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Pedro Escartín Celaya A cuatro manos
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Recuerdos de peregrino

Pedro Escartín Celaya A cuatro manos
03 abril 2025

Este comentario vio la luz la misma semana en la que el mundo católico celebra el misterio de la Anunciación. Esta coincidencia, intranscendente para el lector, ha traído a mi memoria el impacto que el monasterio de San Juan de Ortega produjo a un grupo de ocho peregrinos, en camino hacia Santiago de Compostela, a comienzos de septiembre en 1993, cuando llegamos empapados por la lluvia al mencionado monasterio. La narración del “milagro de la luz” hizo más cálido el abrigo que nos brindó el monasterio. Este “milagro” se produce todos los años en los equinoccios de primavera y otoño, cuando un rayo de sol penetra por el ventanal sabiamente orientado por los arquitectos del siglo XII para que ilumine, en ese día, el bellísimo capitel románico que representa al ángel Gabriel anunciando a María que el Espíritu Santo ha realizado en ella las palabras del texto sagrado: “Alégrate, llena de gracia; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús”. Todo es una preciosidad: el capitel, el “milagro” y el monasterio que celosamente lo guarda y acoge al peregrino.

Cada 25 de marzo, día de la Anunciación, la Iglesia celebra el don de la vida. Para el presente año ha escogido este lema: “Abrazando la vida construimos esperanza”, impreso sobre la deliciosa imagen de una madre abrazando a su criatura. Estos recuerdos e imágenes se me han cruzado con un reciente informe del Instituto de Bioética de la Universidad Católica de Valencia, en el que pone de manifiesto que actualmente nacen en España menos de 900 bebés al día, lo cual arroja una tasa de fecundidad de 1,3 hijos por mujer, un punto inferior a la media mundial, que es del 2,3. Estos fríos guarismos dan qué pensar cuando el citado Instituto de Bioética recuerda que, de los 660.000 españoles que vivían solos en 1970, hemos pasado a cinco millones en 2022, lo cual amenaza con que el 40 % de los jóvenes actuales no tendrán nietos que puedan acompañarlos cuando sean mayores, mientras las escuelas y los pueblos se habrán ido vaciando progresivamente.

Entre las causas de esta implosión demográfica, particularmente aguda en nuestro país, el mencionado Informe señala la “escandalosa inacción de los gobiernos, más interesados en procurar espacios de placer que en hacer atractiva la ofrenda de la propia vida para que otros tengan vida”. Asistimos, sin recapacitar sobre sus consecuencias, a un fenómeno que va tomando carta de naturaleza: que en la mirada de nuestros políticos prima el corto plazo, que se preocupan por ver si suben o bajan sus expectativas de voto más que por impulsar verdaderas políticas de ayuda a las familias y de difusión del valor de la vida humana y la educación de los valores que la protegen. La terrible agresión, ocurrida en Badajoz en los últimos días, que costó la vida a una educadora social a manos de un grupo de menores nos golpea una vez más con la pregunta sobre qué modelo de sociedad estamos construyendo.
Aquellos canteros y arquitectos de la Edad Media, tan injustamente valorada en el imaginario colectivo, sabían mucho más que algunos dirigentes actuales sobre el misterio de la vida y sobre lo importante que es dar voz al respeto para que en el ruido del conflicto podamos oír, pensar y recordar que “abrazando la vida se construye esperanza”.

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