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Por Luis Escartín Azlor. Fisioterapeuta y Osteópata

Los padres debemos acostumbrar a nuestros hijos a adquirir buenos hábitos posturales desde pequeños, aprendiendo así a usar su cuerpo de forma correcta. Algunas de las correcciones están en nuestras manos:

  • Mochilas: Con ruedas, asa regulable según la altura del niño, tirantes anchos y siempre colgadas de ambos hombros.
  • Sentarse bien: Fijar la espalda al respaldo y mantenerla erguida, con la silla regulable en altura y con los pies apoyados  en el suelo. En casa  la  mesa o pupitre deberán ser cómodos, a la altura de los codos y cuando se lea, habituarse al uso del atril. En las escuelas, las mesas tendrían que disponerse frente al profesor y evitar que los niños tengan que girarse. Una mala postura genera cansancio, y esto a su vez, falta de atención. Unos hábitos de postura incorrectos pueden dañar los músculos de la espalda y provocar dolor.
  • Calzado: Hay que elegir con los pies y luego con la vista. El calzado hay que comprarlo al atardecer, pues tras una larga jornada, nuestros pies pueden estar hinchados y siempre probándose ambos pies. Sin costuras internas, suela ni demasiado flexible ni demasiado rígida y con tacón bajito.
  • Ejercicio físico: Es aconsejable un deporte que divierta a los niños, potenciando su autoestima y las relaciones con los demás. Una inadecuada práctica deportiva y ciertos entrenamientos, pueden causar desequilibrios en los músculos que afecten al funcionamiento de la espalda.
  • Otros consejos: Coger pesos doblando las rodillas, no curvar la espalda para hacer la cama, o dormir en una buena postura con la espalda recta.

Por Alfredo Ferrer Salsé. Médico Homeópata

La homeopatía nació hace más de doscientos años basada en las experiencias del médico y naturalista alemán Samuel Hahnemann, verificando científicamente las conclusiones de Hipócrates «Que los semejantes sean curados por los semejantes»  y posteriormente de Paracelso, que ya recomendaba la utilización de dosis mínimas de la sustancia que provocaba en los individuos sanos la sintomatología que presentaba el paciente enfermo.
La homeopatía podría definirse como una terapia que estimula los procesos del organismo para contrarrestar los desequilibrios que dan lugar a la aparición de los síntomas patológicos propios de una enfermedad, utilizando sustancias medicamentosas provenientes del reino vegetal, animal y mineral, siempre muy diluidas, para que provoquen el efecto contrario al que producirían en dosis elevadas.
Para el tratamiento se estudian todos los síntomas que tiene el paciente y qué forma tiene de reaccionar ante la enfermedad, para poder dar el remedio adecuado.
La homeopatía debe ser recetada por un médico, pues solamente él puede interpretar los síntomas, la gravedad de los mismos y diferenciar si el tratamiento puede ser homeopático o con otra medicina o incluso quirúrgico.
Es una terapia sin efectos secundarios, sin toxicidad; por lo cual es muy adecuada para tratar a niños y embarazadas.

El descubrimiento de la penicilina por Fleming en 1929 y el posterior desarrollo de otros antibióticos, supuso la erradicación de muchas enfermedades mortales, y la consecuente idea de  que al encontrar el remedio, las dolencias infecciosas no iban a suponer en absoluto, un problema para la salud del ser humano.
Pero un mal uso, en muchos momentos abusivo de los antibióticos, utilizados incluso para tratar enfermedades causadas por otros microorganismos como los virus, frente a los que los antibióticos no sirven de nada, ha generado la aparición de resistencias, con graves consecuencias para los sistemas de salud.
Cuando hablamos de que una bacteria es resistente al efecto de un antibiótico, nos referimos a los sofisticados mecanismos de defensa que han aprendido a desarrollar como protección frente al medicamento, para sobrevivir a él y transmitir esta capacidad a otras bacterias.
En la actualidad, y pese a disponer de más de doscientos antibióticos diferentes, las bacterias son una de las principales cauas de enfermedad en todo el mundo. Aunque parezca mentira, gran parte de nuestro planeta sigue sufriendo los efectos de la tuberculosis, la lepra o la disentería.
En concreto, en los países desarrollados, donde la esperanza de vida ha incrementado notablemente gracias a las medidas en salud pública tales como la higiene o las vacunas, se atiende cada vez con mayor frecuencia a pacientes con infecciones tan sólo tratables con uno o dos antibióticos debido a las resistencias.
Sin ir más lejos, España se encuentra entre los países de Europa con mayor consumo de antibióticos por habitante, concentrado principalmente en invierno, donde la incidencia de infecciones respiratorias es máxima, la mayoría de ellas causadas por virus, tales como la gripe o el catarro común. Además, también somos el país con una de las mayores tasas de automedicación y acumulo de antibióticos en nuestros botiquines.
Frente a esta situación, debemos pararnos a pensar que cada vez que tomemos un antibiótico sin verdadera necesidad, estamos causando mecanismos de resistencia que tarde o temprano, podrán causar una infección que ponga en grave riesgo no sólo nuestra salud, sino también la de nuestra familia, comunidad y a la sociedad en general.

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