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Opinión Editorial

3 de noviembre de 2017

Este otoño inusual y veraniego que estamos sufriendo da qué pensar. Algo está pasando cuando llevamos casi medio año sin ver la lluvia y, si por fin se abren los cielos, el agua cae tan desconsiderada como peligrosamente. Hay pueblos y ciudades de nuestro entorno en situación de alarma porque la sequía, pertinaz y agresiva, empieza a amenazar el agua de boca. Quien se acerque estos días a la capital de España podrá ver, en las vallas publicitarias, un gran póster que, junto al rostro avinagrado de un corredor de fondo, reza: «¡Que respirar hondo sea deporte de riesgo no es plan!». Y aunque aún no sea ése el riesgo que corren los deportistas de estas tierras, gracias al ventilador de nuestras montañas domésticas, todo se andará si no nos tomamos más en serio a nuestra hermana-madre tierra.

Vuelve a anunciarse la tercera edición del ciclo de cine «Con otra mirada», que comenzará la próxima semana con el hilo conductor, en esta ocasión, de nuestra responsabilidad para con la naturaleza. Van a proyectarse cuatro historias en las que las mujeres y hombres que las protagonizan se sienten llamados a tomar partido y a romper con las formas utilitarias y plausibles de relacionarse con la tierra. Esas historias obligarán probablemente al espectador a hacerse preguntas, más ineludibles todavía por el apremio de este otoño estrambótico y amenazador.

Las precedentes consideraciones tienen la pretensión ?¡ojalá no sea vana!? de sacudir las conciencias para que todos y cada uno nos responsabilicemos de lo que está en nuestras manos, por ejemplo: de hacer un uso exquisitamente cuidadoso de ese bien tan precioso como escaso que es el agua, de implicarnos en la tarea de mantener limpio el suelo que pisamos por el sistema más barato y razonable que es no ensuciarlo, de reducir la emisión de esos gases que convierten en riesgo el respirar a fondo... Si llegáramos a pensar en lo que está en juego antes de abrir los grifos, de tirar un papel o una colilla al suelo, de reciclar los deshechos domésticos o de girar la llave de contacto del automóvil, habríamos dado un paso de gigante, porque en el ámbito de la ecología, si no eres parte de la solución, es que eres parte del problema.

 

27 de octubre de 2017

Una de las principales certezas que nos acompaña toda la vida es que ésta acabará. La muerte llega a todos, sin distinción, y solo el modo en que nos despedimos difiere: con dolor o sin él, conscientes o no, solos o acompañados. El envejecimiento de la población, que vive más y con más patologías, estimula la reflexión médica desde múltiples prismas sobre cómo intervenir en ese hecho natural que es la muerte. Dice, y dice bien, el responsable de la Comisión de Paliativos del Sector Salud que su labor no es ayudar a bien morir, sino a vivir bien y con la mayor comodidad y dignidad ese último tramo del camino cuando la enfermedad, o la edad, no se pueden curar, pero sus manifestaciones sí pueden ser aliviadas. «Los cuidados paliativos expresan la actitud humana de cuidar unos de otros, especialmente de los que sufren, y atestiguan que la persona es siempre preciosa, también cuando es anciana o está enferma», manifestó el papa Francisco hace dos años, denunciando que el abandono, precisamente, puede ser la primera enfermedad de los ancianos.

Por eso, el acompañamiento riguroso, certero y cercano, que ni acelere ni prolongue la vida, ha de ser, como lo fue la semana pasada, materia de estudio y debate. No es poca cosa. A esta sociedad nuestra, tan colmada de retoques éticos y estéticos, no le gusta mirar de frente a la muerte, a todas las realidades que la rodean. La médica es una y bueno parece que tan cerca de nosotros, aquellos que quizá nos hayan de cuidar,  no dejen de prepararse a paliar el dolor que en tantas ocasiones acompaña a la vida.

 

20 de octubre de 2017

Si hace falta ser audaces, sin olvidar la debida prudencia, para lleva adelante obras importantes, se necesita por fuerza para salir de uno mismo, pensar en los demás y, resistiendo hoy al viento contrario de la incredulidad, lanzarse a ser misionero y soñar con llegar a donde sea necesario para anunciar la buena noticia del Evangelio de Jesucristo. Es esta la hora del valor para tomar parte en la actividad misionera de la Iglesia. Algo de esto debe querer decir el cartel y el lema que anuncian el Domund de este año: «Sé valiente. La misión te espera».

Queremos subrayar, en torno a esta Jornada misionera, que la misión de la Iglesia no tiene límites ni fronteras y que el compromiso bautismal hace a todos los bautizados misioneros en su ambiente, testigos de la fe y cooperadores de la justicia y de la paz. Comprometer la vida con el Dios cristiano es comprometerla a fondo con el bien de los demás, de todos, y especialmente de los más necesitados. Y de entre los bautizados, algunos son llamados especialmente para ir a las fronteras de la evangelización: son los misioneros y misioneras que ofrecen su tiempo y su vida entera para que todos puedan recibir la luz que puede iluminar cualquier oscuridad. Los misioneros quieren trasmitir valores que van más allá de lo puramente pragmático y que están por encima de la ciencia y de la técnica, por importante que esto sea, y nos conforta decir hoy que ellos son servidores cualificados de la sociedad. Los misioneros son espejo de generosidad en el que pueden mirarse todos los egoísmos de este mundo para comprender que hay un modo de vivir distinto del que suele hablarse en las tertulias habituales.

La Jornada misionera del Domund lleva en su esencia interrogantes profundos que pueden surgirnos a todos cuando contemplamos, por una parte, las necesidades materiales, humanas y espirituales del mundo y, por otra, la generosidad y fidelidad de los misioneros que dejando su propia geografía se han identificado con la historia de otros pueblos a los que entregan su vida. Hoy es tiempo de misión y es tiempo de valor. Insistimos en decir que no debe pasar desaperciba esta Jornada misionera y, que desde la propia responsabilidad y cordura, cada uno debemos colaborar con ella, o desde la colaboración económica, o desde la oración, o desde el testimonio, o desde su difusión. Todo se necesita. 

 

13 de octubre de 2017

Hace más de cien años que el proyecto del ferrocarril de Barbastro a Luchón, por Benasque fue desechado por la administración, en favor de la construcción del ferrocarril de Canfranc.

Lo que no resultaba previsible es que, a lo largo de todo el siglo XX, el Valle de Benasque no consiguiera actualizar ningún tipo de comunicación con sus vecinos de Francia. Hace unos días, los mulos y los porteadores nos volvieron a recordar, haciendo a pie el camino del  Portillón, que es la única posibilidad actual de comunicarse  a través de la frontera.

En Benasque nunca existieron «caminos perfeccionados» para carruajes, como los que se hicieron en todos los valles de los Alpes a partir de comienzos del XVIII, ni por supuesto ningún túnel que aliviara el cruce de los últimos metros del Puerto. Instalaciones que en todas las montañas europeas tuvieron su uso y que ya han sido sustituidas por modernos accesos y túneles de gran longitud.

La reivindicación de un túnel de carácter regional que comunique España y Francia a través de Benasque es tan antigua como intermitente. Tiene algo de «ave fénix» renaciendo siempre de sus propias cenizas.

Una asociación española, la Pro Túnel Benasque Luchón y otra francesa, la Association Eurotunnel Luchon Benasque, unen actualmente sus esfuerzos reivindicativos. Recientemente la Fundación Transpirenaica, dependiente del Gobierno de Aragón ha incluido este paso entre los proyectos transnacionales. Como llevamos cien años de retraso, siempre se nos pide que se actualicen los proyectos y los informes geotécnicos, financieros, medioambientales, etc. aunque alguno de ellos, financiados por la DGA, son recientes y hablan de hasta tres opciones de túnel, dependiendo del lugar de embocadura de las futuras galerías, en distintos puntos del Valle.

En momentos así, no estaría de más creer en la vertebración de Aragón, y de la necesidad de invertir en todo el territorio, incluidas las comarcas más lejanas de los centros administrativos. Hoy, nuestras mejores comunicaciones están volcadas hacia Aquitania y la costa atlántica francesa.

Como alternativa, el Túnel de Benasque, como ha sucedido en Bielsa, sería una puerta de entrada a las comarcas francesas vecinas, pero también el paso más corto hacia Occitania y Toulouse, y por extensión hacia el propio corazón de Europa. 

 

29 de septiembre de 2017

Qohélet fue un autor bíblico, librepensador, mordaz y pragmático, que reflexionando sobre la vida humana llegó a la conclusión de que «nada hay nuevo bajo el sol: lo que pasó volverá a pasar». A la vista del penoso devaneo que los políticos catalanistas se llevan estos días entre manos, no podemos olvidar las prisas y las presiones de algunos republicanos federalistas intransigentes para proclamar el «Cantón de Cartagena» o «Cantón murciano» sin esperar a que se produjese el cambio constitucional que las Cortes ya tenían en su agenda. Esto sucedía durante el bienio de la I República y la aventura cantonalista, que acabó como el «rosario de la aurora», estuvo vigente seis meses.

Aquellos republicanos federalistas utilizaron profusamente el grito ¡Viva Cartagena! en sus mítines y manifiestos como santo y seña de sus pretensiones independentistas. Pero la expresión adquirió más tarde la categoría de «frase hecha», utilizada para subrayar la inconsistencia de determinadas situaciones. El hecho que dio pie a tal transformación semiótica está a medio camino entre lo cómico y lo ridículo. Medio siglo después de las algaradas cantonalistas en la provincia de Murcia, un mediocre tenor cantaba en el Teatro Circo de Cartagena una romanza de Marina, cuando al dar un do de pecho se le escapó un «gallo». El cantante, que aunque flojo no era tonto, reaccionó con agudeza y, antes de que el público le pitase el desliz, se adelantó hacia el proscenio y gritó: ¡Viva Cartagena!, a lo que el respetable respondió con un aplauso cerrado coreando vivas.

Para mucha gente seria, informada y consciente, tanto de este país como del resto de Europa, los políticos independentistas catalanes han entrado en un callejón sin salida y están arrastrando a sus seguidores a una situación imposible tanto nacional como internacionalmente; han querido dar un do de pecho y les ha salido un «gallo». Pero, como el tenor de marras, no cesan de gritar con todas sus fuerzas: ¡Visca Catalunya lliure! Y los incondicionales, movidos más por el sentimiento que por la racionabilidad, olvidan que democracia es justamente sometimiento de todos a la ley: olvidan el estentóreo «gallo» y aplauden a rabiar unas proclamas que sólo conducen al totalitarismo. Una vez más está quedando patente que entre lo sublime y lo ridículo solo hay un paso. Nada nuevo bajo el sol, como ya dijo Qóhelet.

 

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