse a paliar el dolor que en tantas ocasiones acompaña a la vida.

 

 

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