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Secciones Albarelo El infarto de la sanidad española

30 de diciembre de 2011

 

Por Edgar Abarca Lachén

 

La Constitución del 78, estableció las bases del nacimiento de una sanidad pública, gratuita y universal que acabó siendo el símbolo por excelencia de un país en pleno proceso de modernización. Era un modelo sanitario con altas cotas de calidad y eficacia y la sangre fluía bien por sus jóvenes arterias, siendo la envidia de países incluso más desarrollados que el nuestro.

Pero ha llovido mucho desde entonces. Nuestra sanidad que pecaba de excesos, y no cuidaba sus hábitos, con una población cada vez más numerosa y envejecida, la aparición de una moderna tecnología y costosos medicamentos, así como el despilfarro fruto de la gratuidad generalizada, iniciaron un paulatino desequilibrio con respecto a los recursos disponibles, cada vez más mermados y nuestra sanidad comenzó a dar los primeros síntomas de fatiga y malestar.

Y la placa de ateroma comenzó a acumularse en sus arterias: una cruda crisis económica con cinco millones de parados, médicos con los salarios más bajos de Europa, listas de espera kilométricas o cirujanos que llegaban a las manos por conseguir un quirófano. Por otra parte, las analíticas no resultaban precisamente favorables: retrasos en los pagos a farmacia y unas regiones cada vez más endeudadas a base de aeropuertos provinciales, televisiones autonómicas insostenibles o coches oficiales al parecer imprescindibles.

Y el infarto se produjo. Pacientes rechazados en hospitales de regiones vecinas cuyas recetas eran incompatibles e incluso la aplicación en algunas del llamado “ticket moderador”.

Lo cierto es que a día de hoy tenemos a una sanidad enferma en cuidados intensivos que requiere la imperiosa ayuda de todos, si verdaderamente deseamos su supervivencia. En estos momentos, tratarla a base de chutes de copago y espolsar al contribuyente una vez más, es una medicina cortoplacista y facilona, un simple parche de morfina en el camino.

Para una lenta pero segura recuperación, requiere de un tratamiento serio, con doctores competentes que la conciencien de la obligación de cambiar de estilos de vida: pastillas de racionalización de los recursos, buenas dosis de coherencia, financiación de lo imprescindible así como dieta de adelgazamiento con reducción de pruebas diagnósticas y visitas al médico innecesarias.

También terapia a base de una tarjeta sanitaria común para todo el país, y la potenciación de la figura del médico de familia y del farmacéutico comunitario como profesionales reguladores del gasto.

Píldoras con buenas dosis de educación sanitaria en los colegios y en los centros de trabajo, para formar a sus ciudadanos en la correcta utilización de los recursos. Ungüentos con control del endeudamiento autonómico y jarabes a base de profesionalización de los gestores sanitarios y creación de un organismo independiente, no politizado, que asesore acerca de la financiación de fármacos además de coordinar al ministerio y las comunidades.

Cuando nuestra enferma sanidad esté recuperada, tenga una vida saludable, y el electro así como las pruebas de esfuerzo sean favorables, ya podremos pedirle que haga un poco de ejercicio físico, pautando el copago. Pero ojo, siempre bajo rígido control médico, y estableciendo una rigurosa vigilancia: que no afecte a lo estrictamente necesario y que sea aplicado en función de la renta familiar o del tipo de enfermedad.

En gran medida, de nosotros dependerá la recuperación de la mayor riqueza que este país dispone: su sistema sanitario. Más nos vale.

 

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