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Opinión Editorial

21 de octubre de 2016

Entendemos bien esta expresión y la aplicamos hoy a la necesidad que tenemos de no refugiarnos en lo nuestro sino de mirar hacia fuera, hacia los otros, y oír en el corazón el lema de la Jornada mundial misionera de este año. «Sal de tu tierra». Salir es un modo de entrar en relación y los misioneros salen de su tierra para llevar a otros un mensaje nuevo y salvador.

Salir. Algunos pueden salir para hacer turismo. Otros, hoy tristemente, tienen que salir con desplazamientos cargados de sufrimientos. Los misioneros salen, con una libertad radical, para ofrecer su servicio evangelizador. Su estilo de vida es una propuesta a contracorriente para la sociedad actual que, quizá más que en otros tiempos, tiene el peligro de vivir en la inercia de una rutina de lo propio que estanca y paraliza.

En esta Jornada del Domund nos afirmamos en el convencimiento de que las personas se consolidan y sacan lo mejor de sí mismas en la medida en que salen hacia otros. Encerrarse en uno mismo puede dar sensación de seguridad pero lleva al estancamiento. Salir suele llevar riesgos e incomodidades pero permite crear nuevas relaciones y da más valor a la vida. En contraste con el individualismo que no sabe mirar las necesidades de los demás, la generosidad de los misioneros significa una verdadera contribución social. Para el misionero, cualquier otro es un hermano, nunca un enemigo. Y ese es el único modo de ir creando redes de solidaridad y justicia que irán permitiendo tejer un mundo mejor.

Los objetivos del Domund pretenden ayudarnos a vivir la dimensión universal de la fe, el compromiso de caridad con los más pobres y promover una corriente solidaria de colaboración económica con las necesidades materiales de pueblos necesitados de pan, de cultura y de fe. No hay contraposición  entre evangelización y ayuda en los diversos campos de promoción de la persona. La actividad misionera, en palabras de Pablo VI, anuncia el Evangelio y abre el camino al desarrollo humano. 

 

14 de octubre de 2016

Desde el mes de enero, veintiuna personas han fallecido en la provincia de Huesca, realizando actividades de montaña. No deja de sorprender que dieciséis de los accidentes ocurrieran en actividades estivales y con buen tiempo. La cifra, todo un triste récord, resulta inquietante y merece una reflexión. La presencia de excursionistas, aumenta de año en año, e incluso en algunas fechas puntuales resulta agobiante, pero en la misma medida, los servicios de información y apoyo al excursionista también se multiplican.

En la provincia de Huesca, contamos con una excelente red de senderos y refugios de altura y con una oferta muy numerosa de guías profesionales. Clubes de montaña y organismos diversos apoyan campañas de sensibilización in situ. El montañero dispone de equipamientos personales ligeros y eficaces y de una información geográfica muy detallada con acceso generalizado al GPS. Y siempre, tenemos la suerte de contar con los eficaces grupos de socorro de la Guardia Civil.

Las sombras también aparecen, y entre ellas la modificación del medio físico, con la desaparición del hielo o permafrost que soldaba los bloques de roca de las grandes crestas, provocando fatales desprendimientos. Las coberturas telefónicas son muy pobres y la utilización del socorro vía satélite (que ya resulta económicamente asequible) todavía no se utiliza en la práctica.

Con todo, los equipos de socorro, insisten en la falta de planificación y de comunicación previa a terceros de las rutas a seguir por parte de los excursionistas. Sólo con la interpretación correcta y responsable de la información meteorológica ya tendríamos parte de la batalla ganada. Por ejemplo, en estas últimas semanas, la aparición del hielo y la nieve en las cumbres ha coincidido con los tres últimos accidentes fatales ocurridos a montañeros expertos.

La montaña es un medio muy hermoso, pero a veces resulta hostil. Tenemos que conocer los peligros objetivos y subjetivos que encierra. Siempre habrá que valorarlos, sopesar nuestros proyectos y obrar con absoluta prudencia. Vale la pena.

 

7 de octubre de 2016

A las puertas de un establecimiento comercial, un grupo de adolescentes, de doce, quizá trece años, pasa el rato. Uno de ellos se dirige a un hombre desconocido que, por su edad, podría ser su abuelo y le pide que entre en la tienda y le compre tabaco. El hombre se niega, y el chaval insiste, blandiendo un billete de diez euros. «Si me lo compras, te puedes quedar con el cambio», le ofrece. «Quizá le deberías decir eso a tu padre», le contesta el adulto, preguntándose dónde está el padre o la madre del chaval dispuesto a pagar por que le hagan los recados.

Una historia real, de esta misma semana, ocurrida en una calle de Barbastro, pero que podría reproducirse en otros escenarios, como síntoma de una sociedad que apenas sale de la crisis se lanza a la piscina de la abundancia. Un sociedad en la que la mitad de los niños de 11 años disponen de móvil. Lo dice la En- cuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares referida a este 2016 y cuyas conclusiones revelan que en esto, en esto sí, estamos por encima de Europa:?nuestros chavales tienen su propio terminal mucho antes que Alemania, Francia, Italia o Reino Unido.

30 de septiembre de 2016

El análisis de la evolución de la población del Somontano durante un siglo, desde 1910 a 2010, deja conclusiones desoladoras. Y no solo porque la población total desciende un 32% (de 33.406 a 24.304 habitantes), sino porque, al comparar con el conjunto de España, durante ese mismo plazo, el crecimiento es de algo más del 130%, pasando de menos de 20 millones a mas de 46,8 millones. Dicho de otra forma, si el Somontano hubiese evolucionado como el resto de España, nuestra población hoy superaría las 76.800 almas.

Crecen tímidamente algunas poblaciones, beneficiadas por el auge vitivinícola y turístico, sectores que si bien han conseguido expandir el nombre del?Somontano no han conseguido dar la vuelta a la situación. Porque, dejando necesariamente de lado un análisis detallado de los aciertos y desaciertos en políticas de inversión, hay otro dato que no podemos olvidar, el descenso de la natalidad. Los nacimientos pasan de 216 en 1991, a solo 173 en 2014; las defunciones, de 224 a 307. El?Somontano refleja una tendencia nacional, también europea, pero que se agrava en las zonas rurales donde se produce una paulatina pero constante fuga de pobladores, en busca de la cercanía y eficacia de los servicios. Deficiencias en este sentido frenaron políticas enfocadas al asentamiento de lo que se llamó neorrurales; ahora ha pasado el tiempo y pueden enmendarse esos errores. Como ejemplo reciente, la fórmula puesta en marcha por el Centro de Desarrollo del Somontano y la Comarca y el éxito logrado por Naval, atrayendo a 25 nuevos vecinos en año y medio, constituyen una buena base para marcar el camino a seguir.

Pero, de nada servirán y no serán más que parches si no se acometen auténticas políticas de fomento de la natalidad. El nacimiento de un niño es un bien.?Un bien social. Y como tal ha de ser asumido: creando las condiciones favorables para que vida, trabajo y maternidad (y paternidad) sean compatibles, sin estrecheces, sin cargos de conciencia ni censuras.?

 

23 de septiembre de 2016

Casamiento y mortaja del cielo bajan, decían nuestros abuelos. Con ello afirmaban no sólo lo incontrolable de ambos episodios, sino también su carácter inesperado e inaplazable, al menos por lo que se refiere al segundo. ¿A qué viene un arranque adusto para el editorial de esta semana? Pues a una preocupación que nos viene rondando en ésta y en otras muchas semanas, y es obligado plantearla.

El cementerio que hasta ahora ha venido proporcionando su servicio a los barbastrenses data de los tiempos de la guerra de la independencia. Todos los años, por estas fechas más o menos, se anuncia que nuestro cementerio se está colmatando. Como ocurre con algunos lagos, cuando las aguas que los alimentan vienen cargadas de sedimentos y llegan a agotar –colmar– su capacidad, nuestro viejo cementerio también está a punto de quedar colmatado, y la normativa urbanística y medio ambiental no le da posibilidad alguna de ampliación.

Por eso se acometió la construcción de un nuevo cementerio para la ciudad, pero, inexplicablemente, la obra realizada hasta ahora está ahí, en estado de semiabandono, o esa impresión produce a quien transita por sus inmediaciones, sin que se aprecien signos de que se tenga voluntad de terminar y poner en servicio unas instalaciones que, mal que nos pese, son imprescindibles. Morir es algo inexorable y todo el mundo desea un lugar digno donde reposen los restos mortales de sus seres queridos. Además, para quienes se sienten confortados con la esperanza de una vida eterna, que en esta ciudad son muchos, el cementerio es también el «dormitorio» –eso significa su nombre– donde esperar religiosamente una vida nueva y resucitada.

Por todo ello y para que morir no lleve consigo un problema añadido al dolor y tristeza que la muerte produce, hemos sentido la obligación de levantar la voz para reclamar la puesta en servicio de las nuevas instalaciones funerarias, con el decoro que requieren, antes de que llegue un día en el que nos llevemos las manos a la cabeza porque no sabemos qué hacer con nuestros muertos.

 

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