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Opinión Editorial

21 de abril de 2017

Estas letras verán la luz en la víspera de la muerte del que recibió el sobrenombre de «Príncipe de los Ingenios», un escritor que brilló con luz propia en el siglo de oro, un tiempo en el que no era fácil destacar en el campo de las letras y de las artes, por la cantidad y calidad de los competidores. Acertado fue, por ello, vincular la fiesta o el día del libro con esta fecha. Y obligado nos parece romper una lanza a favor de los libros en estos tiempos apresurados de internet y cultura digital.

No pretendemos entrar en la diatriba entre el libro digital y el de toda la vida, hecho de papiros, pergaminos o papel reciclado, cuyas hojas podemos acariciar, mover de atrás adelante y hasta adornar con las notas personales que su lectura nos ha sugerido. Nuestro propósito es reivindicar, en estos tiempos dominados por la imagen, el valor de la lectura pausada, serena y comprensiva de ese tesoro que son los textos escritos, imprimidos, encuadernados y guardados con mimo en las estanterías.

El último informe Pisa ha puesto de manifiesto que nuestros estudiantes de 15 años están ligeramente por encima de la media en comprensión lectora. Queda un trecho para que lleguen al nivel de los de Singapur, el país mejor situado, pero algo consuela el saber que vamos avanzando. Sin embargo, no sería bueno sentirnos satisfechos: es evidente la escasez de vocabulario de algunos adolescentes, la imposibilidad de otros para expresar su pensamiento en un discurso que no esté plagado de muletillas, tipo «vale», «bueno» o «pues eso», y la dificultad que encuentran no pocos para leer en voz alta, con un mínimo de fluidez, un párrafo que contenga un par de oraciones subordinadas y lograr que el oyente capte el sentido de lo que escucha. Sin entrar en la bochornosa costumbre de adosar a cada palabra un «taco» o una interjección escatológica con la que dar contundencia a lo que se afirma, defecto éste que ha de cargarse, sin lugar a dudas, en el debe del alimento televisivo que se ofrece a todas horas.

Por todo ello y muchas cosas más que podrían citarse, rompemos esta lanza a favor del libro escrito y leído en voz alta, como se hacía con los antiguos dictados escolares, que si además seguían el texto del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, aportaban mucha corrección de estilo.

 

7 de abril de 2017

Nada que comprometa de verdad, –el amor, la libertad, la fidelidad–, es cosa teórica o pura ideología. Y el Evangelio, por referirnos a él en los días de la Semana Santa, tampoco lo es. La Semana Santa, aunque tenga muchos aspectos externos que pueden verse desde el arte, la cultura, la música o las tradiciones, sólo se entenderá desde su adentro si se aceptan desde la fe los misterios que en ella recordamos. Necesitamos una Semana Santa de verdad para que crezcan los valores esenciales del respeto, atención y amor concreto a los demás de los que andamos indigentes.

También nos puede venir bien la Semana Santa para hacer memoria de nuestra historia secular y recordar, sin prejuicios gastados y con limpieza intelectual, que gran parte del ordenamiento y organización social y de pensamiento de los pueblos de Occidente, entre los que nos incluimos, tiene raíces cristianas y ha producido incalculables frutos de bienestar social, cultural y humano. Duele, por tanto, que haya ahora entre nosotros una cierta cultura dominante que pretende negar esta historia y que ignora las fisuras sociales y humanas que se generan desde el desconocimiento, o más aún, desde la negación, de los valores cristianos que han sustentando nuestra civilización.

La Semana Santa, que año tras año llena de un hálito diferente la vida de nuestros pueblos, nos devuelve al misterio de las cosas esenciales: al misterio de Dios y del hombre, de la vida y de la muerte, del mal y de la gracia, del odio y del perdón. Vividos desde la fe estremece en la Semana Santa contemplar en silencio y a corazón abierto los acontecimientos que nos evoca: que Jesucristo, el Hijo de Dios, asume nuestros sufrimientos y heridas, nuestros males y pecados, para redimirlos con su propia vida y con su propia muerte. Y, para que ni su muerte ni la nuestra se queden ahí como final de todo, también éstas fueron vencidas con su resurrección.  

Nuestra Semana Santa fue declarada el año pasado de Interés Turístico Nacional. Más obligados estamos todos, y por esto mismo, a procurar que sea nuestra Semana Santa ejemplo de autenticidad vivida en conformidad plena con la verdad que en ella se contiene: la del amor de Dios que nos ama hasta el extremo para que su amor esté en nosotros y nos amemos como Él nos ha amado. No se puede separar la Semana Santa de la caridad, del compromiso por hacer la justicia y la paz entre todos. La Semana Santa no es un nombre ni unas fechas sino que es el signo vivo de lo que debe ser la vida de los cristianos. 

 

31 de marzo de 2017

El domingo se celebra el Día del Libro Infantil, jornada festiva que este año tiene muy presente en las celebraciones, por ejemplo, a Gloria Fuertes. Cada semana, en el Bienleídos con el que Antonio Raya indaga en las preferencias lectoras de sus protagonistas, atisbamos le emoción y el impacto de aquellas primeras lecturas, base de una afición que permanece como compañera de viaje. En este universo que quiere contar historias en 140 caracteres, nos es más necesario que nunca reivindicar el libro y las innumerables ventajas de la lectura, que nos ofrece un amplísimo abanico de posibilidades, un traje a medida de cada lector.

Fomentar esa cultura lectora es una responsabilidad común, mucho más profunda y necesaria de lo que nos podría parecer. Cuando un niño lee, y lo hace con gusto, no sólo ordena su mente, mejora su vocabulario, estimula su concentración o fomenta su curiosidad, adquiere uno de los hábitos que, sin duda, le ayudarán a vivir mejor. Pero además de plantar, como una semilla en un tiesto, el gusto por leer, debemos favorecer una auténtica cultura del libro, como objeto y como producto, que llega a nuestras manos como resultado del trabajo de un escritor, en ocasiones un ilustrador, la editorial, la imprenta, la distribución...

El aniversario de Hans Christian Andersen nos puede servir de excusa para realizar y fomentar una actividad de fin de semana tan sencilla y económica para leer. No muchas otras aficiones pueden llevarnos a explorar galaxias, a convertirnos en piratas o a emocionarlos con palabras escritas hace siglos, que al pasar ante nuestros ojos reviven. El domingo, leamos; celebremos la suerte que tenemos de poder gozar de este disfrute tan íntimo y, a la vez, tan colectivo y social.

 

24 de marzo de 2017

La Escuela Municipal de Música y, desde hace unos años, Danza sigue celebrando sus Jornadas Musicales, que alcanzan su XVI edición ligadas a una decidida vocación de sacar las partituras de las aulas, profundizar en todos los perfiles y mostrar a la ciudad lo que sus alumnos aprenden a lo largo del tiempo. Detrás de la exhibición se encuentra el trabajo y creatividad de su equipo docente, que a lo largo de los años van añadiendo novedades, alguna de las cuales se han consolidado como productos más que destacables, sea el complejo musical que ha cerrado un ciclo de tres ediciones, o formaciones como la Minibanda o el coro Skola, que abonan sus actuaciones con mucho sacrificio personal y ensayos.

En su historia más reciente, alumnos, familias y profesores de la Escuela de Música no han dejado de reivindicar una mejora de las instalaciones dado que su ubicación actual, en el Palacio de los Argensola, limita sus necesidades de espacio no dejando dar respuesta, por ejemplo, a la demanda de formación en danza para adultos. Las aulas son pequeñas y todas ellas inaccesibles para personas con movilidad reducida o para los carros infantiles, por las barreras que plantean las escaleras por las que suben y bajan los futuros músicos, obligados a compartir edificio con la Biblioteca Municipal, la Infantil –con más escaleras–, la sala para lectura de prensa y la de exposiciones. La convivencia de todas las actividades no es sencilla, por más que unos y otros intenten respetarse.

La Escuela de Música necesita unas instalaciones adecuadas a la labor que realiza y que, lejos de cercenar sus inquietudes, permita el mayor crecimiento que sus responsables sean capaces de planear y sostener. Y la decisión de dárselas o no tiene que ver con la política cultural que el Ayuntamiento quiera desarrollar. Si desea fomentar la cultura local, desde la base, insuflará oxígeno a este servicio municipal para engrandecerlo; si no, seguirá poniendo excusas, marcando objetivos y plazos que nunca llegan, mientras las personas que creen que la música merece el esfuerzo económico y de horarios continuarán soportando numerosas incomodidades sólo por querer aprender nada más y nada menos que música, una de las artes cada vez más imprescindibles.

 

17 de marzo de 2017

Las cuarenta y seis espléndidas fotografías, colgadas hasta finales de marzo, en el Centro de Congresos, bajo el título «Origen del Montañismo Barbastrense», representan algo más que una simple exposición retrospectiva.

Para muchos ha sido una sorpresa, disfrutar de imágenes del lejano 1914 que demuestran el nacimiento de los «boy escouts» barbastrenses, que después de su forzada desaparición, darían paso en 1949 a los Montañeros de Aragón. Sorprende la precocidad con que se fundaron, porque estas organizaciones deportivas barbastrenses, surgen simultáneas a las corrientes de «adventure sports», que recorren la Europa victoriana y la América del Norte de comienzos del siglo XX.

Ayuntamiento y Comarca, han colaborado en la organización de esta ex-posición, que ha sido posible gracias al archivo gráfico de Montañeros, a las cesiones de fondos de algunos barbastrenses y a la investigación y digitalización efectuada desinteresadamente por uno de sus socios.

Hoy el gran desarrollo de los deportes de naturaleza, ha exigido una reglamentación muy estricta. Para atender las demandas de una creciente clientela, de forma profesional, son imprescindibles los colectivos de guías, profesores, monitores, etc. dotados de titulaciones académicas adecuadas. En los últimos años, muchas empresas de aventura, han ocupado este nicho de mercado, impulsando la economía de algunos lugares de la zona.

Pero ahora hablamos de gratuidad.  La de aquellos «boy scouts» de hace cien años y la de los montañeros de este momento.

Desgraciadamente Barbastro todavía no cuenta con una de esas vías verdes, que, patrocinadas por todo tipo de instituciones, se han construido a lo largo y ancho de España. En Barbastro son un grupo de montañeros voluntarios, los que intentan trazar sendas y recuperar vías, aún a costa de enfrentarse con algún propietario que quiere apropiarse del terreno. En Barbastro los históricos scouts vuelven a agrupar a muchos jóvenes y los Montañeros de Aragón siguen promocionando el nombre de la Ciudad, a través de eventos deportivos, en los más diversos y lejanos foros.

Gratis et amore podría ser el lema de la Exposición del Palacio de Congresos. Los rostros que aparecen en las añejas imágenes, son convecinos nuestros, que un día intentaros abrir de par en par,  las puertas de una ciudad milenaria, a la modernidad que suponía el ejercicio deportivo y el turismo de montaña. Por eso, aunque haya pasado un siglo desde los primeros scouts, o medio siglo largo desde los primeros montañeros, los protagonistas de estas historias y sus veteranas organizaciones, merecen todo nuestro respeto. Son los pioneros.

 

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