Banner

Opinión Editorial

30 de diciembre de 2016

Sin ánimo de hacer balance de las luces y sombras del año que nos deja, prevalecen en la memoria situaciones que van más allá de la mera anécdota y tienden a convertirse en categoría. Nos referimos principalmente al terrorismo suicida, unas veces selectivo y otras indiscriminado, pero siempre destinado a sembrar muerte y dolor; nos referimos también al drama de los refugiados, cuya solución se viene dilatando inexplicablemente; y nos referimos además al intermitente goteo de emigrantes que lo arriesgan todo por alcanzar un «paraíso» que, por malo que sea, siempre les resultará mejor que el lugar del que proceden.

Estos hechos están en vías de dejar de ser mera anécdota para entrar en el ámbito de la «categoría», que para la lógica filosófica es la cualidad que define una realidad. ¿Sería mucho decir que este año se definirá por el miedo a ser atacados inesperadamente y por la desidia para instrumentalizar soluciones razonables a los grandes dramas humanos?

Bien es verdad que no está en las manos de cada uno poner remedio a esos males; pero también es cierto que todo lo malo que ha ocurrido en la historia humana ha sido el resultado de la incubación silenciosa de actitudes aparentemente inocuas, aunque siempre individualistas y egocéntricas, que terminaron por dar a luz monstruos que horrorizan por su deshumanización. Está demasiado próxima la memoria de los fascismos, que asolaron a Europa y desencadenaron el desastre de la Segunda Guerra Mundial, para negarlo o mirar hacia otro lado.

La divinización de la propia identidad, el miedo a compartir el bienestar alcanzado, la globalización de la indiferencia, tan típica de nuestro occidente satisfecho, y otras reacciones espontáneas y cotidianas, que no nos apetece controlar, impiden que se desarrollen políticas no excluyentes y facilitan la conversión de algunas situaciones en esas categorías que luego horrorizan. Ojalá estemos equivocados, pues sería una lástima que en esto tuviéramos razón.

 

23 de diciembre de 2016

Así, afirmando, era la letra de un villancico bien recordado. Blanca Navidad en los villancicos y en la nieve. Deseamos que lo sea también en las familias y en cada uno. Que lo sea en nuestra ciudad y en el mundo. Y ojalá que el deseo fuera realidad.

Pesimismos aparte, que no interesan, una cosa es clara: no nace la blancura de la Navidad de la nada, sino del esfuerzo de cada uno y de todos. Desde el compromiso de todas las instancias sociales es desde donde hay que construir un mundo muchísimo más justo del que vamos haciendo, también entre todos, no lo olvidemos, y no echemos la culpa a unos terceros que en realidad no existen. Valga como ejemplo de nuestras injusticias comprobar cualquier noticiario en cualquiera de las redes sociales de ahora mismo: ocupa un buen espacio la caída de dos puntos en la bolsa, pero no es noticia que muera de frío un anciano en la calle o que un tercio de lo que se nos pone delante para comer vaya a la basura. Ah, y frente a esto, 800 millones de personas, datos reales, siguen pasando hambre en el mundo. ¿Blanca Navidad? Sí, pero ha de ser para todos.

Ya sabemos que estos días de Navidad son días especiales. Y que hasta hay quien desea que se pasen pronto, no sea que los amores que suscitan no se vean correspondidos. Días especiales, en un sentido positivo para pocos, y en otros sentidos peores para muchos. Porque, y sin pesimismos, ya lo hemos dicho, hoy mismo son relativamente pocos los que poseen mucho y muchos los que no poseen casi nada. Pero la Navidad puede servir, sí, para que se siga activando la conciencia de la interdependencia entre los hombres y las naciones y así vaya creciendo el deseo eficaz de la necesaria igualdad.

Hoy hablamos todos de desarrollo integral y lo referimos mucho a las personas: que cada uno se desarrolle integralmente. Pero hay que asumir corresponsablemente que el desarrollo integral de cada uno no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad. No puede ser que el progreso de unos sea a costa del desarrollo de otros.  Abogamos por una solidaridad comprometida y desde esta aspiración El Cruzado Aragonés desea a todos una feliz Navidad. 

16 de diciembre de 2016

Hace un año conocimos la increíble historia de que el Matadero Municipal –atentos al adjetivo municipal–­ funcionaba sin contrato con la empresa gestora desde el año 2004 y sin que, lo que resulta aún más desolador, nadie se enterara de tal circunstancia hasta el año 2014. Ahora, los responsables de la firma anuncian que se van a gestionar un matadero privado a Fraga porque quieren ampliar negocio y plantilla y, sobre todo, porque dicen no poder asumir la apresurada regularización económica que les impone el Ayuntamiento, como consecuencia de una gravísima falta de celo con los intereses de la ciudad que hasta la fecha nadie ha asumido. Y, no nos engañemos, nadie asumirá, por más que la concatenación de errores o negligencias pueda acabar causando la desaparición de tan importante servicio en nuestra ciudad.

Bajo esta conducta subyace un pernicioso cinismo, que simultanea consignas sobre lo prioritario del empleo, los emprendedores y el desarrollo con la dejadez más absoluta a la hora de remangarse para materializar las declaraciones. En Barbastro no se vislumbra un solo proyecto de futuro, más allá de todas esas reclamaciones que suenan a cantinela. Las inversiones públicas, sobre todo las productivas, llevan mucho tiempo pasando de largo por aquí, donde no llega la depuradora, ni se habilita suelo industrial público, ni se vende turísticamente la ciudad y languidece la tradición ferial; donde las entradas son una vergüenza, ya no se reclama la ampliación del Centro de Salud, y se renuncia a las pistas de atletismo. Da la sensación de que nos conformáramos con inversioncitas para ir tirando, mientras a nuestro alrededor medran los polígonos, los proyectos y el futuro, con nuevas ideas, empuje y constancia.

De Barbastro se marcha una empresa y con ella, seguramente, un servicio sin el que podremos seguir adelante, claro está, pero el perjuicio queda hecho y la merma también. Basta ya de excusas. Ojalá sirva este oscuro asunto de aldabonazo para que nuestros munícipes despierten del letargo en el que parecen estar sumidos.

 

9 de diciembre de 2016

Palabra sagrada. La decimos todos, la queremos todos, pero no estamos seguros de que todos la entendamos de la misma manera. Una de las piezas-clave para comprender si todos entendemos lo mismo es comprobar, en concreto, el nivel de libertad religiosa que hay hoy mismo en el mundo. Todos hablamos de libertad pero, en concreto, y según el Informe que acaba de publicar la Asociación Ayuda a la Iglesia Necesitada se constata que la libertad religiosa en el mundo es un derecho en retroceso para un tercio de la humanidad. Una de cada tres personas vive en un país sin libertad religiosa. Por religiones es el cristianismo la religión que más ve amenazada su libertad y hoy hay 394 millones de cristianos que sufren por serlo. El derecho a la libertad religiosa está amenazado hoy por el hiperextremismo islamista, ideología de máxima radicalización y violenta hasta el extremo, que es la principal causa de persecución ahora mismo en el mundo.

Los de Occidente ya no podemos mirar, como si no fuera con nosotros, lo que sucede en Oriente. Y lo que nos preguntamos es si, aparte de determinadas intervenciones militares que también hay que analizar, se están tomando las medidas adecuadas y eficaces para frenar esta amenaza. Limitar el mercado de armas, controlar a los países que propician discriminaciones, defender a las minorías sociales que profesan credos diferentes son actuaciones que habría que tomarse en serio. Garantizar la libertad religiosa no es un privilegio para creyentes sino un derecho necesario para que todos los ciudadanos puedan expresarse dentro de un marco de convivencia que respete las convicciones de cada uno.

El derecho a la libertad religiosa no significa la imposición de ninguna creencia sino el respeto a las legítimas creencias o increencias de los ciudadanos. A nadie se le puede obligar a tener una determinada fe y, por eso mismo, a nadie se le puede prohibir que la tenga y la manifieste. Tener libertad religiosa es un signo de madurez democrática y permite una convivencia en paz. Las religiones no dividen; se dividen las personas que malinterpretan las religiones.

 

2 de diciembre de 2016

La lectura de los hechos probados en la sentencia del Juzgado de Menores de Huesca, a raíz del homicidio del guardia civil José Antonio Pérez el pasado mes de marzo, ha reavivado el dolor de muchos barbastrenses por la inhumana actuación del imputado. Queda patente su desprecio de la vida tanto del guardia como de cualquiera otra persona que pudiera cruzarse en su camino.

Por ello, el fallo judicial nos produce perplejidad, ya que a nuestro parecer los hechos fueron tan graves que parecían reclamar que se aplicase todo el peso que la ley permite en estas circunstancias. Naturalmente, la sentencia corresponde a quien tiene la jurisdicción judicial y no a nosotros; pero, acatando lo que los órganos de la justicia de-terminen, nos unimos al sentir de muchos ciudadanos, que también tienen el derecho de expresar su parecer en un asunto que a todos afecta y preocupa.

No estamos a favor de que las penas o castigos sean vindicativos. No es la venganza la mejor actitud para favorecer la convivencia ni lograr la reforma de los delincuentes. Pero es indudable que el castigo ha de tener efecto medicinal –es decir: educativo, ejemplarizante y, en su caso, disuasorio– y por ello es ineludible aplicarlo también en una sociedad civilizada y democrática.

Hay situaciones en las que para salvar la vida del enfermo se requieren tratamientos dolorosos, con los que no se busca hacer daño, sino conseguir la salud. En este sentido apelamos al carácter medicinal del castigo. Para conseguir una saludable convivencia ciudadana nos parece indispensable que la normativa vigente se aplique sin mirar a otro lado y, por ingrato que resulte, castigar sin paliativos las infracciones que tantas veces se producen y hemos denunciado.

Pensamos que una tolerancia mal entendida, que termina siendo permisividad aprovechada por quienes necesitarían adquirir pautas de comportamiento respetuosas con la vida de los demás, tiene como consecuencia que determinados menores crean disponer de un estatuto especial que les autoriza a vagar por las calles en horario escolar, o que sea posible el tráfico de estupefacientes en la proximidad de centros escolares, o que se circule por las calles y también por las aceras como si formaran parte de los aledaños de un circuito de carreras, o que vivir y moverse en determinadas calles y lugares requiera una audacia más allá de lo común. En aras del bien de todos y de la convivencia en paz defendemos el castigo saludable, tanto en la sociedad como en el ámbito educativo de la familia; por ello nos ha causado desazón la sentencia del Juzgado de Menores ante unos hechos tan dolorosos que, a nuestro juicio, reclaman una sanción más ejemplar. 

 

Más artículos...

Página 8 de 69

8
 

© El Cruzado Aragonés C/.  Graus, nº 10 - 22300 Barbastro (Huesca) Teléfono: 974310633 Fax: 974315183 CIF: R2200028E

D.L. HU-11-1953

Web optimizada para una resolución de 1250x768

Diseño páginas web Barbastro